Fast and furious


 
De niños, los Malpica Maury salíamos de vacaciones muy poco y muy cerca. Por eso atesorábamos cada vez. A eso hay que añadirle que mi papá no era nada aventurero. O íbamos con reservaciones hechas o mejor ni poner un pie fuera de la casa. Por eso me brinca a la memoria aquella vez que, de la nada, quiso lanzarse a intentar conseguir búngalo en Oaxtepec, uno de nuestros destinos más visitados y más choteados, sin siquiera haber llamado antes y en plena semana santa.

 

El coche empaquetado con la familia completa (cinco escuincles en el asiento trasero), más maletas, más un calor endemoniado, más la monserga de irnos por la Libre, llegamos hambrientos a Oaxtepec a media tarde sin otra cosa a nuestro favor que el haber llevado los dedos cruzados (hasta de los pies) los siete viajantes por todo el camino.

 

La cara de mi papá al volver de las oficinas de registro lo dijo todo. Los cinco escuincles lloramos al unísono como obedeciendo la batuta de algún endemoniado director de orquesta.

 

No se me olvida que mi papá, sin decir nada, emprendió camino.

 

Pero entonces notamos algo.

 

Y el silencio en el asiento trasero fue mayor que el del vacío más profundo en la inmensidad del espacio. Todos oímos la misma voz en nuestras cabezas (“Mi papá no está volviendo a casa. Repito. Mi papá no está volviendo a casa.”).

 

Quiso desafiar al destino buscando hospedaje en Cuautla. Pero el mundo se conjuró en su contra por haber jugado al osado. Tuvo un problema de tránsito casi de terminar a los golpes con un policía (que a fuerza quería mordida) y salir huyendo por haber estacionado mal el carro, una vez cometida la horrible fechoría de llevarnos a comer, y tuvo, por supuesto, que enfrentar un desliz tras otro al no encontrar vacantes en ninguno de los hoteles al alcance de nuestro bolsillo.

 

Derrotado, ahora sí enfiló hacia nuestra casa.

 

Las lágrimas de los niños ahora fueron más sosegadas pero igual de abundantes.

 

Así y todo, tampoco se me olvida que, a unos metros de tomar carretera perdió la chaveta ahora sí por completo y, nuevamente sin decir nada, puso rumbo a Cuernavaca en vez de a la ciudad.

 

Era de noche cuando se decidió a registrarnos en el Casino de la Selva, un hotel muuuuy por encima de nuestras posibilidades.

 

Era de noche cuando salió el sol para cada uno de los chamacos de aquel asiento trasero.

 

Dice Dominic Toretto que la familia es lo más importante de todo. (Y eso que él nunca recorrió Cuautla con furia y a contrarreloj). Pero sabes que el sujeto tiene razón cuando estás chapoteando en una alberca con tu familia como si lo único importante en realidad fuese estar juntos toda la vida. (Lo supe en ese momento junto a mis hermanos y mis padres; lo confirmo con frecuencia con mi esposa y con mis hijos).

 

Fueron tres días de engordar la tarjeta de crédito. Y luego un cuarto más porque ¡qué más da, sólo se vive una vez! (Y seguro un quinto más visitando el Monte Pío).

 

Pero escribo esto como un pequeño homenaje a esos siete que fuimos en un viaje, arrostrando el mal sino.

 

Porque a lo mejor el viaje sigue. Y aunque los cuatro que ahora viven en otra ciudad estén pasando cierta contrariedad, seguro volveremos a estar juntos un día, chapoteando todos en la misma alberca como si nada fuera más importante en la vida. Porque si ya escapamos a toda velocidad de un policía furibundo alguna vez en un coche empaquetado de triques y chamacos, un pequeño bicho microscópico, a esta familia, seguro le hace los purititos mandados.

 

Tweet about this on TwitterShare on Google+Share on Facebook

Elogio del maldormir


 
Recuerdo que cuando estaba por llegar a nuestras vidas Bruno, mi hijo mayor, mi padre me dio el consejo de que durmiera todo lo posible porque no volvería a dormir igual a partir del día uno de la paternidad.

Y ante la supuesta obviedad de las mamilas a las tres de la mañana, le dije que ya vendrían tiempos en que el niño durmiera sus noches completas.

El abuelo tuvo que insistir recalcando la idea. “No vuelves a dormir igual JAMÁS”.

Y un viento gélido bajó de las montañas y apagó las velas.

Pocos me creen que no tenía una sola cana antes del día uno de la paternidad, al fin era un jovenzuelo de cuarenta. Pero es cierto.

Y aunque ninguna de ellas es verde, el asunto es que de verdad no volví a dormir igual desde el día uno, como bien dijo el abuelo. No siempre me preocupa si habrá para pagar pañales o colegiaturas, pero cada noche hay un monstruo de forma distinta que se sienta a tu lado y te recuerda que en la otra habitación hay una persona que depende por completo de ti, te guste o no te guste.

Y el insomnio se vuelve tu compañero de batallas.

Pero a casi catorce años de maldormir se acostumbra uno.

Por ejemplo, el mejor momento para la lectura es a las tres de la mañana, por poco recomendable que parezca. Y muchos libros ni los habría terminado si no fuera gracias a esos minutos escamoteados al sueño.

Traigo a colación este asunto porque en los felices días de la pandemia se acentuaron las vigilias. (Supongo que como en muchas familias).

Y no sólo para los que se saben responsables de otras personas en la casa, les guste o no les guste, sino también para aquellos a quienes no debería mortificar nada, excepto, si acaso, si saldrá una nueva película de Pixar o si el ratón de los dientes se dará su vuelta.

Hay noches que hasta los perros andan de aquí para allá sonambuleando.

Y el trajín bajo las sábanas es casi como el ruido de un buldózer. Sobre todo si el que te escucha es tu padre y a ti no te deberían preocupar más que Pixar, el ratón, el videojuego, etcétera.

En “La hermana del sueño”, de Robert Schneider (novela de mi especial predilección), el músico Johannes Elias Alder se propone no dormir porque, quien duerme, no ama (dato revelador). Y él quiere amar por siempre.

Pongo aquí estas líneas como un homenaje a todos aquellos que no duermen. Tengan 10 años o 13. Tengan 54 o 44. (Como en mi familia pero, también, claro, como en muchas familias).

Porque cuando escuchas una vocecita que dice “Mamá” a las tres de la mañana, se te enciende el corazón enseguida, aunque tengas pagada la colegiatura del mes y estés en lo más emocionante del libro.

Y acudes para ver la mejor estampa posible de un desvelo: una niña y su mamá buscando el sueño. Juntas.

Celebro el regocijo de saber que también el amor (a veces disfrazado de congoja, de “¿tuviste una pesadilla, princesa?”, de “¿te preocupa el examen de mañana, chamaco?”) impide dormir.

Porque el que ama, no duerme. Y viceversa.

Y el que menos duerme, ama más.

Feliz insomnio para ustedes también.

Tweet about this on TwitterShare on Google+Share on Facebook

Querido año tras de mí…

 
¿Adónde se fueron tus días?
Esperábamos la llegada de un 22 en el calendario,
(cuando esos números tenían sentido)
y parecía tan fácil….
Pero para la tarde, ya era septiembre, carajo.
¿Adónde se fueron tus días?
Mi hijo creció sin que me diera cuenta.
Mi hija aprendió a dividir quebrados.
Una nueva mascota duerme en la sala.
Y todo a mis espaldas.
Carajo.
Te digo.
Aún no alcanza el sol su cenit,
aún pienso qué libro abrir,
aún humea algo en la estufa,
y ese libro ya está leído
y esa cena ya está terminada
y ese tiempo parece agotado
como una fotografía arrugada,
descubierta sin querer
(maldita sea)
en una banca de un parque…
…por el que sólo pasábamos.
Querido año tras de mí,
devuelve lo que tomaste.
No seas desgraciado.
No finjas que no te importa.
He olvidado las películas que vi,
los sitios en los que estuve,
la gente que conocí.
Todas las series de la tele son una misma.
Todos los tubos de dentífrico.
Todas las cuatro de la tarde.
En serio. Te lo digo.
Regresa, carajo.
Sin rencor, tal vez,
podremos hacer un balance.
Y hacer como que mañana es 22
(porque lo es)
y que antes de la merienda,
lo que son las cosas,
sigue siendo marzo.
Y nadie se ha ido…
…aunque algunos ya sepan dividir quebrados.
Y los que aparecemos en esa foto arrugada,
sí somos nosotros,
en efecto.
Pero si te fijas bien,
sonreímos.
Y con ganas.
Porque nosotros, los de entonces, los de ahora, no usamos cubrebocas ni tenemos miedo al contacto,

Tweet about this on TwitterShare on Google+Share on Facebook

El año se fue…

 
El año se fue y casi me parece una obligación decir cuán tremendo es que pueda yo escribir, como si tal cosa, justamente eso, “el año se fue”.

Tremendo.

Porque no puedo evitar pensar, por ejemplo, en mi amigo X, que vino a la casa en septiembre en una visita pactada y cordial y breve. Con cubrebocas y sana distancia y gel a la entrada.

Tremendo poder escribir también que X nunca ocupó una silla ni bebió de un vaso. Y que en la plática salió a relucir, de nuevo, que no podía conseguir la saga completa. Que esperaba volver a la ciudad antes de finalizar el año. Que ya me comentaría el ejemplar que le obsequié de “Mal Tiempo”.

Tremendo porque cuando X estuvo por esos breves minutos en casa y evitamos chocar puños y saludó a mis hijos de lejos y a los perros de cerca, la muerte no rondaba y X era como cualquier otro que habla del clima y de música y de libros. Como Y o como Z. O como yo mismo, por ejemplo.

Y el asunto es que X ya no está entre nosotros desde hace un par de semanas.

El año se fue y yo no puedo dejar de pensar que yo puedo ocupar una silla. Y beber de un vaso. Y tomar una pluma. Para plasmar una dedicatoria a algún amigo o escribir “el año se fue”. Todavía.

Pero tantos otros no.

Y no dejo de pensar en mí mismo haciendo una visita, con cubrebocas y sana distancia por breves minutos y asuntos cordiales a quien ustedes gusten y manden porque nadie es perfecto y el encierro no es una ley inquebrantable y lo social lo traemos pegado al cuerpo.

Y el asunto me parece en verdad tremendo.

Porque bueno…

El año se fue y me descubro afortunado. Tremendamente afortunado.

Por el simple hecho de este tecleo. Y lo que contemplo al mirar por la ventana. Y la sensación del aire en mis pulmones.

Aunque en mi balance haya tantos números rojos.

Tal vez bebí demasiado. Tal vez busqué poco a mis amigos. Tal vez comí demasiado. Tal vez jugué poco con mis hijos. Tal vez desperdicié demasiado el tiempo. Tal vez fui muy ostracista. Tal vez no fui lo suficientemente ostracista. Tal vez no debí ver esa serie. Tal vez no debí leer ese libro. Tal vez debí ver esa serie. Tal vez debí leer ese libro.

Tal vez…

O seguramente…

Pero lo cierto es que no creo que nadie pueda verse en el mismo espejo del enero pasado. Y un algo de locura nos ha pegado a todos.

Y de furia y de rabia y de dolor. Por X. Por Y. Por Z. Por nosotros.

Por nuestro apaleado mundo.

El año se fue y creo que ya bastante es poder decirlo, teclearlo, paladearlo. Así lo hagamos descubriéndonos greñudos, gordos, sentimentales, irritables, explosivos, gruñones, insoportables, chillones, insufribles, imposibles, irreconocibles…

Porque fue un año como ningún otro año que hayamos vivido.

Y nosotros no somos los mismos.

Pero somos. Y estamos.

Que ya es bastante.

Y es motivo para celebrar. Y brindar. Y decir “Salud” aunque sea con la sonrisa chueca y la lágrima presta, que en estas circunstancias bien puede ser la forma más tremenda y más sublime de brindar por el futuro, tan incierto como siempre pero con tantos días como noches en su espléndido inventario.

Tweet about this on TwitterShare on Google+Share on Facebook

Magia

 

 
Asunto peculiar, éste de la magia.
Tuve el horrendo atrevimiento de asomarme al correo privado de Santa y descubrí que el mayor deseo de la remitente de esta carta es que exista la magia.
Asunto peculiar.
No sé si alguno de los presentes se atrevería a intentar definirla.
Y, sin embargo, supongo que todos los presentes alguna vez también deseamos que existiera.
“Que desaparezca la escuela”
“Que la capital de Francia sí sea Londres”
“Que al que me molesta en el recreo le salga cola de mono”.
De hecho, es posible que algunos de los presentes sigamos deseando que exista.
“Que desaparezca la oficina”
“Que los estados financieros cuadren”
“Que al que me molesta en las juntas le salga cola de mono”
Y aunque es cierto que algunos de nosotros, al prender la linternita del celular decimos “¡Lumos!” con vehemencia… en el fondo sabemos que no hay más magia que la de una batería bien cargada.
Así y todo, igual me atrevo a esta definición:
Magia es todo aquello que nos hace felices… y no nos sabemos explicar.
Así, puede ser igual de mágico que Mariloli acepte (¡al fin!) tu invitación a salir como el que le puedas pedir con tu propia voz a un aparatejo que ponga música de Frank Sinatra… y la ponga.
Para los efectos, hay la misma magia. El mismo sentimiento de gratitud hacia Mariloli y hacia el inventor del aparatejo.
Y hacia el que creó la receta del pastel de mil hojas. Y el que hizo posible el gps. Y las películas a la carta.
Y las reuniones familiares por zoom. Y la tan ansiada vacuna…
Y al que te ayudó a subir el súper los tres pisos hasta tu casa…
Y etcétera.
Al final, siempre hay alguien detrás de toda esa magia que transpira el mundo.
Pero, por lo pronto, me atengo a una carta. Una carta donde una niña admite que se ha portado mal pero, aún así, manifiesta a un ser mágico su deseo de que la magia exista, aunque no se lo pida expresamente porque comprende que no es algo que pueda hacer en su fábrica (llena de duendes mágicos y renos mágicos y… )
Háganme ustedes el favor.
Me dibuja una inexplicable sonrisota que no puedo con ella.
¿Que mayor prueba de que la magia existe?
Ya se lo diré el mero 25. Que hay magia donde alguien te pinta una sonrisa. Y esa es toda la magia que necesitamos en estos tiempos. Y es una verdad irrefutable.
Aunque todavía nadie invente cómo hacer que le crezca una cola de mono al pesado del salón.

Tweet about this on TwitterShare on Google+Share on Facebook

Gracias

 
20 Años en la LIJ – 10
 

 
Hoy, hace 20 años, me hice escritor de LIJ. Lo cual es curioso porque…
Yo nunca quise ser escritor.
Ni de chico ni de grande, esa es la pura verdad.
Tal vez si hubiera sido uno de mis anhelos, habría hecho las cosas diferentes. Estudiar, por ejemplo. O ponerme un nombre artístico con mucho caché. Pero lo cierto es que un buen día me descubrí escribiendo y corriendo el riesgo de mostrar a otros mis escritos.
Recuerdo que con mis primeros cuentos y novelas (todos ellos inéditos) disfrutaba, sobre todo, con la reacción de mis amigos al leerlos. Los imprimía y rolaba con la gente que, según yo, podía darme una opinión sincera; luego, aguardaba frente a ellos mientras leían.
Y aunque me comía las uñas todo el tiempo, en realidad lo disfrutaba.
Del mismo modo que disfrutaba del aplauso o las risas cuando, en el teatro, me mezclaba con el público a ver alguna de las obras que escribía con mi hermano Javier.
El aplauso. Las risas. Las lágrimas. Las reacciones.
Lo he dicho antes y lo sostengo ahora. El artista no puede ser indiferente a las reacciones que produce su obra. Sigo creyendo que es de pose el que un pintor, músico, escritor… se sienta adelantado a su tiempo sólo porque la gente abandona su obra a la mitad. (Ouch).
En realidad no hay otro tiempo que el que vivimos. Y aunque es cierto que no escribe uno para agradar a los demás, también es verdad que da más gusto un teatro lleno que uno a su cuarta parte (así te llames Samuel y te apellides Beckett y estés por que detonen todas las bombas).
Lo he dicho antes y lo sostengo ahora: soy un tipo afortunado porque he contado con al menos un lector por libro que me ha dicho que le ha gustado. O espantado. O conmovido. Y esa ya es la mejor de las recompensas.
Y doblemente afortunado cuando te dicen: lo volví a leer.
Tantos libros y tan poca vida y alguien por ahí, en vez de irse de frente con el nuevo de ponga-aquí- el-autor-de-bestsellers-de-su-preferencia se regresa al mismo libro del tal Malpica para darle otra leida.
Asombroso.
Llena el corazón. Y mucho.
Así que esta última entrega de mis 20 años en la LIJ es un pequeño bouquet de agradecimiento para todos ustedes que me permitieron poner, en algún momento de mi vida, la palabra “Escritor” debajo del nombre en mis tarjetas de presentación.
Para ti que me correteaste por toda la FILIJ para que te firmara un libro. Para ti que me recibiste en tu escuela y me diste un abrazo al final. Para ti que me escribiste por inbox y me contaste lo que te hicieron sentir mis letras.
Porque aunque es cierto que escritor es el que escribe (lo he dicho antes, etcétera) y no el que publica o gana premios o es invitado a la FIL cada año, también es cierto que cuando uno entra al mundo de la literatura por la puerta trasera, sí que te hacen falta espaldarazos para poder colgarte la medalla. Y los ha habido, claro. Me han publicado y he ganado premios y últimamente me invitan a la FIL todos los años… pero los verdaderos espaldarazos vienen cuando alguien te dice:
Leí tu libro y me gustó.
Recuerdo perfecto que después de publicada “Las mejores alas” me llevé libros a un café para regalar a mis amigos y amigas. Recuerdo perfecto que una de ellas leyó a sus hijas, frente a mí, las primeras páginas de su ejemplar. Recuerdo que llegaron a una parte en la que el narrador dice: “no me gusta que la gente frunza la cara cuando escucha o lee algo que no entiende”. Está intacto en mi memoria el momento en que una de las niñas preguntó: “¿cómo se frunce la cara, mami?”. Y ella le mostró.
Y yo fui feliz.
De hecho, lo sigo siendo.
Cuando escribo, claro. Pero más aún cuando ese libro que nació como una idea chiquitita, que fue cuidado y atendido y protegido y alimentado y luego creció y prosperó y siguió su camino y volvió a casa dentro de una caja con quince ejemplares de autor… es leído y disfrutado.
Esa es la mayor de las alegrías. Porque me sigue pareciendo prodigioso que habiendo tantos autores y tantos libros, de repente alguien por la calle lleve bajo el brazo un “Antonio Malpica”. O un “Toño Malpica”. Y es como para bailar sin música. O para galofrar hasta el infinito.
Han sido 20 años de escribir y publicar para niños y jóvenes. Pero también de platicar con ustedes, quienes hacen posible que las editoriales me quieran seguir publicando. Y asi, yo siga escribiendo.
Es estupendo cuando haces aparecer dragones de la nada. O haces hablar a unas pantuflas. O consigues que el tiempo gire en redondo.O que un niño de la calle vuele o que el señor de los héroes empuñe la espada o que el corazón de una multimillonaria cambie de la noche a la mañana. Es estupendo contar historias. Pero cuando esas historias llegan al papel dejan de ser tuyas. Y están condenadas a quedarse cautivas entre sus portadas hasta el fin de los tiempos, a menos que…
Alguien las lea.
Y cuando eso ocurre…
y además esa lectura causa un goce…
y además consigue que ese alguien ponga un tweet o un mail o un comentario, comprendiendo que ese nombre en la portada que acompaña al título corresponde a una persona de carne y hueso a la que le dará un enorme gusto enterarse que su libro ha sido leído y disfrutado…
es cuando todo cobra sentido y la vida se torna perfecta.
Me han dado las gracias por mis historias y personajes de muchas formas. Con regalos, con abrazos, con sentidas y extensas cartas.
Lo paradójico es que el agradecido soy yo.
Antonio Malpica. Toño Malpica, para los cuates (que son todos los que quieren a mis personajes).
Así pues…
Que sea esta última entrada, este regalo, este abrazo, un pequeño homenaje a ustedes, mis lectores. Una nota de verdadera gratitud por hacer posible esta chamba que no quería, que nunca me imaginé, que me cayó del cielo. Pero que se ha vuelto, en concreto, mi lugar en el mundo. Y eso es, en gran medida, gracias a ustedes, que han querido a Sergio, a Gus, a Margot…
A tantos.
Que vengan otros 20.
Que vengan más historias.
Más ferias, más escuelas, más entrevistas, más posts.
Si están ustedes ahí, estoy listo para ello.
Mil gracias y hasta siempre.

Tweet about this on TwitterShare on Google+Share on Facebook

Buen clima, provisiones y un mapa

 
20 Años en la LIJ – 9

 
Y bueno… si algo más o menos aprendí a lo largo de todo este tiempo es que, si de veras quieres dedicarte a la escritura, tienes que darle su importancia.
Es decir, verdadera importancia.
A lo largo de estos veinte años la literatura se volvió mi chamba y por eso en cierto momento tuve que empezar a verla como tal para poder ser lo más eficiente en ella.
Aquí podrían varios puristas del arte echar los ojos al cielo sin ningún problema. “¡Eficiencia! ¡Horror de palabrita!¡Si yo me debo al arco y la lira, no al ISO9000!”
Okey sí, pero una cosa no está peleada con la otra, según he descubierto.
Puedes disfrutar la escritura y, a la vez, ser lo suficientemente programático para no perderte en el proceso.
“¡Programático! ¡Virgen santa! ¡Que me da! ¡Mis sales!”
Calma.
Quizás sea culpa de mi (de)formación ingenieril pero descubrí que la mejor manera de llevar a buen puerto el barco es dándole importancia al itinerario. Es decir… Que la mejor manera de que una idea termine verdaderamente convertida en libro es… según yo… ajustándote lo mejor que puedas a un procedimiento ya estudiado.
Lo cual no significa que no puedas ponerte todo lo artistico y romántico y trovador y pastoril que quieras. Esto, para fines prácticos, no es otra cosa que un mapa.
Y quise tomar como ejemplo mi último libro publicado para mostrarles más o menos lo que hago hoy en día con el fin de que todo culmine en la feliz llegada a mi casa de una caja con sus buenos 15 ejemplares de autor.
 
El libro se llama “Hoy”, editado por Vicens Vives y ya está en papel. (Para muestra, fue sorteado en FB hace un par de semanas). Pero bueno… ¿cómo fue que “Hoy” llegó a convertirse en libro?
Más o menos de la siguiente manera, estación por estación:
 
1. Me busca Mara Benavides, a quien ya conocía de Editorial Norma pero que ahora estaba en Vicens Vives para proponerme la contratación de un libro. (Junio de 2019)
 
2. Acepto de palabra el encargo porque me da toda la libertad del mundo. (Danza de la felicidad).
 
3. Gesto una idea que me guste y que me importe lo suficiente como para pensar que se pueda convertir en libro. (¿Qué tal que un ejecutivo de altos vuelos es sorprendido un día por su septuagenario padre para que se vaya de pinta con él? ¿Qué tal que la historia la cuentan los hijos del ejecutivo y le dan el carácter infantil que necesita la obra?)
 
4. Desde el momento en el que tengo la idea, abro una tarjeta en un manejador de proyectos que uso. Con esto, le doy la suficiente importancia como para trabajarla hasta las últimas consecuencias. Le añado varios checkilists predeterminados: Preparación, Planeacion, Escritura y Proceso Editorial. (El último cuadrito del último checklist siempre es “Publicación”, que es como plantar la banderita en la cima de la cumbre, por así decirlo.)
 
5. Firmo contrato. (Ejem).
 
6. Hago la planeación correspondiente, sinopsis, escaleta, etcétera, siempre palomeando conforme voy avanzando. Puesto que Mara me pidió que le entregara para cierta fecha, me programo para ésta. Con la planeación puedo saber si es posible llegar de pie o no a la cita. (En este caso, según yo, sí podía).
 
7. Hecha la planeación, me pongo a escribir. Voy marcando los capítulos del libro, uno por uno, hasta terminar. (Me falló por poquito, gulp. Tuve que pedir una pequeña prórroga porque me agarró a media FIL del 19 la tecleada, pero hasta eso que si hay buena relación y diálogo, funcionan las cosas).
 
8. Reviso, por supuesto. Mucho. Mucho. (En verdad, mucho).
 
9. Mando a la editorial y comienzo el proceso editorial. (Maravillosamente me tocó trabajar con Grace Silva, gran editora y mejor amiga, con quien ya había colaborado, así que Danza de la felicidad parte 2).
 
10. El editor (editora, en este caso) toma el libro en sus manos. Sugiere cambios, ilustrador(a), etcétera. (Grace y yo trabajamos juntos el texto y la conformación del libro, me mandó avances de Mariana Villanueva que comentábamos… asi hasta que… quedamos contentos todos.
 
11. Espero mi caja con ejemplares. (Banderita en la cima. Café de termo con música de cuerdas. 21 de octubre de 2020).
 
Vualá.
 

Ejemplifiqué un solo libro, pero todos mis libros se apegan a este proceso. Con sus asegunes, claro. La mayoría no inician con editorial apalabrada. La mayoría empiezan en el paso 3, con lo que habría que añadir que, al mandar a la editorial elegida, espero dictamen y, de ser favorable, comienzo el proceso editorial y etcétera, etcétera.
Es importante resaltar esto:
A todas aquellas ideas que me gustan y me importan les doy el mismo tratamiento. A todas. TODAS.
Dije TODAS.
TODAS siguen el mismo procedimiento. Y TODAS las tarjetas se quedan abiertas hasta que no son publicadas. Es raro que archive alguna sin haber terminado en papel… pero también ha ocurrido (no soy tan infalible).
Y también quiero resaltar lo siguiente: Una tarjeta no se estorba con la otra. En el momento en que mando a editorial puedo, sin ningún problema, comenzar otro proyecto. Y así sucesivamente hasta el fin de los tiempos. (O hasta que el cuerpo aguante).
Así que bueno… si algo más o menos aprendí a lo largo de todo este tiempo y a caso pueda transmitirte, si es que quieres ver tus ideas convertidas en libro es esto:
 
Tienes que creértela de principio a fin.
Y tienes que darle su importancia.
 
El resto es tesón, cariño y paciencia. Buen clima, provisiones y un mapa. O tiempo, salud y pila en la laptop, si prefieres. El chiste es entender, de una vez por todas, que lo poeta no quita lo eficiente.
¿Estamos?

Tweet about this on TwitterShare on Google+Share on Facebook

Tiempo, salud y pila en la laptop

 
20 Años en la LIJ – 8
 

 
Honestidad.
Pensemos en esa palabra con todas nuestras fuerzas.
Luego liguémosla a nosotros mismos.
Para convenir lo siguiente:
Se puede ser deshonesto con todo el mundo, incluso con nosotros mismos, pero aun en el supuesto de que se obtenga algún beneficio siendo deshonesto con los demás, ¿qué posible beneficio puede obtenerse de serlo con nosotros mismos?
Bien, pues acaso ese sea el único súper poder de Toño Malpica: el de ser incapaz de engañar a Toño Malpica.
No el poder escribir una novela gorda de una sentada ni cosas por el estilo, sino…
Que me doy perfecta cuenta cuando algo me hace feliz y también cuando algo me hace infeliz.
Eso, nada más.
Y siempre girar el timón hacia lo primero, no a lo segundo.
Ahora que… si lo pensamos tantito, en realidad no se trata de ningún súper poder. Todos somos capaces de reconocer qué nos hace sentir contentos. Y qué no. Acaso la única diferencia conmigo sea que yo a la media hora (es un decir) de que me empiezo a sentir incómodo y lleno de comezón (es un decir) me invento una llamada urgente de mi abuelita (es un decir) para poder salir pitando por la ventana (es un decir).
Asi que, lo que en realidad me puso aquí, en este sitio, fue que…
 
Cuando descubrí que la lectura me hacía muy feliz, me quedé para siempre.
Cuando descubrí que la escritura me hacía muy feliz, me quedé para siempre.
Cuando descubrí que había una LIJ que era como sacarse la lotería, me quedé para siempre.
Y cuando descubrí que en las oficinas las sillas con rueditas no se usan para echar carreras…
 
Bueno. Ustedes me entienden.
Cuando la honestidad es pura y dura, no permite concesiones. Y hablando exclusivamente de la escritura, tuve la ENOOOOORME fortuna de darme cuenta, bastante pronto, de que a mí lo que me hacía feliz era… simplemente… sentarme a escribir.
Fue en algún momento de esos 20-años-que-se-han-pasado-volando que descubrí el secreto de la felicidad.
Y es éste: Que, teniendo tiempo, salud y pila en la laptop, cualquier cosa que me impida sentarme a escribir lo que me venga en gana no es más que una jodida excusa. (Excuse my french).
Y dentro de todas las excusas posibles, he aquí la más atemorizante, la más encarnizada, la que tiene más cartel y más seguidores en instagram que ninguna otra:
Señoras y señores, con ustedes… en esta esquina… con ochocientos cincuenta kilogramos de peso… cuarenta mil victorias y cero derrotas… la campeona indiscutible del circuito de escritores atormentados… portadora del cinturón internacional del club del autor incomprendido…
La monstruosa, cruel, despiadada e implacable…
 
 
falta de inspiración
 
 
(aquí no vendrían mal algunos grillitos frotando sus patitas).
 
En efecto.
Yo también, en mis inicios, rehusaba sentarme a escribir si no llevaba conmigo alguna tremenda ocurrencia, una descarga eléctrica de varios miles de volts que me diera energía para escribir sin pararme ni al baño durante varias semanas.
Jo.
Y evitaba por todos los medios no agarrar la pluma si no era motivado por ese soplo divino de alguna musa despistada que me había elegido a mí (¡a mí!) entre millones para plasmar la obra que revolucionaría el arte universal.
Jo.
Pero nada. Que en algún momento de esos 20 años ocurrió. No estoy seguro si fue con “Había una vez un niño llamado Perico”. O con “La máquina”. O con “Querido Tigre Quezada”…
Que descubrí que a mí lo que me hacía feliz era contar historias, inventar personajes, formular diálogos, templar argumentos…
Contar historias.
No revolucionar la literatura, ni sacudir los cimientos del arte, ni payasadas de esas. (Excuse my french).
Contar historias.
Ni siquiera tenían que ser buenas. O dignas de un nóbel. O dos. Sólo bastaba con que al final me hicieran sentir contento, pleno, satisfecho. Y si ganaban un premio o se publicaban en papel cuché, qué bueno. Pero, principalmente, me di cuenta de que yo era feliz contando historias.
Y eso me puse a hacer. Me puse a…
Contar historias.
¿Y qué hace falta para contar una historia?
¿Diez kilos de inspiración?
No.
En lo absoluto.
Hace falta, solamente…
Exacto.
Tiempo, salud y pila en la laptop. (Es un decir porque pluma y papel siempre han bastado desde los tiempos de Cervantes).
He aquí el secreto:
Hay muchas más historias en media hora de feliz tecleo que en dos semanas de sesuda concentración.
Mira a tu alrededor. ¿Acaso no eres capaz de hacer hablar a esos dos cuadros en la pared? ¡Claro que puedes! ¡Ahí hay una historia! ¿Y esos dos muchachos que pasan frente a tu ventana en este momento? ¡Tal vez puedas hacer que se enamoren! ¿Y tu perro? ¿No te gustaría verlo bailar flamenco en este momento?
Historias, historias, historias… cientos de ellas… ¡Y esas sólo son aquellas que están frente a ti! ¿Qué pasa si cierras los ojos?
¡ZOK!
¡Genial! ¡Apabullante! ¡Maravilloso!
¡Pero si no hay nada! (Tal vez pienses)
¡Error! (Tal vez te diga) ¡Eso que te parece la NADA, en realidad lo es TODO!
Porque en ese vacío puedes gestar el universo entero. Déjate de cuadros que hablan o de personas que se enamoran o de perros bailadores. Ahí están los detectives, las naves extraterrestres, los dinosaurios, las guerras napoleónicas, las expediciones al ártico, los vampiros, los piratas, tu colegio de infancia, el apocalipsis zombi…
TODO.
¿Lo ves?
Afortunadamente yo lo vi bastante pronto. Y ahora no tengo otro método de escritura que ese. Me siento a idear cosas. De esas cosas elijo una que cumpla con los dos siguientes requisitos:
 
– Que me guste
– Que me importe
 
Y me pongo a arrastrar la pluma (es un decir porque ya todo es puro taca-taca-taca en el winword).
Pero todo lo demás es cariño y dedicacion. Ni más ni menos.
Si me gusta lo suficiente una idea y me importa tanto como para querer convertirla en una historia, lo único que hago es pensarla, prepararla, modificarla, planearla, modificarla más, estructurarla, trabajarla, escribirla, revisarla… una y otra vez hasta que, con toda honestidad, puedo decir que he quedado contento. (Feliz y no infeliz).
Olvidémonos del talento, que tampoco se vende por kilo.
Elige bien la historia que vas a contar. Ponle cariño y dedicación. Mucho. Muchísimo. Todo el que puedas.
Y de repente capaz y esa historia se convierte en un libro publicado. A mí me ha funcionado durante veinte años o algo así.
Nada de ocurrencias maravillosas ni inspiraciones asombrosas. Puro trabajo y corazón. El resto es mitología. Y ya que ninguna musa va a venir a tocar a tu puerta para invitarte un café, lo mejor que puedes hacer es poner manos a la obra en una sola cosa que sí funciona y rinde frutos, una sola cosa para la que no hay necesidad de pedirle permiso a nadie, una sola cosa que sí puede dibujarte una sincera sonrisa en la cara. Y es:
Contar historias.
Lo demás (y esto no es un decir, te lo aseguro) es lo de menos.

Tweet about this on TwitterShare on Google+Share on Facebook

¡Puf!

 
Hago la suposición de que ningún ratero tiene libros en su mente cuando piensa en sus fechorías.
No creo ni por asomo que algún amante de lo ajeno haya salido jamás a la calle a hacer lo suyo pensando que ojalá se hiciera de un buen libro o dos en su jornada.
Así que creo poder afirmar que al del turno del viernes pasado le cayó como bomba el verse, repentinamente, dueño de dos maletas llenas de buenos libros.
Buenos libros, se entiende, en la concepción de aquel que los puso en sendas maletas.
Son cosas que pasan.
Una mañana tienes un librero lleno de buenos libros y al día siguiente… ya no.
Una mañana no tienes nada que leer y al día siguiente… vaya que sí.
A ustedes que les gusta leer y atesoran en estantes bien alineados los causantes de tal afición, miren hacia allá y contemplen una buena sección de tales objetos. ¿Se les ocurre alguna posibilidad de que alguien se los arrebate de las manos? Desde luego que no. Ni a mí. Ni siquiera en el factible caso de que alguien irrumpa por la puerta, arma en mano, lo ven ustedes saliendo de ahí con el Ulises de Joyce a toda prisa.
Pero en este jardín de senderos que se enchuecan a la menor provocación, todo es posible.
Por ejemplo…
Es viernes, estás en plena mudanza y acomodas en sendas maletas una buena sección de libros que te has de llevar a tu nuevo domicilio.
Luego, dejas el auto en la calle, según tú, un momento, porque dónde se ha visto que…
Y los senderos se entrecruzan, se bifurcan, se enmarañan y rematan en prodigio.
Dos maletas repletas de buenos libros repentinamente en manos de un hombre que (uno supone porque se dedica al crimen) no debe leer ni el reverso de la caja del cereal.
Mientras que el otro, el de la ocurrencia de dejar el auto en la calle, repentinamente sin la menor posibilidad de volver, al menos en corto plazo, a ciertos libros de Neal Stephenson, de Isaac Asimov, de Stephen King, a su Borges en Revista Multicolor y a sus dos ejemplares del Último Round de Cortázar, por mencionar algunos.
Pienso en ambos hombres hermanados por el coraje.
Uno pensando… ¿y ahora yo qué hago con todo este papel?
El otro… ¿y ahora yo que hago sin todo ese papel?
Los imagino a ambos vislumbrando el tiempo como un Uróboros, donde uno no estaciona el auto en la calle y el otro sigue su camino tal vez para hacerse mejor de una buena llanta de refacción o dos buenos espejos. Y así, un cristal hoy destrozado reconstituiría sus moléculas. Y este texto no se escribe nunca. Y ustedes siguen de largo en esta red social.
Pero el tiempo corre en una sola dirección. Esto lo saben Yu Tsun, Richard Madden, Stephen Albert y los dos hombres circunstanciales de este relato verídico.
Por ello quiero apostar a una suerte de gracia compartida.
El uno, el que de pronto tuvo dos maletas repletas, no de papel, sino de ideas maravillosas, increíblemente renuncia a la idea de vender por kilo o en librerías de viejo. Se sienta en un sofá (que, por obra de otro prodigio, es muy confortable) y se dispone a leer. Uno, dos, veinte libros… hasta que la sola idea de ir a romper cristales por la noche la parece absurda. Un día entre los días descubre que es feliz aunque no tenga ningún reloj de oro en la muñeca y sigue leyendo, así nomás, hasta el punto de que todos los libros del mundo le parecen pocos.
El otro, el que de pronto se sintió despojado, descubre (de hecho, así ha sido), que aquello de lo que le despojaron, sólo era papel. Porque descubre (en verdad así ha sido) que las historias no se desgastan. Sabe que algún día podrá allegarse de nueva cuenta el Hyperion de Dan Simmons en otro volumen o en alguna pantalla y los personajes serán los mismos y el Alcaudón le volverá a causar un terror inédito.
El otro, que no es sino quien esto escribe, se imagina a sí mismo en un par de décadas adquiriendo en una librería de viejo un libro que alguna vez fue suyo, sin recordarlo, y maravillándose ante una historia que también fue suya alguna vez, sin recordarlo, pasando las manos por páginas que acarició muy antaño y preguntándose quién habrá subrayado previamente ese mismo pasaje que ahora quiere él también subrayar.
Apreciando, sin saberlo, que la verdadera inmortalidad de las historias está más allá de sus portadas de cartón reluciente porque éstas,
en cualquier momento,
y sin previo aviso,
así nomás…
¡PUF!
nos abandonan,
cuando todas las sensaciones que nos hicieron vivir al pasar los ojos por sus letras,
se quedaron con nosotros…
sí,
para siempre.

Tweet about this on TwitterShare on Google+Share on Facebook

Adelante con los cambios

 
20 Años en la LIJ – 7
 

 
 
Decíamos ayer…
O, más bien, el otro día…
En una de estas publicaciones, pues…
Que aquello que escribes sólo lo puedes dar por terminado cuando sientes que –modestia aparte- ya no te puede quedar mejor de lo que te ha quedado. (Cuando te “encanta”, ¿remember?).
Bien. Pues abundemos sobre tal afirmación.
“Cuando _sientes_ que ya no te puede quedar mejor de lo que te ha quedado.”
Pero…
¡Vamos! ¿En verdad no te puede quedar mejor?
¿De veras has llegado al fin de tus fuerzas? ¿O es simple hartazgo el que te hace pensar así?
No hay que entrar en pánico.
No olvidemos que un texto se tiene que revisar y revisar y revisar y revisar. Sólo así se consigue quedar contento. “Encantado”, de preferencia. Pero, cuando menos, contento.
Y también es cierto que, después de las 1000 primeras revisiones, llega un momento en que te parece que la 1001 ya no es necesaria. Acaso porque, a la manera de Wilde, en la 999 quitaste una coma y en la 1000 la volviste a poner.
Es entonces que, con tu bendición, dejas ir el texto.
A la editorial, al concurso, al inbox de tu profe de literatura…
Sin importar cuál sea el destino de tu texto, sólo lo dejas ir cuando _sientes_ (en efecto, es un feeling, no es que hayas llegado al final de tus fuerzas o al culmen de tu hartazgo, sino que en efecto, te parece (aunque no puedes estar seguro)) que has hecho todo lo posible por él y que ya escapa de tus manos cualquier posible mejoría.
Dejemos fuera el concurso y la clase de literatura. Ahí acaso todo dependa de un fallo o una calificación.
Pensemos entonces en la editorial. Pensemos en que, lo que quieres, es que ese texto se publique.
A menos que pienses en la “autopublicación”, que es un recurso muy válido para ver tu texto en papel, (aunque yo no soy partidario de ella justamente porque creo que un texto siempre es perfectible y cuando tú ya no sabes qué más hacer por él) el paso siguiente es que caiga en manos de un editor. (O editora, se entiende, porque en mi caso he contado más con ellas que con ellos, como ya mostraré al final).
Esa figura tan importante y a veces tan poco valorada es quien en verdad consigue la magia de la publicación.
Lo he dicho antes y lo repito ahora. Como escritor, uno sólo tiene la obligación de convencer de que su texto es bueno a una persona en el mundo: el editor. Puedes convencer a tu mamá, a tu novio, a tus compadres, a la tribuna entera del estadio donde juega tu equipo de volibol… de que tu texto es bueno. Pero si no convences a un editor… lo más probable es que tengas que recurrir a la autopublicación (de la cual no soy partidario, como ya dije, pero cada quién) o renunciar de plano a ver tu texto en papel.
Con todo, la verdadera magia del editor no estriba en decir que le parece bueno un texto, sino en decir…
Cómo podría ser mejor.
¡POW!
Va de nuevo pero con más punch: Un editor es capaz de indicarte cómo tu texto podría ser mejor.
¡POW!
¿Recuerdas que tú sentiste llegar a un punto límite con tu texto, una especie de “no puedo más” o un “hasta aquí llego antes de volverme loco”? Bien. Pues te tengo buenas noticias. No, no era el límite. El editor, si es bueno (que no todos lo son), detectará cómo potenciar ese texto que tú creías que estaba listo para conquistar el mundo.
Y juntos, lo harán crecer. Y será maravilloso porque descubrirás que sí existía otra cima más alta que esa a la que tú habías llegado.
Requiere humildad, claro. Porque un buen editor (que no todos lo son) te hace ver que no eres tan guapo ni tan simpático ni tan ocurrente como te hizo creer tu tía Eulogia. Pero también te hace ver que eso no es problema. El problema es no hacer nada al respecto en beneficio de tu texto.
He tenido la enorme fortuna de contar con muy buenos editores (y editoras, se entiende). Y gracias a ellas y ellos es que mis textos quedan en verdad dignos de publicación.
No, yo no soy tan genial como mucha gente cree.
Me apoyo mucho en esos profesionales de los libros, esa es la verdad.
No voy a negar tampoco que la mayor parte de un texto la pone uno. Pero es gracias al editor que te das cuenta de que tu maravilloso pastel de tres pisos tenía una mosca panteonera embarrada en un costado. Y tú no la veías (gracias, tía Eulogia, a ver qué día te das una vuelta por la casa). Pero el editor (cuando es bueno) sí que la vio. Y fue gracias a él que la gente quiso repetir rebanada y se formó una hora para obtener la firma.
Me lo dijeron varios pero la primera fue Karen Coeman, y me hizo mucho sentido. “Tu novela es buena. Y se puede ir a la imprenta así, si tú quieres. Siempre tendrás la última palabra. Pero…”
Si uno no teme escuchar lo que viene después de ese “pero…” se abre mucho a la posibilidad de conquistar nuevas cimas.
Y aunque es cierto que no siempre concuerdas en todo con el editor, mientras haya confianza, hay diálogo. “Esto sí” y “esto no” y adelante con los cambios. Diálogo para todo, incluso para convenir mutuamente que el texto no es para esa casa editorial y buscar otros caminos.
Ese libro que tienes en tus manos y que dice en la portada “Toño Malpica” o “Antonio Malpica” no es sólo producto del tecleo incesante de este sujeto. Es producto de la colaboración de muchas personas. Y si te gustó y fue armónico y lo disfrutaste, agradece también a aquella que movió la batuta para que sucediera y sonara bien. Y esa es nada más y nada menos que…
La editora (o el editor, se entiende).
En estos veinte años de LIJ he colaborado con muchas y muchos y a todos les estoy muy agradecido porque les debo mucho de mi crecimiento. Y, sin ir más lejos son (en estricto orden alfabético y esperando no haberme olvidado de nadie (pero si así fue se vale reclamar)):
Marisela Aguilar, Lizbeth Alvarado, Angélica Antonio, Ana Arenzana, Pilar Armida, Mara Benavides, Elisa Castellanos, Libia Brenda Castro, Karen Coeman, Olga Correa, Ana Laura Delgado, Lorenza Estandía, Vicente García, Daniel Goldin, Jael Stella Gómez, Yeana González, Ariel Hernández, Carla Hinojosa, Irma Ibarra, Paloma Jover, Laura Lecuona, Patricia López, Berta Márquez, Ismael Martínez, Dania Mejía, Diego Mejía, Mariana Mendía, Maia F. Miret, Guadalupe Ordaz, Eliana Pasarán, Federico Ponce de León, Rayo Ramírez, Sofía Ramírez, Paola Santos del Olmo, Sandra Sepúlveda, Grace Silva, María Cristina Vargas y Socorro Venegas.
Gracias por potenciar la magia.

Tweet about this on TwitterShare on Google+Share on Facebook