Huella

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¿Ese momento en el que algo en tu interior suena tan fuerte que no puedes quedártelo sólo para ti?
Reconócelo, atesóralo. Dale importancia.
Puede no volver.
A veces son palabras. A veces trazos. A veces notas musicales.
Puedes tener ochenta años. O puedes tener ocho. Y puedes estar sentado al piano una mañana cualquiera y una melodía aparece, aparentemente, de la nada.
Y sientes, por alguna razón (acaso similar a la que hizo que Cervantes, en una celda oscura, se despabilara) que vale la pena rescatarla del olvido.
Pluma y papel. Y ya está.
¿Ese momento?
Atesóralo. Reconócelo. Dale importancia.
Pues es tu melodía irrepetible. Nadie excepto tú podría haberla gestado. Tal vez no sea grandiosa o impactante o buena siquiera… pero es tuya. Y cualquier otra persona en igualdad de circunstancias habría producido algo distinto. Y bueno, ya que estás aquí, es tu voz (y no la de cualquier otra persona) la que el Cosmos quiere escuchar.
¿Ese momento? ¿Ese preciso momento? Une tu nombre a otros tales como Picasso. Dante. Wolfgang.
Así tengas ocho años y le vayas a los Pumas y te encanten los videojuegos y las donas de chocolate y las películas de superhéroes y los legos de minecraft y… y…
…y seas enteramente tú, quiero decir.
Porque has comprendido que tu paso por el mundo es importante. Tanto como para dejar huella y no pasar desapercibido.
Y nada más por eso, aunque no exclusivamente por eso… eres orgullosamente humano.
Tanto que esta voz ha sonado así de fuerte y no he podido quedármela sólo para mí.

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