Elogio del maldormir


 
Recuerdo que cuando estaba por llegar a nuestras vidas Bruno, mi hijo mayor, mi padre me dio el consejo de que durmiera todo lo posible porque no volvería a dormir igual a partir del día uno de la paternidad.

Y ante la supuesta obviedad de las mamilas a las tres de la mañana, le dije que ya vendrían tiempos en que el niño durmiera sus noches completas.

El abuelo tuvo que insistir recalcando la idea. “No vuelves a dormir igual JAMÁS”.

Y un viento gélido bajó de las montañas y apagó las velas.

Pocos me creen que no tenía una sola cana antes del día uno de la paternidad, al fin era un jovenzuelo de cuarenta. Pero es cierto.

Y aunque ninguna de ellas es verde, el asunto es que de verdad no volví a dormir igual desde el día uno, como bien dijo el abuelo. No siempre me preocupa si habrá para pagar pañales o colegiaturas, pero cada noche hay un monstruo de forma distinta que se sienta a tu lado y te recuerda que en la otra habitación hay una persona que depende por completo de ti, te guste o no te guste.

Y el insomnio se vuelve tu compañero de batallas.

Pero a casi catorce años de maldormir se acostumbra uno.

Por ejemplo, el mejor momento para la lectura es a las tres de la mañana, por poco recomendable que parezca. Y muchos libros ni los habría terminado si no fuera gracias a esos minutos escamoteados al sueño.

Traigo a colación este asunto porque en los felices días de la pandemia se acentuaron las vigilias. (Supongo que como en muchas familias).

Y no sólo para los que se saben responsables de otras personas en la casa, les guste o no les guste, sino también para aquellos a quienes no debería mortificar nada, excepto, si acaso, si saldrá una nueva película de Pixar o si el ratón de los dientes se dará su vuelta.

Hay noches que hasta los perros andan de aquí para allá sonambuleando.

Y el trajín bajo las sábanas es casi como el ruido de un buldózer. Sobre todo si el que te escucha es tu padre y a ti no te deberían preocupar más que Pixar, el ratón, el videojuego, etcétera.

En “La hermana del sueño”, de Robert Schneider (novela de mi especial predilección), el músico Johannes Elias Alder se propone no dormir porque, quien duerme, no ama (dato revelador). Y él quiere amar por siempre.

Pongo aquí estas líneas como un homenaje a todos aquellos que no duermen. Tengan 10 años o 13. Tengan 54 o 44. (Como en mi familia pero, también, claro, como en muchas familias).

Porque cuando escuchas una vocecita que dice “Mamá” a las tres de la mañana, se te enciende el corazón enseguida, aunque tengas pagada la colegiatura del mes y estés en lo más emocionante del libro.

Y acudes para ver la mejor estampa posible de un desvelo: una niña y su mamá buscando el sueño. Juntas.

Celebro el regocijo de saber que también el amor (a veces disfrazado de congoja, de “¿tuviste una pesadilla, princesa?”, de “¿te preocupa el examen de mañana, chamaco?”) impide dormir.

Porque el que ama, no duerme. Y viceversa.

Y el que menos duerme, ama más.

Feliz insomnio para ustedes también.

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