La marcha nupcial era ejecutada por un músico de verdad

 
En un día como hoy, y en tiempos como los actuales, donde se confunde tanto al amor con el Bondage, me he tomado el atrevimiento de transcribir esto. No tengo la venia de mi querido Luis del Valle, a quien sigo queriendo y extrañando, pero confío en que, de seguir con nosotros, me habría dado su permiso, ya que hay historias que merecen salir de su encierro de papel.

Theodore_Robinson_-_Le_Cortège_nuptial

 
Al inicio del año de 1904, se preparaba con gran entusiamo la boda de Diamantina, una jovencita de porcelana, rubia, de grandes ojos azules y 22 cm. de estatura. Era su novio el apuesto joven Diamante Gofir, alto, moreno y muy enamorado de su prometida. Sólo que al pobre le había ocurrido un accidente a manos de su dueña, la prima Merceditas Ibargüengoytia, quien, al probarle al galán su traje para la boda, lo dejó caer con el triste resultado de un desprendimiento de pierna. Esto sucedía poco antes del proyectado enlace, así es que el problema era muy grave.

Nuestra bisabuela Mamarita, nuestra abuela Mamá Grandita y las niñas, ignorantes del suceso, continuaban cosiendo el ajuar de la novia, los atuendos de las madrinas, damas, pajecitos y la vestimenta y ornamentos del sacerdote que iba a celebrar el matrimonio, así como las sotanas rojas y cotas de organdí blanco de dos monísimos monaguillos. El hermoso vestido de cola de la novia, lo confeccionaba nuestra abuela y una buena amiga de ella, doña Raquel Parra le ayudaba con el velo, el tocado y el minúsculo ramo y lo hacía llena de ilusión recordando su propia boda efectuada pocos meses antes.

Mi mamá y sus hermanas colaboraban encantadas para convertir en iglesia una parte de la cochera, con altar vestido, banquitas de madera, alfombra central, candelabros y floreros diminutos, un cuadro de Nuestra Señora, sin faltar un pequeño crucifijo.

El lado opuesto de la cochera se arregló como un gran salón para celebrar el banquete de boda, con mesitas adecuadas para los comensales, estrenando vajilla y manteles blancos. Todo iba quedando listo y en espera del gran día.

Entre tanto, las primas y las amigas de las niñas Noriega preparaban los trajes y sombreros de sus muñecas, las carretelas que las conducirían al templo, y crecía la espectación. Medio Zacatecas estaba involucrado ante la anunciada boda para la cual circulaban las invitaciones profusamente.

Tengo una de ellas, original y aquí la copio:


Clavellina Oro de la Rosa
Participa a ustedes el matrimonio de
su hermana
Diamantina
con el señor
Diamante Gofir Castilla
 
Turquesa Castilla viuda de Gofir
Participa a ustedes el matrimonio de su hijo
Diamante
con la señorita
Diamantina Oro de la Rosa
 
y tienen el gusto de invitarles a la Ceremonia Religiosa que se verificará en la Parroquia de la Estrella el 25 de Febrero a las 5 de la tarde.Zacatecas, Enero de 1904

 
 
Por su parte, la dueña de Diamante, Merceditas, dentro del gusto que le causaba el cercano enlace, sentíase muy preocupada por haber dejado cojo al novio. Pensando qué hacer se le ocurrió acudir a su prima Lila, futura consuegrita, quien era además muy hábil para remendar, pegar, componer, etc. Y sin más le escribió el siguiente recado:

 

Zacatecas, 18 de Febrero de 1904
Señorita María Luisa Noriega.
Mi querida Lila:
Te mando la pata del novio para que se la pegues por favor. También te mando a Lirio, a ver si ustedes tienen tiempo de vestirlo para que acompañe a Azucena Gofir, la hermanita de Diamante.
Ojalá se pueda retrasar un poco la boda porque no he terminado el traje de una de las madrinas.
Con recuerdos y saludos para todos se despide tu prima que mucho te quiere.
Mercedes Ibargüengoytia.

 
 
Tía Lilí le contestó que por supuesto, se pospondría un poco la fecha de la boda, ya que era muy importante la asistencia de la madrina, así como que Lirio tuviera su traje nuevo para acompañar a Azucena, quien estaba muy preocupada por no tener chambelán seguro y sobre todo, para darle al novio tiempo de consolidar su pierna fracturada.

Amaneció por fin el esperado día. Mamarita, Mamá Grandita, Nana Pancha y las niñas se pasaron la mañana disponiendo los últimos detalles, arreglando las flores del altar, adornando la «Parroquia» y los minúsculos centritos de las mesas donde se serviría el banquete. Después se dedicaron a vestir a las familias de sus casas de muñecas. Lila, ayudada por su mamá, se ocupó de la primorosa novia. Tita y Nina, asistidas por Mamarita y Nana Pancha engalanaron a todas las pequeñas personas de los tres hogares, esmerándose especialmente en una madrina, de Tita, muy elegante y a la moda, llamada Rosalina, y en una chiquilla de Nina invitada de paje, cuyo nombre era Nevadita.

Acicalaron también a Camelia, Alhelí, Coralina, Jazmín y Cabellito de Oro. Ya Lirio, con su traje nuevo se había ido con la prima Merceditas para recoger y acompañar a Azucena Gofir. Por último las tres niñas revistieron al sacerdote y al par de monaguillos, los llevaron a la «Parroquia» , instalaron a los invitados en sus lugares y acompañados de la hermosa novia, se fueron al zaguán, llenas de emoción a esperar.

Minutos después llegó el apuesto novio, en espléndida carretela ya completamente restablecido de su fractura. Lo acompañaban su madrina y toda la familia Gofir.

Apenas vio a su linda prometida se sintió el más feliz de los muñecos, se le aceleró el pulso y se puso pálido de alegría, tanto, que tío Manuel Villegas Fernández recién llegado de Guadalupe para asistir al matrimonio, invitado por sus sobrinas, al observarlo, empezó a escribir el siguiente acróstico, en honor de la joven pareja y de su sobrina Lila, dueña de la novia.

 
Muy hermosa Diamantina estaba,
Albo traje de raso y de tul.
Rizado su rubio cabello;
Ilusión en su mirada azul.
Admirado Gofir la miraba;
La miraba tan blanca y tan bella,
Unas veces dudando si era ella,
Inundado de amor por su amada.
Su esperanza de hacerla su esposa
A minutos de ser realidad.
Novia linda como ella no ha habido,
Orgulloso pensaba Diamante.
Ruborosa en su nupcial vestido; (sic)
Ideal su belleza radiante.
El amor, como siempre, triunfante.
Gracias, gracias, Señor, murmuraron,
Al entrar a la iglesia de Dios.

 
Mientras el tío se inspiraba ante el amor de la joven pareja, un carruaje tras otro, plenos de invitados, se detenían frente a la «Parroquia». Pronto estuvo el recinto lleno a reventar, no solo de las elegantísimas familias muñequiles, sino de sus no menos distinguidas dueñas y de los papás y hermanos de éstas. Un poco después hicieron su entrada los pajecitos, damas, padrinos, el novio con su madrina doña Turquesa y por fin la preciosa Diamantina del brazo de su tío Jazmín. La marcha nupcial era ejecutada por un músico de verdad.

Los novios se acercaron a sus reclinatorios, el sacerdote los bendijo y empezó la tierna ceremonia…

Muchos, muchos años después, doña Raquel Parra viuda de Ibargüengoytia, quien era muy amiga de nuestra abuela, me platicó que al llegar ella a la boda justo en ese momento, su impresión había sido conmovedora, puesto que su matrimonio era muy reciente y todo se lo recordaba. La música, el ambiente, el traje de la novia y hasta el perfume que usaron ésta y las damas.

¡»Parfait Amour»! ¡El mismo perfume francés de doña Raquel!

Terminó la ceremonia y todos se dirigieron a la «sacristía» donde los novios recibieron el cariño, los abrazos y felicitaciones de la concurrencia. Luego se encaminaron al salón del banquete y aquí volvió doña Raquel a narrarme cuán gracioso y apropiado resultó. Se ofrecieron canapés, viandas, gelatinas y ensaladas diminutas en platones de porcelana pequeñitos. Circuló un buen vino tinto (sangría) en copas adecuadas. Mamá Grandita realmente se lució preparando el delicioso menú, del cual dieron buena cuenta, más que las muñecas sus dueñas,

Los postres consistieron en quesitos de almendra del tamaño de un centavo. Crema de piñón y pastel de boda. Hubo brindis, aplausos y parabienes. Tío Manuel declamó el acróstico que acababa de escribir para los recién casados, sintiéndose Lila muy complacida, por ser su nombre el mencionado, ya que era la dueña de Diamantina y fue por ello muy felicitada.

Las familias empezaron a despedirse agradeciendo la preciosa tarde que habían compartido. Los carruajes comenzaron a desfilar hacia sus hogares.

Tío Manuel invitó entonces a los novios a la fotografía; aceptaron con gusto y allá se fueron acompañados de las niñas Noriega. Carmelita Ortega de Noriega, nuestra prima, conserva el retrato de los novios.

Y no sólo eso. Tiene en su casa, con gran aprecio, a Diamante y a Diamantina, aún vestidos de novios; un tanto maltrechos y arrugados los atuendos, el velo y el tocado, porque el tiempo nada perdona, pero ellos todavía jovencitos y guapísimos a pesar de haber cumplido 90 años de casados. La prima Merceditas, pensando que la pareja no debería vivir separada, regaló a su consuegra Lila a Diamante para que jamás tuviera que apartarse de su linda esposa.

La madrina Rosalina vive conmigo. Era de Tita, por eso ahora es mía. Su casa es la vitrina de nuestro comedor y allí está a sus órdenes para cuando quieran visitarla, conocerla, admirar su elegante vestido rosa y besar en él las puntadas que cosieron las manitas de una niña preciosa, rubia y de ojos azules como los de la novia, que se llamaba Tita.

Al resto de las familias de las casas de muñecas de las niñas Noriega, ¡se las llevó la Revolución!

 


 
Tal y como se lo platicó Margarita a su hermano Luis G. del Valle Noriega (ambos, hijos de Tita) para el libro «Juventud acumulada – Nuestra madre», a principios de los años 90.

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