Escribir una saga en México

 
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No muchos lo saben pero mi hermano Javier y yo, de niños, montábamos casas de espantos tipo feria para el regocijo de chicos y grandes. Vivíamos en una casa de tres pisos y, desde que llegamos a vivir ahí, mis padres dieron el piso inferior por perdido, designándolo como territorio apache (o de supremacía infantil), así que los enanos Malpica hicimos lo que quisimos ahí. Una de esas cosas, montar, en compañía de otros cómplices, tours nocturnos con escenas macabras, vampiros de hule y monstruos enmascarados al acecho. Cobrábamos la entrada, sí, pero casi siempre terminábamos fiando a la chamaquiza porque lo mejor de todo era ver cómo alguien que entraba envalentonado, salía corriendo despavorido. (Así tuviera seis años de edad).
 
Y se sembró la semilla. A Javier y a mí siempre nos gustó estar de ese lado de la cuarta pared. Mover los hilos para producir un efecto. Disfrutar con las risas o los gritos o las lágrimas de los espectadores. Conseguir que pareciera posible algo totalmente imposible.
 
Nos forjábamos como escritores sin darnos cuenta.
 
Y es que escribir un libro es como montar una casa de espantos. Levantas un tinglado en el que pides, de tácita manera, que el que entre a tu atracción de feria, deje la incredulidad fuera y participe en el juego. Principalmente si se trata de un mundo inventado. ¿Que no existen los fantasmas? Bueno, pues aquí sí. ¿Y los vampiros? Lo mismo. O los hombres lobo, las hidras, los demonios…
 
Los mediadores.
 
Escribir un libro de terror es montar una casa de espantos. Y escribir una saga de libros de terror es invitar, una y otra vez, a los visitantes más asiduos a que vuelvan cada nueva temporada. Es la misma casa pero ahora tenemos una gorgona. Y un diablo de magníficas dimensiones. Y una cueva que lleva al inframundo. Y…
 
Y nunca deja uno de jugar. Porque el contrato dice que yo levanto la escenografía, visto a los personajes, hago correr las acciones, le pongo Play a la música, pero usted… usted, en la medida de lo posible, se maravillará con el espectáculo. Me regalará una risa, un llanto, un grito. Y yo, tras bambalinas, lo disfrutaré. El contrato dice que yo haré que parezca posible algo totalmente imposible pero usted, así tenga seis o noventa y seis, huirá despavorido (incluso si nunca se mueve de su asiento y tiene la boca llena de palomitas de maíz y por dentro está sonriendo).
 
Igual podría dejar de venir. Igual podría dejar esta casa de espantos vacía. Igual podría dejar que los monstruos, al no tener nadie a quien espantar, llorasen abundantes lágrimas bajo sus máscaras de hule. Igual Pero en cambio, sigue viniendo. Sigue preguntando, ¿Y Checho? ¿Y Brianda? ¿Y Jop? Igual se sigue maravillando.
 
Así que esta es, en realidad, una nota de gratitud.
 
Porque no hay casa de espantos que se sostenga sin su público. Ni monstruo terrorífico que justifique su terrorífica existencia sin nadie a quien aterrorizar. Lo cual hace que un ser humano, temblando de miedo ante un demonio de magníficas dimensiones, sea uno de los mayores actos de amor de la literatura (usted disculpará la sensiblería.)
 
Alguna vez lo platiqué con Jaime Alfonso Sandoval. Y seguro que pensarán igual Andrea Chapela y Karime Cardona y Ramón Valdés. Y otros. Escribir una saga en México es como escalar el Everest. Al final faltan el aire y las fuerzas y el entusiasmo. Pero es posible alcanzar la cima gracias a usted que sigue leyendo y preguntando y riendo, llorando o dejando escapar un grito. Enviando una nota, un mail, unas palabras de aliento.
 
Nunca dejé el piso más bajo de la casa de mis padres, esa es la verdad. Sigo agazapado detrás de un mueble, listo a saltar con la sábana puesta. Pero eso es sólo porque usted sigue viniendo. Temporada tras temporada. Una y otra vez. Eso es sólo porque usted sigue participando en este juego.
 
Y yo, aunque no se vea pues las luces continúan apagadas y la música sigue sonando y aún nos falta la quinta y última cámara de esta mansión embrujada… se lo agradezco, en verdad, infinitamente.

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