Finales felices

 
En la estación de metro donde me subo con más regularidad, a eso de las ocho y media, me los encontraba. A veces abrazados. A veces conversando. A veces mirando las mismas cosas en el celular de uno o del otro. Pero de esas, la más de llamar la atención era cuando me tocaba ver el momento en que cada uno ya había tomado su rumbo; uno de los dos (siempre me resultó difícil diferenciarlos, es una de esas jóvenes parejas gays que parece que se copian el uno al otro, la forma de vestir, el peinado, la corbata, la montura de los lentes… en fin, el caso es que uno) se cruzaba para el otro lado, dirección Tacubaya, y el que se quedaba de mi lado, dirección Pantitlán, se acercaba a la línea amarilla; el otro, lo mismo; y se miraban a los ojos, vías de por medio, frente a frente, cada uno desde su orilla, hasta que el primer tren se detenía y se llevaba consigo a uno de los dos. (Es decir, algo así como la cosa más cursi del universo).Y cuando llegaba antes el Dirección Pantitlán, me tocaba ver al de este lado subir al vagón, sentarse, ponerse los audífonos, seguir viendo cosas en su celular, canturrear un poco. Cuando llegaba primero el Dirección Tacubaya, me tocaba ver al de este lado lamentar esa súbita desaparición del andén, tardar en ponerse los audífonos, esperar su propio tren, canturrear muy poco.

El caso es que de unos días para acá, ya sólo veía al de mi lado. Solo. Pasaban los días… y solo. Las semanas… y solo. Y yo pensaba: mierda, estos dos ya tronaron y ni modo que éste detuviera su rutina laboral por algo tan poquita cosa; está obligado, naturalmente, a levantarse a la misma hora, tomar el metro a la misma hora y, ¿por qué no?, hasta pararse en el mismo lugar del andén. Detenerse en la orilla y mirar hacia adelante a veces, a un hueco que ya no ocupa nadie, con los ojos llenos de nostalgia y ni hablar de audífonos y tonterías de esas cuando se tiene el corazón deshecho. Y se subía al vagón sin canturrear ni un poco sino que mirando por la ventanilla y suspirando un mucho.

Pero hoy volví a verlos a los dos. Abrazados y mirando al mismo tiempo alguna tontería en el teléfono del primero; o tal vez del segundo. Es decir que el Dirección Tacubaya seguramente estuvo atendiendo una beca de varias semanas o se fue a su pueblo por un tiempo o quién sabe si en verdad tronaron y recién volvieron o qué sé yo. Pero ahí estaban; los dos; como si nada, como si esa cosa más cursi del universo fuese algo posible para todos los días. Y yo pensé que qué bien y que qué alivio porque bueno, al carajo, siempre me han gustado los finales felices. Pero también es un hecho que desde mañana esperaré al metro en otra zona. Nunca he creído en segundas partes. Y, la neta, con estos, no vaya a ser.

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