Carta prenavideña a mis dos enanos

Navidad

 
 
Queridos Bruno y Mari Fer:

 
 
Respecto a los regalos bajo el árbol… pongamos un par de cosas en claro.

Su mamá y yo sabemos que son unos listillos. No crean que se nos escapa. Y claro, suponemos que ya empiezan a sospechar la verdad de las cosas (Al menos tú, Bruno; la otra, por lo pronto, sólo es tu compinche, pero igual tiene esa mirada, que…). Como sea. Ya nos imaginamos que cuando preguntan si Santa Clos compra los juguetes o los hace, algo se traen. O al menos tú, Bruno. Y cuando preguntas si vive en el Polo Norte o en el cielo o en dónde, estás viendo si sacas hebra, no creas que se nos escapa. Porque, en ese momento en que tu mamá y yo empezamos a balbucear, nos lanzamos miradas y respondemos “Los hace” y “Los compra” al mismo tiempo, se ve que tú ya te traes algo. Y cuando soltamos “Bueno, a veces los hace y a veces los compra, todo depende, será para despistar, ¿pues qué querías? ¡Es Santa! ¡Y deja de andar de preguntón que te está viendo desde el cielo o desde el Polo o desde su nave espacial pero te está viendo!”, tú dejas salir un “Ahhh…” que revela una sana duda, un “algo aquí no cuadra, ¿por qué estos dos no lo saben todo de Santa Clos? ¿Qué no pueden googlearlo y ya?”

Así que bien. Conformes. Ya que son tan listos, les voy a hablar con la verdad. ¿Saben por qué su mamá y yo no sabemos casi nada de Santa Clos? Bueno, pues porque NADIE en el mundo REALMENTE lo sabe. NADIE. Nadie lo ha visto. Nadie lo ha filmado. Nadie lo ha fotografiado. Nadie. Ni un solo paparazzo. Nos lo imaginamos, claro. Hay quien dice que se viste de rojo y que es panzón y que ríe jojojó. Hay quien lo llama así y quien Papá Noel y quien San Nicolás. Pero son suposiciones, conjeturas, especulaciones (y ya que son tan listillos busquen esas palabras en el diccionario, ja).

Así que bueno… Nadie lo ha visto. No. Pero igual viene en navidad.

¿Que cómo lo sé? Bueno, pues trae los regalos que ustedes pidieron (si se portaron bien, claro). Y lo ha hecho cada año. ¿Quieren mayor prueba que esa?

Está bien. Me lo imaginaba.

(* A ver si me salen así de listos a la hora de la firma de boletas, par de… *)

Bueno. La verdad es que ya venía preparado. O no me habría ni atrevido a iniciar esta carta. Así que pensé en lo siguiente:
¿Recuerdan cuando jugamos a la cueva de los osos, debajo de las cobijas, y nos imaginamos que el Monstruo, el Fantasma y la Bruja nos acechan desde afuera? Nadie, en esa oscuridad, podría obligarnos jamás a salir de la cueva mientras no haya amanecido. ¿Y saben por qué? Porque el miedo que sentimos es real. Tan real como la cueva que nos protege… aunque sólo sea una cobija con ositos estampados. Y aunque el amanecer esté a solo un canto de gallo (a veces lo doy yo, a veces tú, Bruno, a veces Mari Fer), ese miedo es completamente real. Real.

Pues bien. Aquí va: Sé que Santa Clos existe porque lo veo en sus ojos cuando bajan a media noche el 25 a abrir sus juguetes. Porque en ese momento de luces de colores en sus caras de fascinación, el maldito gordo de las barbas es completamente real. Aunque nadie sepa su verdadero nombre o si tiene una máquina del tiempo o si era turco o alemán, lo que yo veo en sus ojos cuando me despiertan a las tres de la mañana, es completamente real. Y deja de importar, ese mero día (esa mera noche) si el Lego de Avengers y la Kitty de peluche fueron hechos o comprados por el gordo barrigón, sus duendes o quien sea. Lo que ustedes sienten es real. Y lo que yo, por gozosa contemplación, también.

Así que la verdad que les prometí es ésta: A lo mejor Santa Clos no es más que un juego de cobijas con ositos estampados. Ya tendrán modo de averiguarlo por sí mismos (o por algún primo grande que se vaya de lengua, el infeliz). Pero mientras eso ocurre, mientras descubren el pastel, nosotros los adultos, que somos tan tontos y tan inmaduros y vemos programas tan aburridos en la tele, la mayor parte del tiempo necesitamos de esos juegos para sentir, por unos instantes, que el fin del miedo está a tan solo un canto de gallo. Y que ustedes los niños, que son tan listos y tan abusados y tan buenos en el Minecraft y en el Angry Birds, pueden conseguir un amanecer para nosotros con tan sólo aventar lejos una cobija. Esa es la única, absoluta y puritita verdad.

Feliz Navidad, pues, enanos. Y que el 25 encuentren bajo el árbol todo lo que pidieron (si es que se portaron bien, claro, que el gordo ese tiene ojos (y espías) por todos lados, incluso en nuestra casa).

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