Llanto mudo


 
Fue de manera repentina que Irene, la mujer más rica del pueblo, empezó a marchitarse. Una mañana las piernas no le respondieron y fingió sentirse cansada para no tener que dar explicaciones. A la mañana siguiente fueron los brazos los que se negaron a obedecerla y sólo gritó a sus criadas que la dejaran sola. Al tercer día quedó completamente inmóvil. Sus ojos y párpados fueron los únicos que no se sometieron a tan extraña catatonia. La examinaron los mejores doctores de la región, pero ella no abrigaba esperanza alguna; sabía perfectamente lo que le acontecía.
Cuando volvió Agustín del internado en la capital, supo al ver el terror en los ojos de su madre que ésta sufría lo indecible. El muchacho apenas tenía catorce años pero comprendió al instante que lo que Irene padecía escapaba del conocimiento humano.
Volvió al tercer día del corazón de la selva, acompañado de una curandera que diagnosticó, con un solo vistazo, la razón de la parálisis de la señora: Brujería por venganza. Había que buscar el lugar donde la habían enterrado vicariamente y deshacer el hechizo antes de que su silenciosa agonía la llevara a la rigidez definitiva del catafalco.
Agustín no preguntó quien habría querido vengarse de su madre. O por qué razón. Al igual que ella, lo sabía. Dio un beso en la frente a la mujer cuyos alaridos de muerte nadie escuchaba y partió a un recóndito lugar en la sierra del que conocía bien la ubicación, aunque nunca hubiese estado ahí.
No llevó más compañía que la de un perro de la hacienda y algunas provisiones. Sabía perfectamente que su madre, quince años atrás, había cometido una terrible injusticia. Y sólo porque él mismo debía su existencia a tal injusticia no la juzgaba muy duramente.
Después de tres días de sol, lluvia, mosquitos y esporádicas caídas por barrancos y ciénagas, al fin llegó a la cabaña. La tarde cedía su lugar a la noche y el perro no dejaba de gruñir. La primera sorpresa de Agustín fue ver las condiciones de la casa, muy distintas a las que siempre imaginó.
Recordó entonces el relato que le confió su madre al morir su padre. Que una señorita sin nombre, sin dote y sin fortuna, era novia de don Agustín cuando Irene lo conoció en un baile. Que se enamoró de él desde el primer día y se resolvió a hacer lo que fuese necesario para conseguir su cariño. Que pagó a dicha señorita una cuantiosa suma para que se apartara de su camino y le obsequió una cabaña en la sierra con una generosa renta mensual a cambio de la misiva donde confesaba una supuesta infidelidad. Que Don Agustín lloró por días tal despecho pero se refugió al instante en los brazos de Irene.
Los esponsales fueron a los tres meses.
“No obstante… sé que algún día querrá hacerme pagar lo que le hice”, confesó Irene a su hijo la vez que tuvieron aquella difícil conversación, tras la muerte de su padre, motivada por pesadillas donde veía una mano esquelética arrancándole el corazón del pecho.
El viento arreció. Una lluvia pertinaz se manifestó. Los colores casi habían huido del todo. El perro no quiso acercarse, se echó en el camino y aullaba aterrorizado.
La primera sorpresa fue encontrar la cabaña en tan miserables condiciones. Sólo era un pedazo de madera carcomida, sin vidrios en las ventanas, la puerta vencida sobre sus goznes, todo el lugar a merced de los elementos desde hacía mucho tiempo.
La segunda sorpresa fue descubrir, al interior, el cadáver en descomposición de una mujer vestida de andrajos, un fiambre atado por cadenas a una columna de piedra y que era consumido por los insectos.
Agustín supo, sin tener que consultar con nadie, el tiempo exacto que llevaba muerta esa infeliz. Y supo que aquello que su madre le había vendido como un pacto había sido, en realidad, una traición.
Se sentó en el suelo a pesar del asco y el horror y el viento y la lluvia y los moscardones. Se figuró lo que ahí había pasado por tantos años. El hambre, la suciedad, la intemperie, la enfermedad, la soledad, la desesperanza…
El llanto.
La penumbra al fin lo conquistó todo. Agustín escuchó al perro emitir un último chillido y callar enseguida. Se puso de pie y miró a través del espacio entre los tablones. Un destello le mostró el cuerpo del animal, que yacía en la vereda, manando sangre.
Agustín se figuró el llanto. El llanto que nadie, por quince años, había escuchado jamás.
Un segundo relámpago le reveló entonces una pálida mujer de grandes ojos y dolorosa expresión… de pie, en el camino, mirando hacia la casa.
Portaba las mismas ropas del cadáver.
Y en su obstinado andar Agustín vio, por un segundo, la razón por la cual su padre la había amado tanto.

Cuando Irene recobró la movilidad, lo primero que hizo fue emitir un grito desgarrador… que nadie fue capaz de escuchar. Había vuelto muda de su inexplicable encierro.
Cayó de hinojos y así, de rodillas, se arrastró hasta la capilla de la hacienda. No hubo modo de separarla del reclinatorio por días y días y días.
No pedía perdón a potestad divina alguna. Mezquina contrición la suya, pues sabía que aquella mujer a quien suplicaba misericordia era la misma que le había prometido, al ser llevada a la fuerza al monte años atrás que, en cuanto muriera, volvería para arrancarle de tajo el corazón.
De ahí la obcecada necesidad de mantenerla con vida.
De ahí que Irene, al enterarse, ya sumida en su repentina inmovilidad, que el hombre encargado de custodiar y torturar y dar de comer a aquella cautiva llevaba varios días muerto, ella se desgarrara por dentro.
De ahí que, a media oración, en mitad de la noche, rendida en la capilla, las rodillas peladas hasta el hueso… cuando sintiera pasos tras de sí, no encontró alivio alguno en su alma.
Ni siquiera cuando constató que se trataba de Agustín.
Irene sólo pensó que era una verdadera tragedia que el muchacho se pareciera tanto a su padre.
Agustín, en cambio, no le obsequió una sola mirada, pues no estaba ahí por cuenta propia. Iba cumpliendo un encargo. Un encargo de alguien más.
Y a Irene esto le quedó claro al momento en que… frente a sus ojos… el muchacho… simplemente se despidió como si alguien lo obligara.

Los sollozos de la mujer más rica del pueblo no emitieron sonido alguno.
Ni ese día ni el día que trasladaron de la sierra el cuerpo de Agustín.
Desde entonces el pavoroso llanto de Irene moría al momento mismo de nacer. A diferencia de otro llanto que sí se escuchaba desde la sierra por varias millas a la redonda. Todas las noches.
De hecho… hay quien dice que se sigue oyendo.

 
 
Toño Malpica

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