Final feliz

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El problema de la navidad es que es completamente anticlimática.

Es como una película en la que por tres horas estás esperando que el héroe se case con la chava para que al final le salga con un “te quiero como amigo” y ni beso ni violines ni nada. Por muy antihollywood que seas, si ya esperaste tres horas y media, a fuerzas sales del cine sintiéndote enfermo del estómago y completamente estafado.

Así la navidad.

Puesto que en estos tiempos la temporada decembrina empieza en cuanto las calabazas y las brujas ceden su lugar a los monos de nieve y los santacloses, a menos que vivas en el desierto o en estado de coma, estarás recibiendo por unos cuarenta días y cuarenta noches la promesa de que Santa Claus is coming to town, te lata o no te lata.

Así que en cierto momento, sea por hartazgo o porque te agarran en tus cinco minutos, cedes. Y vas a alguna posada. Entras en algún intercambio. Ves en la tele Milagro en la calle 34 (pero la del 47). Lees a Dickens (pero porque es Dickens).Te involucras en la onda paz y amor y vas a un chorro de brindis porque podrás ser satánico pero nunca un grinch. Y tanta confabulación te hace caer, como todos los años, en la vorágine. Y terminas creyendo que, después del postre de la cena del 24, algo mágico tiene que suceder. Porque es el único final posible para una película tan larga y tan chocante.

Pero mangos.

Viendo a tu tía durmiendo la mona en la sala y al vecino tronando cuetes al lado de los tanques de gas y al abuelo tratando de ligar con el perchero, te percatas de que sólo tienes dos mensajes de felicitación en whatsapp (y de lista de difusión) y que lo único que recibiste fue un roperazo del 2010 y te dices, como quien sale de una película mala: qué maldita estafa, regrésenme mi dinero.

Pero entonces te acuerdas que de chico era todo lo que te prometían: mágica y espectacular y con final feliz. Le pegabas a todas las piñatas, cenabas a reventar, jugabas con tus primos, y hasta se te permitía una leve borrachera con un mínimo trago de rompope. Y no importaba que te regalaran ropa porque, POW, ¡final feliz!, el 25 en la madrugada, bajo el árbol, la pista de carreras que habías pedido. En cambio, de grande, te endilgan el mecate de todas ls piñatas, cenas lo que alcanzas, te peleas con tus primos y terminas con una gran borrachera que ni siquiera vas a poder reposar como (el niño) Dios manda porque, a las dos horas de haber puesto la cabeza en la almohada, ¡mira papá, la pista de carreras que pedí!

Así que no hay otra conclusión a la cual podrás llegar más que ésta, mientras das cuenta del ponche (dije ponche) frío y tratas de despertar a tu tía porque ya llegó su taxi: La película es la misma, pero tú creciste y ya no te gusta el final. ¿Quieres una blanca (y mágica y espectacular y con final feliz) navidad? Salte de la vorágine. Manda al cuerno a Santa. Prende la tele en las luchas.

Y cómprate tu propia Scalextric, que para eso estás grandecito.

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