Música de organillo

 
“Todos improbables para todos, porque no nos vemos. Por eso es tan hermoso oír los sonidos, y saber que la Ciudad de México está todavía ahí, con gente…”
 
 

 
 
Sesenta mil. Catástrofe.
Tomo -mañosamente, claro- el pretexto del primer día del segundo centenario de Ray Bradbury para traer a cuento cierto pasaje de “El vino del estío”.
Acaso por su alusión a México es que me asaltó durante mi habitual insomnio.
Acaso sólo porque es uno de esos pasajes que se quedan para siempre. Y surgen de repente.
Charlie Woodman lleva a Douglas y a John a conocer una máquina del tiempo.
Una máquina que no es tal. Es únicamente el anciano coronel Freeleigh, solo en su casa, quien a la menor provocación se deshace en recuerdos. Así, habla a los tres niños de cuando vio morir a Ching Ling Soo en 1910, o de cuando no se atrevió a disparar a una estampida de búfalos siendo joven, o de la guerra, de la cual sostiene que no es algo que se pueda ganar. “Un montón de derrotas y penas, y nada bueno sino el fin”.
Y los muchachos, fascinados, prometen volver otro día.
El viejo coronel está solo. Está aislado. Y consuetudinariamente llama a México (sí, a Mexico) sólo para pedir a Jorge, del otro lado de la línea, a miles de kilómetros, que ponga la bocina en la ventana.
Y así, ese día que aún no sabía que sería el último:
“…oyó a mil personas, a la luz de otro sol, y la débil y tintineante música de un organillo que sonaba La marimba”.
El viejo coronel está solo. Y no ha salido de su casa en diez años. Acaso por esto comprende lo hermoso que puede ser escuchar a un tranvía dar la vuelta o a las tortillas friéndose en el mercado. La gente y los ruidos de la gente.
Ese último día de últimos sonidos, Charlie, Doug y John volvieron. Y hallaron al coronel sentado en el suelo. El silencio era aplastante y nadie quiso romperlo. Douglas sólo sacó el teléfono de los dedos ya casi fríos del coronel.
Y así, los chicos comprendieron que con el coronel se perdieron la memoria y la posibilidad de viajar en el tiempo otra vez a ver a Ching Ling Soo morir en un fallido acto de circo.
En su asombro ante la pérdida, Doug le hace ver a su hermano Tom al día siguiente:
“…una manada de búfalos tan grande como todo Green Town, Illinois, cayó por un precipicio hacia la nada. Ayer una gran cantidad de polvo se asentó para siempre. ¡Es terrible, Tom, terrible! ¿Qué vamos a hacer sin esos búfalos?”
Y yo digo:
Sesenta mil.
Terrible.
El viejo coronel decía que cualquier ciudad, Nueva York, Chicago, se hace improbable con la distancia.
Así la Ciudad de México. O México mismo.
Improbable, pero factible.
Acaso baste escuchar, palpar, percibir, para devolver la cifra a la realidad. Acortar la distancia.
Atender a la gente y los sonidos de la gente.
Y recordar que sesenta mil se dice fácil, pero uno solo basta para llamarlo catástrofe. Más si ese uno se llevó consigo y para siempre al general Lee, a Grant y la bala que perdonó a una estampida.
O el día que la pidieron en matrimonio en su casita en Tacubaya.
O la tarde que se comió un esquite de la mano de su mejor amiga.
O el momento en que regresó de los Estados Unidos y abrazó de nuevo a sus padres.
Terrible.
¿Qué vamos a hacer sin esos búfalos, Tom?
¿Qué vamos a hacer?

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