Insert coin to play


 
Mi hijo de diez años no es un niño lector.
Pero antes de que se arrojen por las escaleras, ahí les va esta otra: Yo tampoco fui niño lector.
Y si a alguien aquí no he mareado con mi historia de cómo me volví lector, al menos quédense con esto (que es la nanoversión del rollazo): un buen día llegó a mis manos un libro de Salgari que _en verdad_ no pude soltar.
Hay libros que te invitan cordialmente a tomar té con galletitas. Y hay libros que te te toman del cuello, te derriban y te someten a su voluntad desde la primera página. Hay libros que son un paseo de sombrillitas por el campo. Y hay libros que son la montaña rusa, una vez arriba no puedes bajarte hasta el final.
Yo agradezco que existan libros así.
Y también ya he dicho en otras ocasiones que por eso no estoy en contra de la lectura prescriptiva siempre y cuando haya una buena selección de títulos. Porque a veces no hay otra manera de interesar a un chico en la lectura que poniéndolo a merced de una historia que deje de lado las cortesías y le aplique una buena llave china.
Cuando leí “Ready Player One” me pareció que bien podía ser uno de tales libros. Pero creo que aún me parecía fuera de la liga de Bruno y por eso no hice nada por acercárselo.
Entonces, apareció en el horizonte la película y a la mamá de Bruno y a la mamá de Emilio se les ocurrió imponerles el reto a ambos amigos de que en las vacaciones leyeran el libro antes de ver la película. Ambos chicos, competitivos por naturaleza, aceptaron el desafío. Cuatrocientas cincuenta y pico páginas que a mí me parecía terminarían por ser una cima inconquistable… peroigual me callé la boca y me hice a un lado con todo mi pesimismo y mi suspicacia y mis aires de sabihondo.
Nada que no sepamos ya: las mamás suelen siempre ser más sabias y más acertadas en todo tipo de menesteres.
El sábado en la noche hubo que decirle a Bruno que ya cerrara el libro y se fuera a dormir, que ya era muy tarde y de todos modos bien podía saber por la mañana para qué demonios era la moneda de 25 centavos. Ayer domingo, lo primero que hizo al despertar fue tomar el libro y antes de las 7 AM ya había conquistado la cima. Emilio lo había logrado el día anterior. Ambos muy sonrientes y sin perder el peinado.
Y un par de lectores preguntándose, desde la otra habitación, si no sería este el día… en que…
Como sea.
El premio fue llevarlos de inmediato a ver la película en 3D atiborrándose de nachos y palomitas.
Tenían tan fresca la novela y estaba tan sola la sala que no fue difícil oír sus comentarios. Con todo, al salir, hice a Bruno la pregunta de rigor.
-Me quedo con el libro –respondió sin pensarlo.
Spielberg hizo todo lo que pudo por meter cuatrocientas cincuenta y pico páginas en ciento cuarenta minutos. Y se le agradece. Pero lo que no pudo incluir (y de hecho ningún director puede) es la visión personal de cada lector sobre la historia que nace en su mente al recorrer sus páginas. No hay presupuesto que alcance. Y de hecho siempre es la mejor versión posible.
Cuando dije allá arriba que el premio fue llevarlos al cine, me refería en realidad a nosotros, los que seguimos invirtiendo en tan impresionantes efectos especiales, tan magníficas batallas, tan grandiosas explosiones como ocurren en nuestra mente cuando nos subimos a ese carrito de feria al que nos invitan autores como un tal Salgari o un tal Cline, sonrientes y sin perder el peinado.
Aunque no. Mi suspicacia, mi pesimismo, mi sabihondez me llevan a pensar que mi hijo aún no es un niño lector. No todavía.
Pero el que un chico de diez diga “Me quedo con el libro” es ya un premio como para presumir en redes.
Al fin ya habrá más monedas de veinticinco centavos imposibles de soltar en nuestro futuro.

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