Aventarse como el Borras

 
20 Años en la LIJ – 1

 
 
¿Qué hace que un relato sea para niños?
No estoy seguro de la respuesta. Veinte años de escribir para ellos y todavía no puedo pasar la fórmula exacta. En aquel año dos mil, ante la convocatoria del Premio Nacional Castillo de la Lectura, me hice justo esa pregunta para poder entrar.
Y, desde luego, no la pude responder.
Intuía que no tenía que ser nada parecido a “El Principito” ni “Platero y yo” y sí, tal vez, a “Momo” o “Peter Pan”. Pero era mera intuición porque todas mis referencias eran de libros de décadas pasadas y yo no tenía ni idea de qué se estaba escribiendo, en ese momento, para niños.
Para entonces yo ya conocía a M.B. Brozon gracias a mi hermano Javier y también sabía que había ganado el Premio Barco de Vapor años antes. De hecho fueron ella y Javier quienes me animaron a escribir para el premio. ¿Por qué? Por la simplísima razón de que escribía rápido (soy uno de esos casos raros de escritores que usan los diez dedos y nunca miran al teclado) y la fecha de entrega era bastante pronto. Con todo, a pesar de conocer a Mónica, aún no había leído “Casi medio año” y no sabía como para dónde apuntar los cañones. Javier me aconsejó nada más que tratara de ser divertido.
Y así, me aventé, como dicen, “como el Borras.”
En aquellos días yo pasaba muy seguido en el coche por la fuente de la Diana y me tocaba mucho ver a unos niños de la calle que hacían la torre humana durante la luz roja del semáforo. Tres niños, uno encima de otro, que luego pedían cooperación. El de hasta arriba, el más chiquito y el más moreno, se quedó en mi memoria por una razón: yo no siempre traía cambio en el coche para darle pero siempre (a la Roald Dahl, je) tenía dulces. Y le daba dulces. Él se ponía más contento cuando le daba dulces que dinero.
Me hizo notar que, pese a todo, su infancia estaba intacta.
De ahí nació “Las mejores alas”. La historia de un niño de la calle llamado Gus… que se muere en el capítulo uno.
¿¿¿QUÉ????
Como lo leen. Ni vale la pena como spóiler porque así arranca la novela.
Recuerdo cómo me solté el pelo cuando me puse a pensar en la historia. Decidí que escribiría algo que a mí me gustara mucho, sólo que sin perder de vista que estaba escribiendo para niños. Pensé que no podía haber mejor fórmula que esa: “si a mí me gusta y también a los chamacos, ya la hice, porque será como sentarme a platicar con un amigo.”
Y así, al deschongarme mientras imaginaba la historia, le metí todo lo que quise y conté como quise, sin prejuicios ni poses ni congojas. Yo venía de escribir cosas para grandes con muy poca fortuna. Y teatro, mucho teatro, con mejor fortuna pero mala taquilla. Supongo que por eso escribir para niños fue una especie de liberación. Un volver al juego y al gozo natural de la invención por sí misma.
Y funcionó.
No esperaba nada para esa novela, pero me divertí mucho escribiéndola y consideré que eso ya era un pequeño triunfo. ¿Quién no querría dedicarse para siempre a eso que le ha encantado tanto hacer que no tendría problema en seguirlo haciendo indefinidamente?
Y no, no esperaba nada.
(En la imagen, la primera página, con seudónimo, así como la mandé al concurso).

Pero así, de repente, un día, a media jornada laboral (yo trabajaba de 7 AM a 3 PM en el área de sistemas de una empresa de tiempos compartidos) me llegó un correo electrónico que decía FELICIDADES.
Y así empezó todo. No podía creer que hubiera funcionado tan bien el experimento. Un tercer lugar en un concurso nacional de una disciplina en la que yo jamás había incursionado. Increíble.
Estaba yo tan encantado que no me importó ocupar el dinero del premio para evitar una demanda. En ese entonces yo todavía sostenía, a la par que mi otro trabajo, un pequeño despacho de desarrollo de software. Un cliente había amenazado con demandarnos si no le devolvíamos lo que pagó por un reporte que no jalaba como él quería. Así que mi primer dinero por parte de la LIJ se fue tan pronto como vino. Pero la alegría se quedó.
¡Uhh… vaya que se quedó!
Aunque yo seguí trabajando de 7 a 3 y malsosteniendo mi despacho de sistemas.
La aparición de “Las mejores alas” coincidió con la aparición también de mi primera novela para grandes: “El impostor”. A ambas les tengo un enorme cariño. Pero el Impostor nunca llegó, que yo sepa, a la primera reimpresión. Y en cambio “Las mejores alas”, veinte años después, aunque en una edición distinta y aunque Castillo ahora sea parte de Macmillan y aunque aquellos niños de la calle hayan crecido… se sigue imprimiendo y se sigue vendiendo.

Ver mi nombre por primera vez en un libro fue maravilloso. No hay nada que se le compare cuando crees que tienes cosas que decir y reconoces que te gustaría, en verdad, ser escuchado. O leído. Y “Las mejores alas” me dio esa irrepetible alegría.
Gus, en su libro, sin explicarse porqué, quería volar. No en un avión (así qué chiste) sino con sus propios medios, sus propias alas.
Y con ese anhelo, ese niño de cara sucia, sin saberlo, me dotó de las alas necesarias para intentar algún día volar por mi cuenta.
Era el año 2000 y yo no sabía qué es lo que hace que un relato sea para niños.
Hoy en día sigo sin saberlo.
Pero sí sé que escribir de corazón funciona.
Y te puede ayudar, un día, a levantar el vuelo. En la escritura o en la vida, que a veces hasta resulta que son la misma cosa.

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