30 años

 
Hoy, hace 30 años, recuerdo, tenía examen de Cálculo Vectorial. Por eso me esmeré todo lo que pude por llegar a la escuela, a pesar de que el metro estaba cerrado y que la ciudad era un caos vehicular. La tragedia se respiraba pero no se veía, al menos por donde yo andaba. Como pude llegué a CU. El anexo de la facultad estaba prácticamente vacío, lo mismo que el salón, donde coincidimos tres alumnos. El maestro llegó, de cualquier forma. No olvido su rostro. La tragedia se respiraba y, ahora, al fin, la veía. En la cruda impresión de mi maestro de Cálculo Vectorial, que no pudo disimular su afectación cuando avisó, a la carrera, que se suspendía el examen, cuando abandonó el salón de clases a toda prisa, como quien sabe que tiene que estar, a fuerzas, en otro lado. Luego, en la noche, lo vi todo con mis propios ojos. Y lo oí en la voz de mi padre, con quien hablé por teléfono porque, a falta de transportes, no pude volver a casa y tuve que quedarme en casa de unas tías en la Narvarte. El edificio donde trabajaba mi papá, en La Roma, se cayó, pero él estaba bien porque aún no salía para el trabajo al momento del temblor. Noté en su voz lo mismo que vi en la cara de mi maestro. Esa urgencia de retribución por todos aquellos que no habían corrido con la misma suerte. Y nadie volvió a ser el mismo después de ese día. Hoy, hace 30 años.

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