Del cuidado editorial

 
En mi gustada sección “Cosas del mundo de las letras que poco aportan al mundo de las letras pero que si no escupo se me enquistan en el cogote y si a algo yo le tengo miedo además de las cucarachas y los auditores es a un cáncer donde sea por ejemplo en el cogote”, esto sobre el cuidado editorial.

A mi juicio (que es bastante poco pero por lo regular funciona), un buen editor no es aquel al que todo le parece bien (a menos que todo esté bien, cosa bastante rara) ni aquel al que todo le parece mal (a menos que todo esté mal, cosa bastante menos rara pero sí harto sospechosa sobre todo si ya has publicado uno que otro libro) sino aquel que te ayuda a confrontar de la mejor manera esa pregunta con la que siempre terminas un escrito, y que es: “Supongamos –solo supongamos- que no soy tan bueno como García Márquez o Vargas Llosa y que mi novela fuera, ejem, perfectible… ¿dónde habría que apretar, dónde aflojar, dónde meter, dónde quitar, dónde subir, dónde bajar, cuándo retener y cuándo soltar de modo que el lector al final del libro se sorprenda diciendo: caray, no es tan bueno como un nobel, eso se nota a leguas, pero de que me lo pasé bomba, me lo pasé bomba?”.

Un apunte que consideré necesario externar porque hoy el insomnio me trajo la respuesta a esa pregunta sobre algo que estoy editando con uno de esos, a mi juicio, buenos editores, y consideré (también) que no cacarearlo sería algo así como una especie de cobardía o mezquindad, sobre todo porque ni siquiera Arquímedes salió de la bañera calladito y reservado.

Y ya. Que tengan buena tarde.

Tweet about this on TwitterShare on Google+Share on Facebook