Un cuento de Navidad

 
Eran los primeros días de diciembre. La casa estaba sola y en silencio cuando se escuchó una vocecita diciendo:
–Esta vida es una total porquería. Once meses encerrada en una caja oscura para terminar colgada y mirando a la nada. No es justo.
Era una esfera roja. Una como cualquier otra.
–¿En serio nadie más se va a quejar? ¿En serio soy la única idiota aquí que no está contenta con las condiciones laborales?
Bueno. Tal vez no como cualquier otra.
–Me lleva el niño del tambor. ¿Nadie más aquí tiene sueños? No sé. ¿Conocer mundo y esas cosas?
A lo mejor es que llevaban tantos años con esa rutina, encerrados en una caja oscura para terminar colgados mirando a la nada, que ninguno de los demás adornos le dio bola.
Pero sí ocurrió que José aprovechó el momento para rascarse una rodilla y, en el trance, se cayó en la paja.
–¡Eh! ¡Lo sabía! –dijo la esfera–. Sabía que no era yo la única con ambiciones en la vida. ¡Bravo, José!
–No me des lata, esfera roja como te llames, fue un accidente. Ahora vuelvo a lo mío –dijo el San José del nacimiento.
–¿Ah, sí? ¿Y qué es lo tuyo, José, si se puede saber?
–Pues… quedarme quieto de aquí a que llegue la navidad y luego… y luego…
–Y luego volver a la caja oscura.
Algo se movió en el interior de José porque, aprovechando que María miraba para otro lado, preguntó:
–Bueno… y sólo por curiosidad… ¿Qué tienes en mente, esfera roja como te llames?
–Tú tienes manos, bro. Me ayudas a bajar y nos tiramos al destrampe y la buena vida.
–No lo sé. Es peligroso…
–Estaremos de regreso antes de que nadie lo note.
–Siempre me he considerado un hombre de principios.
–Sé dónde guardan los bombones.
–¡Oh! ¡Vaya que eres insistente! ¡Está bien!
En menos de lo que dices “tuki tuki tuki tuki”, la casa siguió sola y en silencio, pero José y la esfera ya estaban listos para tirarse al destrampe y la buena vida.
Y no sólo fue un día.
Fueron varios. Días y noches. Noche y días.
Aunque siempre volvían a sus lugares a tiempo, para no ser descubiertos por las personas de la casa.
–¡Esto es vida, esfera roja como te llames!
–Ni que lo digas, mi Pepe.
Sólo una vez se quedó José a medio pasillo. Pero fue fácil echarle la culpa al perro.
–No me gustan esas salidas tuyas tan frecuentes, José –reclamó una vez, María.
–No me vas a montar una escena por ir a dar una vueltita, ¿o sí?
–Yo sólo digo que, según el burro, así fue como perdió la cabeza aquel pastor de allá. Dando la “vueltita”.
El pastor sin cabeza hubiera asentido de haber podido.
Así y todo, puede decirse que fueron días felices porque José y la esfera roja conocieron mundo. Desde el ropero de los niños hasta el interior de la lavadora.
Días felices…
Hasta aquella tarde en que… de tanto ir y venir…
–¡NOOOOOOOOOO! –se escuchó el grito de José en medio del silencio de la casa sola.
(Se ha censurado esta parte del relato para no herir la sensibilidad de los lectores. Sólo dejaremos el ruido de fondo).
Pum. Pum. Crash.
Los minúsculos pedazos rojos y brillantes fueron barridos impecablemente por las personas de la casa. Y arrojados al cesto de la basura en un santiamén.
El camión de la colecta se los llevó antes de lo que dices “jingle bells”
–¿Qué pasó, José? ¿Hoy no te vas a dar la “vueltita”? –le preguntó María a su marido aquella noche.
José se sentía tan mal, que decidió contarlo todo.
–Si te sirve de consuelo –dijo María–, murió feliz y cumpliendo su sueño de conocer mundo.
–¡No! ¡No me sirve de consuelo! ¡Jamás debí participar en esta locura autodestructiva!
–Veo que eran buenos amigos –dec laró ella con ternura.
–Muy buenos.
–¿Cómo se llamaba?
–¡No me molestes con trivialidades, mujer! ¿Qué no ves que estoy de luto?
Pero José no se reponía. Desde su lugar en el pesebre le era imposible no mirar hacia la rama de la que siempre colgaba la esfera roja como se llamara.
Así que pensó que, ya que estaba cerca la navidad, no estaría mal recurrir a una de esas cosas que llaman milagros navideños.
Habló con los reyes magos.
–¿Perdiste el seso, amigo? –dijo Melchor–. ¡Habría que ir hasta donde se llevaron los cientos de miles de minúsculos pedacitos, juntar todos y cada uno de ellos para, luego, ponerse a pegarlos exactamente donde iban! ¡Im-po-si-ble!
–También podrían utilizar la magia.
–No funciona de ese modo. Aunque sí podemos aparecerte un trompo y un balero, si quieres.
Luego, le escribió a Santa Claus, quien le contestó de inmediato.
“Querido Pepe: Me parece que ahora sí se te fue la olla. ¿Ir hasta donde se llevaron los cientos de miles de minúsculos pedacitos, juntar todos y cada uno de ellos para, luego, ponerse a pegarlos exactamente donde iban? ¡Jo, jo, jolines! ¡Pide un balón como la gente normal! Además, ni que hubieras sido tan buen niño este año. Bueno, nos vemos el 25.”
Finalmente, fue incluso con…
–A ver, papá. (Es una forma de hablar, tú me entiendes, (guiño guiño)). Ya sé que se supone que soy el niño Dios y todo pero… ¿en serio crees que voy a ir hasta donde se llevaron los cientos de miles de minúsculos pedacitos, juntar todos y cada uno de ellos para, luego, ponerme a pegarlos exactamente donde iban? Además soy menor de edad y podría, no sé, cortarme o algo.
–Bueno. Era una idea…
–Ajá. ¿Ya pensaste qué me vas a dar para mi cumpleaños?
Pobre José. En verdad se acercaba la navidad y él no podía con la tristeza.
Tal vez por eso ocurrió que…
–Hey. ¿No falta alguien en el elenco? –dijo el burro.
Era pleno 25 de diciembre y el San José del Nacimiento no se encontraba en su sitio.
Aunque…
Las personas de la casa le echaron la culpa al perro, que alguna vez se comió un Lego, y no le dieron mayor importancia.
Pero María sí dijo:
–Es una pena. Era un buen esposo, aunque roncara.
Y el niño Dios:
–¿Mirra? ¿A quién se le ocurrió traer mirra?
Y Melchor:
–¡Igual no debías abrir ese regalo hasta el 6 de enero!
Porque llegó el 6 de enero. Y de José ni sus luces.
Y luego el día de “¡Se acabaron los recalentados!”. Y de José, ni sus luces.
Todos volvieron a sus oscuras cajas.
Cinco esferas rojas a una que originalmente contenía seis.
El árbol, la escarcha, el nacimiento y las luces…
Pero de José, ni sus luces.
Y aquí podría terminar esta historia. Si no fuese porque pasaron once meses casi tan rápido como se lee esta línea.
Volvió a ser principios de diciembre.
Y en una mañana como cualquier otra en la que la casa estaba sola y en silencio…
Se escuchó una vocecita.
–¡Esta vida es como la lotería! Un segundo estás colgada y al siguiente… ¡Santos trancazos, Batman! La nada más oscura. Ni más ni menos. Pero lo que no te mata, te hace más brillante. ¿A que sí? Un segundo estás en el suelo y al siguiente, con ganas de un buen chocolate con rompope y un polvoroncito. “¡It’s a wonderful life!” Ni más ni menos. ¿A que sí?
A lo que María repuso:
–¡Pero si es ella! ¡La esfera roja como se llame! ¿No es como de película? ¡Ojalá estuviera aquí José para dar fe del milagro!
–Pues da la casualidad de que sí estoy –dijo José, al tiempo que subía al pesebre y se deshacía de su suplente, haciéndolo volar por los aires con todo y su casco y su espada láser y sus letreritos de Lego.
–¡Hey, Pepe! ¡Mi amigo! –dijo la esfera roja, completamente reconstituida y de una pieza–. ¿Qué tal una visita al bote de las galletas?
José prefirió no decir nada. Estaba deseando echar un sueñito.
Finalmente, habían sido once meses exactos lo que le tomó ir hasta donde se llevaron los cientos de miles de minúsculos pedacitos, juntar todos y cada uno de ellos para, luego, ponerse a pegarlos exactamente donde iban. Que al fin para eso tenía manos.
FIN
(Ninguna esfera de ningún color fue lastimada en la realización de este cuentito).
——————————————————-
Este relato es un obsequio para todos ustedes. Pueden compartirlo, quedárselo, prestarlo, forrarlo con coloritos y usarlo para el intercambio, untarlo de betún y comérselo, peinarlo y llevarlo a la escuela… en fin, lo que quieran porque es todo suyo.
Con el cariño y los mejores deseos de su atento y seguro servidor, Toño Malpica en modo feliz navidad.

Tweet about this on TwitterShare on Google+Share on Facebook