Adelante con los cambios

 
20 Años en la LIJ – 7
 

 
 
Decíamos ayer…
O, más bien, el otro día…
En una de estas publicaciones, pues…
Que aquello que escribes sólo lo puedes dar por terminado cuando sientes que –modestia aparte- ya no te puede quedar mejor de lo que te ha quedado. (Cuando te “encanta”, ¿remember?).
Bien. Pues abundemos sobre tal afirmación.
“Cuando _sientes_ que ya no te puede quedar mejor de lo que te ha quedado.”
Pero…
¡Vamos! ¿En verdad no te puede quedar mejor?
¿De veras has llegado al fin de tus fuerzas? ¿O es simple hartazgo el que te hace pensar así?
No hay que entrar en pánico.
No olvidemos que un texto se tiene que revisar y revisar y revisar y revisar. Sólo así se consigue quedar contento. “Encantado”, de preferencia. Pero, cuando menos, contento.
Y también es cierto que, después de las 1000 primeras revisiones, llega un momento en que te parece que la 1001 ya no es necesaria. Acaso porque, a la manera de Wilde, en la 999 quitaste una coma y en la 1000 la volviste a poner.
Es entonces que, con tu bendición, dejas ir el texto.
A la editorial, al concurso, al inbox de tu profe de literatura…
Sin importar cuál sea el destino de tu texto, sólo lo dejas ir cuando _sientes_ (en efecto, es un feeling, no es que hayas llegado al final de tus fuerzas o al culmen de tu hartazgo, sino que en efecto, te parece (aunque no puedes estar seguro)) que has hecho todo lo posible por él y que ya escapa de tus manos cualquier posible mejoría.
Dejemos fuera el concurso y la clase de literatura. Ahí acaso todo dependa de un fallo o una calificación.
Pensemos entonces en la editorial. Pensemos en que, lo que quieres, es que ese texto se publique.
A menos que pienses en la “autopublicación”, que es un recurso muy válido para ver tu texto en papel, (aunque yo no soy partidario de ella justamente porque creo que un texto siempre es perfectible y cuando tú ya no sabes qué más hacer por él) el paso siguiente es que caiga en manos de un editor. (O editora, se entiende, porque en mi caso he contado más con ellas que con ellos, como ya mostraré al final).
Esa figura tan importante y a veces tan poco valorada es quien en verdad consigue la magia de la publicación.
Lo he dicho antes y lo repito ahora. Como escritor, uno sólo tiene la obligación de convencer de que su texto es bueno a una persona en el mundo: el editor. Puedes convencer a tu mamá, a tu novio, a tus compadres, a la tribuna entera del estadio donde juega tu equipo de volibol… de que tu texto es bueno. Pero si no convences a un editor… lo más probable es que tengas que recurrir a la autopublicación (de la cual no soy partidario, como ya dije, pero cada quién) o renunciar de plano a ver tu texto en papel.
Con todo, la verdadera magia del editor no estriba en decir que le parece bueno un texto, sino en decir…
Cómo podría ser mejor.
¡POW!
Va de nuevo pero con más punch: Un editor es capaz de indicarte cómo tu texto podría ser mejor.
¡POW!
¿Recuerdas que tú sentiste llegar a un punto límite con tu texto, una especie de “no puedo más” o un “hasta aquí llego antes de volverme loco”? Bien. Pues te tengo buenas noticias. No, no era el límite. El editor, si es bueno (que no todos lo son), detectará cómo potenciar ese texto que tú creías que estaba listo para conquistar el mundo.
Y juntos, lo harán crecer. Y será maravilloso porque descubrirás que sí existía otra cima más alta que esa a la que tú habías llegado.
Requiere humildad, claro. Porque un buen editor (que no todos lo son) te hace ver que no eres tan guapo ni tan simpático ni tan ocurrente como te hizo creer tu tía Eulogia. Pero también te hace ver que eso no es problema. El problema es no hacer nada al respecto en beneficio de tu texto.
He tenido la enorme fortuna de contar con muy buenos editores (y editoras, se entiende). Y gracias a ellas y ellos es que mis textos quedan en verdad dignos de publicación.
No, yo no soy tan genial como mucha gente cree.
Me apoyo mucho en esos profesionales de los libros, esa es la verdad.
No voy a negar tampoco que la mayor parte de un texto la pone uno. Pero es gracias al editor que te das cuenta de que tu maravilloso pastel de tres pisos tenía una mosca panteonera embarrada en un costado. Y tú no la veías (gracias, tía Eulogia, a ver qué día te das una vuelta por la casa). Pero el editor (cuando es bueno) sí que la vio. Y fue gracias a él que la gente quiso repetir rebanada y se formó una hora para obtener la firma.
Me lo dijeron varios pero la primera fue Karen Coeman, y me hizo mucho sentido. “Tu novela es buena. Y se puede ir a la imprenta así, si tú quieres. Siempre tendrás la última palabra. Pero…”
Si uno no teme escuchar lo que viene después de ese “pero…” se abre mucho a la posibilidad de conquistar nuevas cimas.
Y aunque es cierto que no siempre concuerdas en todo con el editor, mientras haya confianza, hay diálogo. “Esto sí” y “esto no” y adelante con los cambios. Diálogo para todo, incluso para convenir mutuamente que el texto no es para esa casa editorial y buscar otros caminos.
Ese libro que tienes en tus manos y que dice en la portada “Toño Malpica” o “Antonio Malpica” no es sólo producto del tecleo incesante de este sujeto. Es producto de la colaboración de muchas personas. Y si te gustó y fue armónico y lo disfrutaste, agradece también a aquella que movió la batuta para que sucediera y sonara bien. Y esa es nada más y nada menos que…
La editora (o el editor, se entiende).
En estos veinte años de LIJ he colaborado con muchas y muchos y a todos les estoy muy agradecido porque les debo mucho de mi crecimiento. Y, sin ir más lejos son (en estricto orden alfabético y esperando no haberme olvidado de nadie (pero si así fue se vale reclamar)):
Marisela Aguilar, Lizbeth Alvarado, Angélica Antonio, Ana Arenzana, Pilar Armida, Mara Benavides, Elisa Castellanos, Libia Brenda Castro, Karen Coeman, Olga Correa, Ana Laura Delgado, Lorenza Estandía, Vicente García, Daniel Goldin, Jael Stella Gómez, Yeana González, Ariel Hernández, Carla Hinojosa, Irma Ibarra, Paloma Jover, Laura Lecuona, Patricia López, Berta Márquez, Ismael Martínez, Dania Mejía, Diego Mejía, Mariana Mendía, Maia F. Miret, Guadalupe Ordaz, Eliana Pasarán, Federico Ponce de León, Rayo Ramírez, Sofía Ramírez, Paola Santos del Olmo, Sandra Sepúlveda, Grace Silva, María Cristina Vargas y Socorro Venegas.
Gracias por potenciar la magia.

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