Soñar

 
Si usted no vive en México me gustaría pedirle que imagine este país como un pañuelo blanco.
Piense en un tejido fuerte. Resistente. Y blanco, sí. Blanco.
Piense que ese tejido social (chafa mi metáfora pero qué se le va a hacer) está conformado por personas. Gente como no hay en ningún otro lugar del mundo, no por mejor o peor sino por irrepetible.
Si usted, además, nunca ha venido a México, me gustaría pedirle que imagine un lugar lleno de gente tan como es la gente en todos lados, que se emociona cuando gana su equipo de futbol, que se levanta con flojera en lunes, que va estirando el sueldo hasta el próximo día de pago, con sus singularidades, claro, como las tiene todo el mundo, chile, mariachi y demás, pero en el fondo, tan gente como lo es usted o su vecino o el vecino de su vecino.
Piense ahora en una gota de sangre en ese pañuelo blanco.
Piense en lo mucho que le costaría mirar otra cosa, al poner la vista en ese pañuelo, que no fuese la roja mancha encendida que ocupa el pañuelo blanco.
Ahora piense en otra gota.
Y otra más.
Y otra más.
Y otra más.
Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más. Y otra más.
Ayer le dieron un tiro en la cara a una mujer. En un restaurante del DF. Frente a su hija.
Días antes ejecutaron a cinco personas en una calle por la que yo solía caminar para llevar a mi hijo a la escuela.
Rubén. Ostula. Ayotzinapa. Símbolos todos de un horror que abarca demasiado.
¿Usted contó las gotas de sangre allá arriba? Yo tampoco. Al igual que usted, yo ya sólo veo un lienzo empapado, completamente rojo.
Pero cada gota cuenta. Cada nombre, cada lugar. Y el color que tenían antes de que llegara el miedo a ensuciarlo todo.
Si usted no vive en México, me gustaría pedirle que imagine cómo hace una persona todos los días en este país para levantarse, desayunar, dar un beso a su esposa, llevar a los niños a la escuela, leer los anuncios de refresco en el transporte público, levantar una pluma, responder un correo, conversar en el pasillo de la oficina, degustar una torta, saludar al vecino, silbar, ver la tele, emocionarse con una película, emocionarse con un libro, tomarse una copa, leer un cuento, dar las buenas noches, dormir de un tirón. Soñar.
Soñar.
Porque en México, que es un lugar con gente tan gente como es la gente en todos lados, se hace también eso. Soñar.
A pesar de que ayer le dispararon en la cara a una mujer en una taquería a la que muchos en la ciudad vamos a hablar de todo y de nada y a emocionarnos cuando gana o pierde la selección. Y en frente de su hija.
Soñar.
A pesar de todo.
Si usted no vive en México, me gustaría pedirle que se lo imagine.
Y si vive usted aquí… bueno, pues me gustaría pedirle que comparta el modo. Porque a mí, cada día, cada hora, cada minuto, me cuesta más y más y más chingado trabajo.

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