Digo entonces adiós…


 
Siempre me he considerado un tipo afortunado.
Sobre todo cuando me ocurren cosas buenas que no esperaba. Los premios y reconocimientos por trayectoria fácilmente quedan por encima de cualquier otra cosa.
En este talante, el año pasado me nombraron Embajador FILIJ, un título que, ya lo dije antes, siempre sentí me quedaba grande (una falla de carácter mía, seguramente, pero también me tardé mucho en reconocer en público que soy más escritor que ingeniero, así que, como dicen por ahí, “no son ustedes, soy yo” (una especie de síndrome del impostor sazonado con el prurito que me causa el reflector)).
En fin.
El caso es que fui embajador FILIJ durante todo un año.
Y ya.
Hasta ahí llega mi relato.
Lamento decepcionar a la audiencia pero no hay remate para ese chiste.
Ese, en verdad, es todo el relato.
Porque ha terminado la FILIJ 39 y, con ella, mi periodo como embajador… aunque todavía me pregunto si empezó en algún momento.
Al respecto puedo decir muy poco. Que mi paso por tal encomienda fue tan distinto al de mis cuatro predecesores, que había días en que sentía que en cualquier momento me llamarían aquellos mismos que me concedieron el honor para, apenados, confesar la pifia y rogarme que reunciara al título (cosa que, dicho sea de paso, habría hecho sin chistar). En todo caso, ninguno de esos mismos que me concedieron el honor estaba ya en la nueva administración y eso tenía que darme una pista. Me quedé esperando (podría decirse que hasta el último minuto del último día) que se reuniera el mismo comité que me eligió para revestirme de encargos.
Pero no ocurrió.
Aunque claro, también cabía la posibilidad de que hubiera sido un mal año. Igual hubiera podido pasar la estafeta a alguien más, alguien con mejor estrella y más posibilidades de maniobra.
Tampoco ocurrió.
La nueva administración decidió que el programa (por llamarlo de algún modo) no valía la pena de ser continuado.
Y no continuó.
Y a otra cosa.
Lo cual no contradice esta impresión que tengo, desde que me caí en el pozo de la literatura infantil y juvenil, de ser un tipo afortunado.
Porque igual disfruté mucho ser embajador. Aunque fuera el último y aunque fuera sólo para dar paso al chacoteo en las tertulias con mis colegas. (Sigo esperando esos chocolates Ferrero Rocher que TODOS prometieron, ¿eh?).
Y para ver, aunque fuese de una forma un tanto sesgada, por la FILIJ (me metí, lo confieso, en rollos que jamás en mi vida me hubiese metido si no hubiera sido por el titulito ese) y, desde mi trinchera, siempre, de una manera más directa y más cariñosa, por la LIJ.
Al final, yo tuve muy poco que ver con la Feria. Volví a ser el comparsa que siempre he sido (únicamente presentaciones de libro, que son mi participación por default) y eso no sólo no me parece mal sino que hasta lo agradecí en secreto.
Creo que es justo decir que tuvimos un final feliz. La Feria 39 y yo.
También un final un poco agridulce. Porque la Feria no es la misma de hace un año y eso da una sensación de rara añoranza. (Como cuando vuelves a la casa de tus padres; sabes que fuiste feliz ahí pero también que no puedes echar raíces nuevamente). Para haber sido hecha tan a las prisas (como bien nos dimos cuenta), la FILIJ salió bastante bien. Pero igual faltaron cosas. Mejor planeacion, creo yo. Un espacio más adecuado. Y una personalidad definida con más cariño y más cuidado.
Con todo, hubo Feria. Hubo libros. Hubo niños y jóvenes. Y esa ecuación por sí sola ya obra milagros.
Me siento en verdad agradecido. Y afortunado.
Ojalá que la Feria 40 sea esa misma FILIJ robusta y encantadora que conocimos en los últimos años. Yo ahí estaré, tal vez presentando, tal vez escuchando a los narradores orales, tal vez sólo ostentando desde la portada de algún libro el único título que no me saca roncha ostentar: mi nombre. Y presumiendo un poco el único cargo que sí me da orgullo ejercer: el de contador de historias. De otras fórmulas ya he quedado servido.
Digo entonces adiós a la embajada con el corazón henchido de gratitud.
Y vuelvo a la letra que es (casi) para lo único que sí sirvo.
 
 
 
Los abraza,
(Llanamente) Toño Malpica

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