¿Me firma la playera, porfa?

 
20 Años en la LIJ – 6
 

 
Algo de lo que te enteras más pronto que después al dedicarte a las letras para niños y jóvenes… es que tienes que tratar con niños y jóvenes.
Naturalmente, puedes jugar al John Salinger y pedir que no te moleste nadie. Incluso ir a vivirte a una isla súper apartada. Y dedicarte al noble arte de escribir y nada más que escribir sin conceder entrevistas ni dejarte fotografiar ni permitir ser visto con luz de día. ¿Redes sociales? ¡Primero muerto! ¡Yo me debo a mi arte! (Portazo).
Pero también es cierto que, más pronto que después, te ves un día frente a cuarenta chamacos con uniforme escolar, todos ellos aguardando que digas algo interesante o considerarán seriamente la posibilidad de comerte vivo.
Y, desde luego, automáticamente vuelves a tener diez años de edad y estás exponiendo frente a todo 5°B las causas de la revolución mexicana mientras el bully del salón se lima las uñas, esas mismas con las que piensa descuartizarte en el recreo.
Tal vez tu primer pensamiento sea del orden de: “No necesito esto en mi vida. Ahora escribiré libros para los marcianos. Nunca se ha visto que los marcianos quieran conocer a sus autores.”
Pero nada, que el libro está escrito. Y es para niños y jóvenes. Y hay que promocionarlo. En la medida de lo posible.
¿Promocionarlo? ¿O sea que no escribe uno algo padre y lo manda a la editorial y se sienta a esperar las notificaciones de depósito del portal bancario?
Ummh… no.
En un mundo ideal, tal vez, pero en éste donde los paraguas se pierden y las llantas se ponchan y los helados se derriten… no.
Así que esa es la otra chamba. Si no es que, en realidad es la verdadera chamba. Porque escribir no tiene chiste. O bueno, sí lo tiene. Pero cuando descubres cuán feliz eres contando historias, deja de ser trabajo sentarte y teclear. Todo lo que gira en torno a eso, la escritura, es la verdadera y ardua labor.
Ser invitado a la feria del libro del país tal. Que te entrevisten en la tele. O en el diario. O que te convoquen a firmar libros a la explanada de la plaza equis. O que te tomen fotos parado en un pie sobre una pila de libros. O que mandes saludos a las mamás lectoras en su día.
O visitar escuelas.
Todo eso no es escribir. Pero hay que hacerlo también. Y lo aprendes más pronto que después.
En una FIL de Monterrey me pidieron, para promocionar mi libro, que me trepara a un árbol del parque fundidora. Había que esconder el ejemplar porque la dinámica en redes así lo indicaba. Y lo hice.
En una entrevista de radio me pidieron inventar una historia de miedo al vuelo para ver si de veras tan chipocles. Y lo hice.
En una presentación me pidieron que fingiera que entre la gente del público estaba el personaje real de mi libro, que llegaba a incordiar la presentación y tomaba posesión de ésta. Y lo hice.
Me pidieron que asistiera a cientos de escuelas. Y lo hice.
Lo sigo haciendo.
Y lo haré probablemente hasta el último día de mi existencia.
 

 
Porque cuando vences el miedo de la primera vez… y de la décima… y de la trigésima cuarta… (no llega tan pronto la confianza, esa es la verdad) te das cuenta de que probablemente es lo mejor de ser escritor de niños y jóvenes:
Los niños y los jóvenes.
Tus lectores.
Ha habido de todo, es cierto. Desde aquella presentación de preescolar en la que las misses me dejaron solo con el grupo y éste se amotinó (es una forma de decir que tomaron el control del salón, se pusiero a jugar, saltar, corretear (incluso abrazar al autor) y yo terminé abanicándome con el libro esperando un milagro) hasta aquella en la que, quince minutos antes de la hora de salida, me hicieron hablarle en el patio a quinientos adolescentes acalorados y ansiosos por salir corriendo, acerca de las virtudes de mi libro y la lectura.
Ha habido grupos en los que es imposible quitarles la cara de “¿y yo qué horrible pecado cometí en mi otra vida para tener que aguantar a este señor en ésta?” y ha habido grupos en los que necesitas que los profes asistan como fuerza de choque para aguantar a la entusiasta fanaticada.
Ha habido escuelas donde las aulas no tienen suelo de cemento ni bancas en forma, hasta escuelas en las que hay que pasar dos filtros de seguridad y alberca olímpica para llegar con los chicos.
Ha habido jardines de niños y universidades. México y otros países.
Ha habido de todo. Pero el común denominador es la enorme satisfacción de sostener un diálogo con el lector más honesto y más cálido que existe: aquel que no tiene miedo de decirte que no le gustó tu libro pero tampoco teme pedirte un abrazo o que le firmes la playera.
Hace treinta años, cuando salí de la Facultad de Ingeniería, sin idea alguna de dónde iba a terminar trabajando, si me hubiesen dicho que iba a acabar parándome con bastante frecuencia frente a grupos de chamacos de todas las edades a hablarles de libros y literatura y la vida y el galofreo (¿galo qué?) y futbol y caricaturas y lo que me viniera en gana sólo porque es parte de la mejor chamba del mundo, jamás lo hubiera creído.
Pero es así.
Ir a escuelas es la mitad de este trabajo que no cuesta ningún trabajo.
Y espero que, cuando pase esta cochina pandemia, lo siga siendo.

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