Gracias

 
20 Años en la LIJ – 10
 

 
Hoy, hace 20 años, me hice escritor de LIJ. Lo cual es curioso porque…
Yo nunca quise ser escritor.
Ni de chico ni de grande, esa es la pura verdad.
Tal vez si hubiera sido uno de mis anhelos, habría hecho las cosas diferentes. Estudiar, por ejemplo. O ponerme un nombre artístico con mucho caché. Pero lo cierto es que un buen día me descubrí escribiendo y corriendo el riesgo de mostrar a otros mis escritos.
Recuerdo que con mis primeros cuentos y novelas (todos ellos inéditos) disfrutaba, sobre todo, con la reacción de mis amigos al leerlos. Los imprimía y rolaba con la gente que, según yo, podía darme una opinión sincera; luego, aguardaba frente a ellos mientras leían.
Y aunque me comía las uñas todo el tiempo, en realidad lo disfrutaba.
Del mismo modo que disfrutaba del aplauso o las risas cuando, en el teatro, me mezclaba con el público a ver alguna de las obras que escribía con mi hermano Javier.
El aplauso. Las risas. Las lágrimas. Las reacciones.
Lo he dicho antes y lo sostengo ahora. El artista no puede ser indiferente a las reacciones que produce su obra. Sigo creyendo que es de pose el que un pintor, músico, escritor… se sienta adelantado a su tiempo sólo porque la gente abandona su obra a la mitad. (Ouch).
En realidad no hay otro tiempo que el que vivimos. Y aunque es cierto que no escribe uno para agradar a los demás, también es verdad que da más gusto un teatro lleno que uno a su cuarta parte (así te llames Samuel y te apellides Beckett y estés por que detonen todas las bombas).
Lo he dicho antes y lo sostengo ahora: soy un tipo afortunado porque he contado con al menos un lector por libro que me ha dicho que le ha gustado. O espantado. O conmovido. Y esa ya es la mejor de las recompensas.
Y doblemente afortunado cuando te dicen: lo volví a leer.
Tantos libros y tan poca vida y alguien por ahí, en vez de irse de frente con el nuevo de ponga-aquí- el-autor-de-bestsellers-de-su-preferencia se regresa al mismo libro del tal Malpica para darle otra leida.
Asombroso.
Llena el corazón. Y mucho.
Así que esta última entrega de mis 20 años en la LIJ es un pequeño bouquet de agradecimiento para todos ustedes que me permitieron poner, en algún momento de mi vida, la palabra “Escritor” debajo del nombre en mis tarjetas de presentación.
Para ti que me correteaste por toda la FILIJ para que te firmara un libro. Para ti que me recibiste en tu escuela y me diste un abrazo al final. Para ti que me escribiste por inbox y me contaste lo que te hicieron sentir mis letras.
Porque aunque es cierto que escritor es el que escribe (lo he dicho antes, etcétera) y no el que publica o gana premios o es invitado a la FIL cada año, también es cierto que cuando uno entra al mundo de la literatura por la puerta trasera, sí que te hacen falta espaldarazos para poder colgarte la medalla. Y los ha habido, claro. Me han publicado y he ganado premios y últimamente me invitan a la FIL todos los años… pero los verdaderos espaldarazos vienen cuando alguien te dice:
Leí tu libro y me gustó.
Recuerdo perfecto que después de publicada “Las mejores alas” me llevé libros a un café para regalar a mis amigos y amigas. Recuerdo perfecto que una de ellas leyó a sus hijas, frente a mí, las primeras páginas de su ejemplar. Recuerdo que llegaron a una parte en la que el narrador dice: “no me gusta que la gente frunza la cara cuando escucha o lee algo que no entiende”. Está intacto en mi memoria el momento en que una de las niñas preguntó: “¿cómo se frunce la cara, mami?”. Y ella le mostró.
Y yo fui feliz.
De hecho, lo sigo siendo.
Cuando escribo, claro. Pero más aún cuando ese libro que nació como una idea chiquitita, que fue cuidado y atendido y protegido y alimentado y luego creció y prosperó y siguió su camino y volvió a casa dentro de una caja con quince ejemplares de autor… es leído y disfrutado.
Esa es la mayor de las alegrías. Porque me sigue pareciendo prodigioso que habiendo tantos autores y tantos libros, de repente alguien por la calle lleve bajo el brazo un “Antonio Malpica”. O un “Toño Malpica”. Y es como para bailar sin música. O para galofrar hasta el infinito.
Han sido 20 años de escribir y publicar para niños y jóvenes. Pero también de platicar con ustedes, quienes hacen posible que las editoriales me quieran seguir publicando. Y asi, yo siga escribiendo.
Es estupendo cuando haces aparecer dragones de la nada. O haces hablar a unas pantuflas. O consigues que el tiempo gire en redondo.O que un niño de la calle vuele o que el señor de los héroes empuñe la espada o que el corazón de una multimillonaria cambie de la noche a la mañana. Es estupendo contar historias. Pero cuando esas historias llegan al papel dejan de ser tuyas. Y están condenadas a quedarse cautivas entre sus portadas hasta el fin de los tiempos, a menos que…
Alguien las lea.
Y cuando eso ocurre…
y además esa lectura causa un goce…
y además consigue que ese alguien ponga un tweet o un mail o un comentario, comprendiendo que ese nombre en la portada que acompaña al título corresponde a una persona de carne y hueso a la que le dará un enorme gusto enterarse que su libro ha sido leído y disfrutado…
es cuando todo cobra sentido y la vida se torna perfecta.
Me han dado las gracias por mis historias y personajes de muchas formas. Con regalos, con abrazos, con sentidas y extensas cartas.
Lo paradójico es que el agradecido soy yo.
Antonio Malpica. Toño Malpica, para los cuates (que son todos los que quieren a mis personajes).
Así pues…
Que sea esta última entrada, este regalo, este abrazo, un pequeño homenaje a ustedes, mis lectores. Una nota de verdadera gratitud por hacer posible esta chamba que no quería, que nunca me imaginé, que me cayó del cielo. Pero que se ha vuelto, en concreto, mi lugar en el mundo. Y eso es, en gran medida, gracias a ustedes, que han querido a Sergio, a Gus, a Margot…
A tantos.
Que vengan otros 20.
Que vengan más historias.
Más ferias, más escuelas, más entrevistas, más posts.
Si están ustedes ahí, estoy listo para ello.
Mil gracias y hasta siempre.

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