Problema de conducta

 
Gracias por recibirme, dijo él
Al contrario. Gracias por venir. Dijo ella.
Es que no lo entiendo, dijo él. De hecho, no sé por dónde empezar.
Por el principio, es lo más fácil. Dijo ella.
Bien. Pues de repente el lunes salió con que ya no quería entregar más tareas, dijo él. Y luego el martes, que ya no quería venir a la escuela. Y desde el miércoles, simplemente, que la odia a usted.
Pues yo tampoco lo entiendo, dijo ella.
¿Qué quiere que le diga? Es un buen niño, creo yo. Pero hoy viernes, simplemente se negó a ponerse el uniforme, dijo él. Y he tenido que dejarlo en casa como si estuviese resfriado. Por favor, sea honesta conmigo. ¿Qué fue lo que…?
No lo sé, dijo ella. No he hecho ningún cambio en mi forma de enseñar. Tampoco estamos a final de bimestre. Los exámenes aún están lejos y es cuando más suelen odiarme, ¿sabe usted?
Le suplico que sea honesta conmigo. Yo también alguna vez me negué a volver a la escuela cuando era niño. Mi maestra empezó a perder los estribos, dijo él. Aventaba el borrador ante cualquier falta y empezamos a tenerle miedo. Claro que era una señora de sesenta y cuatro años, tal vez ya habíamos colmado su paciencia. Supongo que usted, a sus veintipocos, tendrá la paciencia intacta.
Le juro… dijo ella, que yo sería incapaz de hacer algo como eso. Pero no creo que sea por mi juventud. Ya son otros tiempos.
Entonces no lo entiendo, dijo él. ¿Cómo un niño como él de repente sale con que odia a su maestra? Incluso hoy… me lo dijo llorando.
Yo tampoco lo entiendo, dijo ella.
En fin. Entonces siento haberle hecho perder su tiempo, dijo él.
No hay problema, dijo ella. De cualquier manera, no tendrá que preocuparse mucho por mí. La semana que entra envían a mi remplazo.
Pero cómo, ¿deja usted la escuela?, dijo él.
Sí. Haré un viaje largo de luna de miel, dijo ella.
¿Se casa?, dijo él.
El sábado próximo, dijo ella. Pero le juro que no por eso he bajado mi desempeño como maestra. La docencia es mi vida. En cuanto regrese del extranjero retomaré mis clases.
Y sus alumnos lo saben, supongo. Dijo él.
Por supuesto. Les avisé desde que inició la semana, dijo ella, pendiente del reloj porque en breve sonaría la campana de inicio de labores.
Bueno. Le agradezco mucho que se tomara el tiempo de recibirme, dijo él, también pendiente del reloj porque antes de partir a la oficina quería volver a su casa, tal vez a prodigar un abrazo silencioso.
Discúlpeme, pero tengo que ir a mi aula, dijo ella. Dele un beso de mi parte. Y dígale que no le pondré la falta del día de hoy por haberse resfriado. Pero el lunes tiene que venir forzosamente. No sabemos cómo será la nueva maestra.
Ojalá tenga sesenta y cuatro años, pensó él. Pero no dijo nada.
Que tenga buen día, dijo ella.
Y que la vida siga su curso, dijo la campana de inicio de labores.

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