Tiempo, salud y pila en la laptop

 
20 Años en la LIJ – 8
 

 
Honestidad.
Pensemos en esa palabra con todas nuestras fuerzas.
Luego liguémosla a nosotros mismos.
Para convenir lo siguiente:
Se puede ser deshonesto con todo el mundo, incluso con nosotros mismos, pero aun en el supuesto de que se obtenga algún beneficio siendo deshonesto con los demás, ¿qué posible beneficio puede obtenerse de serlo con nosotros mismos?
Bien, pues acaso ese sea el único súper poder de Toño Malpica: el de ser incapaz de engañar a Toño Malpica.
No el poder escribir una novela gorda de una sentada ni cosas por el estilo, sino…
Que me doy perfecta cuenta cuando algo me hace feliz y también cuando algo me hace infeliz.
Eso, nada más.
Y siempre girar el timón hacia lo primero, no a lo segundo.
Ahora que… si lo pensamos tantito, en realidad no se trata de ningún súper poder. Todos somos capaces de reconocer qué nos hace sentir contentos. Y qué no. Acaso la única diferencia conmigo sea que yo a la media hora (es un decir) de que me empiezo a sentir incómodo y lleno de comezón (es un decir) me invento una llamada urgente de mi abuelita (es un decir) para poder salir pitando por la ventana (es un decir).
Asi que, lo que en realidad me puso aquí, en este sitio, fue que…
 
Cuando descubrí que la lectura me hacía muy feliz, me quedé para siempre.
Cuando descubrí que la escritura me hacía muy feliz, me quedé para siempre.
Cuando descubrí que había una LIJ que era como sacarse la lotería, me quedé para siempre.
Y cuando descubrí que en las oficinas las sillas con rueditas no se usan para echar carreras…
 
Bueno. Ustedes me entienden.
Cuando la honestidad es pura y dura, no permite concesiones. Y hablando exclusivamente de la escritura, tuve la ENOOOOORME fortuna de darme cuenta, bastante pronto, de que a mí lo que me hacía feliz era… simplemente… sentarme a escribir.
Fue en algún momento de esos 20-años-que-se-han-pasado-volando que descubrí el secreto de la felicidad.
Y es éste: Que, teniendo tiempo, salud y pila en la laptop, cualquier cosa que me impida sentarme a escribir lo que me venga en gana no es más que una jodida excusa. (Excuse my french).
Y dentro de todas las excusas posibles, he aquí la más atemorizante, la más encarnizada, la que tiene más cartel y más seguidores en instagram que ninguna otra:
Señoras y señores, con ustedes… en esta esquina… con ochocientos cincuenta kilogramos de peso… cuarenta mil victorias y cero derrotas… la campeona indiscutible del circuito de escritores atormentados… portadora del cinturón internacional del club del autor incomprendido…
La monstruosa, cruel, despiadada e implacable…
 
 
falta de inspiración
 
 
(aquí no vendrían mal algunos grillitos frotando sus patitas).
 
En efecto.
Yo también, en mis inicios, rehusaba sentarme a escribir si no llevaba conmigo alguna tremenda ocurrencia, una descarga eléctrica de varios miles de volts que me diera energía para escribir sin pararme ni al baño durante varias semanas.
Jo.
Y evitaba por todos los medios no agarrar la pluma si no era motivado por ese soplo divino de alguna musa despistada que me había elegido a mí (¡a mí!) entre millones para plasmar la obra que revolucionaría el arte universal.
Jo.
Pero nada. Que en algún momento de esos 20 años ocurrió. No estoy seguro si fue con “Había una vez un niño llamado Perico”. O con “La máquina”. O con “Querido Tigre Quezada”…
Que descubrí que a mí lo que me hacía feliz era contar historias, inventar personajes, formular diálogos, templar argumentos…
Contar historias.
No revolucionar la literatura, ni sacudir los cimientos del arte, ni payasadas de esas. (Excuse my french).
Contar historias.
Ni siquiera tenían que ser buenas. O dignas de un nóbel. O dos. Sólo bastaba con que al final me hicieran sentir contento, pleno, satisfecho. Y si ganaban un premio o se publicaban en papel cuché, qué bueno. Pero, principalmente, me di cuenta de que yo era feliz contando historias.
Y eso me puse a hacer. Me puse a…
Contar historias.
¿Y qué hace falta para contar una historia?
¿Diez kilos de inspiración?
No.
En lo absoluto.
Hace falta, solamente…
Exacto.
Tiempo, salud y pila en la laptop. (Es un decir porque pluma y papel siempre han bastado desde los tiempos de Cervantes).
He aquí el secreto:
Hay muchas más historias en media hora de feliz tecleo que en dos semanas de sesuda concentración.
Mira a tu alrededor. ¿Acaso no eres capaz de hacer hablar a esos dos cuadros en la pared? ¡Claro que puedes! ¡Ahí hay una historia! ¿Y esos dos muchachos que pasan frente a tu ventana en este momento? ¡Tal vez puedas hacer que se enamoren! ¿Y tu perro? ¿No te gustaría verlo bailar flamenco en este momento?
Historias, historias, historias… cientos de ellas… ¡Y esas sólo son aquellas que están frente a ti! ¿Qué pasa si cierras los ojos?
¡ZOK!
¡Genial! ¡Apabullante! ¡Maravilloso!
¡Pero si no hay nada! (Tal vez pienses)
¡Error! (Tal vez te diga) ¡Eso que te parece la NADA, en realidad lo es TODO!
Porque en ese vacío puedes gestar el universo entero. Déjate de cuadros que hablan o de personas que se enamoran o de perros bailadores. Ahí están los detectives, las naves extraterrestres, los dinosaurios, las guerras napoleónicas, las expediciones al ártico, los vampiros, los piratas, tu colegio de infancia, el apocalipsis zombi…
TODO.
¿Lo ves?
Afortunadamente yo lo vi bastante pronto. Y ahora no tengo otro método de escritura que ese. Me siento a idear cosas. De esas cosas elijo una que cumpla con los dos siguientes requisitos:
 
– Que me guste
– Que me importe
 
Y me pongo a arrastrar la pluma (es un decir porque ya todo es puro taca-taca-taca en el winword).
Pero todo lo demás es cariño y dedicacion. Ni más ni menos.
Si me gusta lo suficiente una idea y me importa tanto como para querer convertirla en una historia, lo único que hago es pensarla, prepararla, modificarla, planearla, modificarla más, estructurarla, trabajarla, escribirla, revisarla… una y otra vez hasta que, con toda honestidad, puedo decir que he quedado contento. (Feliz y no infeliz).
Olvidémonos del talento, que tampoco se vende por kilo.
Elige bien la historia que vas a contar. Ponle cariño y dedicación. Mucho. Muchísimo. Todo el que puedas.
Y de repente capaz y esa historia se convierte en un libro publicado. A mí me ha funcionado durante veinte años o algo así.
Nada de ocurrencias maravillosas ni inspiraciones asombrosas. Puro trabajo y corazón. El resto es mitología. Y ya que ninguna musa va a venir a tocar a tu puerta para invitarte un café, lo mejor que puedes hacer es poner manos a la obra en una sola cosa que sí funciona y rinde frutos, una sola cosa para la que no hay necesidad de pedirle permiso a nadie, una sola cosa que sí puede dibujarte una sincera sonrisa en la cara. Y es:
Contar historias.
Lo demás (y esto no es un decir, te lo aseguro) es lo de menos.

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