El colado de la fiesta

 
20 Años en la LIJ – 2
 

 
Pónganse por un momento en mis zapatos. Ingeniero en computación, sin formación académica en las letras, cuyos únicos logros verificables habían sido un premio de cuento (para grandes), algunas buenas críticas en teatro (para grandes) y una mención honorífica en un concurso de Ciencia Ficción (para grandes), el hacer algo para chicos me seguía pareciendo un tremendo atrevimiento.
Lo mío no era el síndrome del impostor, era la viva personificación del colado de la fiesta. Incluso fui de traje y corbata al evento en donde premiaron “Las mejores alas” porque venía de la oficina.
Con todo, al parecer las puertas de la LIJ estaban abiertas. En ese evento conocí a Francisco Hinojosa y a María Baranda. Y ambos me trataron como si yo no me hubiera escabullido a la pachanga por la puerta de servicio sino como cualquier otro que lleva invitación impresa con su nombre.
Porque bueno… en realidad… así era. Pero yo… bueno, ¿ya lo dije? No me la creía.
Así que escuchen esto. En vez de seguir el camino de la LIJ, me fui por el otro. Todavía. Porque me pareció lo más natural.
Fue en el 2002, un año después de la publicación de “Las mejores alas”, cuando me animé a renunciar a todo y abrir un café con mi esposa. Pedí prestado para ponerlo y me las vi negras para sostenerlo.
¿Qué tan negras? Bueno, como para participar en cuanto concurso literario se me pusiera enfrente porque de pronto me pareció un esfuerzo muy a mi alcance para achicar el agua del bote de mi vida.
Así que le entré a uno de Novela Breve (para grandes) y, oh fortuna, lo gané. El año siguiente volví a entrar al mismo de Novela Breve (para grandes) y, oh fortuna, ¿estás de broma?, lo volví a ganar. Ese mismo año entré a uno de Dramaturgia (para grandes) y, lo que son las cosas, je, háblame derecho fortuna, también lo gané.
Así y todo, las deudas me seguían ahorcando e incluso tuve que volver a los sistemas para no morir de hambre.
Una buena tarde, charlaba con mi amigo de años y asiduo cliente del café, Héctor Ugalde, y con la plática, surgió la idea de una novela juvenil. ¿Qué tal una historia donde un chico de 14 años tenga tan prodigiosa capacidad para jugar al ajedrez que nunca pierda?
Algo así de sencillo me hizo sentir como cuando de joven ibas por la calle y de repente veías pasar a esa muchacha con la que hiciste clic en aquella fiesta y a la que se te pasó pedirle el teléfono.
La escribí de un tirón. Con el mismo ímpetu y usando más o menos la misma receta que en “Las mejores alas”: Divirtiéndome mucho y queriendo mucho a los personajes. Me pareció que quedó bien y la mandé a otro concurso, el de novela juvenil Gran Angular, el premio hermano de “El Barco de Vapor”, aquel que ganó M.B. Brozon y que, para entonces, mi hermano Javier también ya había ganado.
Oh, fortuna, en verdad tenías un crush conmigo, ¿eh?
¿Pueden imaginar el alivio que sentí cuando me avisaron que “Ulises 2300” ganó? Gracias al monto económico de ese premio pude levantar cabeza, pude pagar deudas y pude tambien… deshacerme del café. En efecto, mi esposa y yo lo vendimos porque lo poco que habíamos logrado en año y medio de remar contracorriente, nos lo echó abajo un Starbucks que abrieron a dos cuadras. (Por eso les tengo tirria, ustedes perdonarán, pero esa es otra historia).
La novela salió, con dedicatoria para mis padres y Héctor Ugalde (UCH, para los cuates). Me permitió ir en primera fila a mi primera Feria de Libro, con invitación impresa con mi nombre y adivinen al lado de quién: María Baranda, quien ganó El Barco de Vapor ese mismo año.
De cualquier modo, tuve que seguir haciendo sistemas y correteando el bolillo de diversas maneras. Pero en mi opinión, de esa fiesta ya nadie me sacaba a la calle.
No era más el colado.
Si Ulises Bernal podía enfrentar a un Gran Maestro Ruso del Ajedrez en un café del aeropuerto, yo podía también, algún día, vivir de escribir libros (para chicos, naturalmente).
¿Por qué no?

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