El año se fue…

 
El año se fue y casi me parece una obligación decir cuán tremendo es que pueda yo escribir, como si tal cosa, justamente eso, “el año se fue”.

Tremendo.

Porque no puedo evitar pensar, por ejemplo, en mi amigo X, que vino a la casa en septiembre en una visita pactada y cordial y breve. Con cubrebocas y sana distancia y gel a la entrada.

Tremendo poder escribir también que X nunca ocupó una silla ni bebió de un vaso. Y que en la plática salió a relucir, de nuevo, que no podía conseguir la saga completa. Que esperaba volver a la ciudad antes de finalizar el año. Que ya me comentaría el ejemplar que le obsequié de “Mal Tiempo”.

Tremendo porque cuando X estuvo por esos breves minutos en casa y evitamos chocar puños y saludó a mis hijos de lejos y a los perros de cerca, la muerte no rondaba y X era como cualquier otro que habla del clima y de música y de libros. Como Y o como Z. O como yo mismo, por ejemplo.

Y el asunto es que X ya no está entre nosotros desde hace un par de semanas.

El año se fue y yo no puedo dejar de pensar que yo puedo ocupar una silla. Y beber de un vaso. Y tomar una pluma. Para plasmar una dedicatoria a algún amigo o escribir “el año se fue”. Todavía.

Pero tantos otros no.

Y no dejo de pensar en mí mismo haciendo una visita, con cubrebocas y sana distancia por breves minutos y asuntos cordiales a quien ustedes gusten y manden porque nadie es perfecto y el encierro no es una ley inquebrantable y lo social lo traemos pegado al cuerpo.

Y el asunto me parece en verdad tremendo.

Porque bueno…

El año se fue y me descubro afortunado. Tremendamente afortunado.

Por el simple hecho de este tecleo. Y lo que contemplo al mirar por la ventana. Y la sensación del aire en mis pulmones.

Aunque en mi balance haya tantos números rojos.

Tal vez bebí demasiado. Tal vez busqué poco a mis amigos. Tal vez comí demasiado. Tal vez jugué poco con mis hijos. Tal vez desperdicié demasiado el tiempo. Tal vez fui muy ostracista. Tal vez no fui lo suficientemente ostracista. Tal vez no debí ver esa serie. Tal vez no debí leer ese libro. Tal vez debí ver esa serie. Tal vez debí leer ese libro.

Tal vez…

O seguramente…

Pero lo cierto es que no creo que nadie pueda verse en el mismo espejo del enero pasado. Y un algo de locura nos ha pegado a todos.

Y de furia y de rabia y de dolor. Por X. Por Y. Por Z. Por nosotros.

Por nuestro apaleado mundo.

El año se fue y creo que ya bastante es poder decirlo, teclearlo, paladearlo. Así lo hagamos descubriéndonos greñudos, gordos, sentimentales, irritables, explosivos, gruñones, insoportables, chillones, insufribles, imposibles, irreconocibles…

Porque fue un año como ningún otro año que hayamos vivido.

Y nosotros no somos los mismos.

Pero somos. Y estamos.

Que ya es bastante.

Y es motivo para celebrar. Y brindar. Y decir “Salud” aunque sea con la sonrisa chueca y la lágrima presta, que en estas circunstancias bien puede ser la forma más tremenda y más sublime de brindar por el futuro, tan incierto como siempre pero con tantos días como noches en su espléndido inventario.

Tweet about this on TwitterShare on Google+Share on Facebook

Magia

 

 
Asunto peculiar, éste de la magia.
Tuve el horrendo atrevimiento de asomarme al correo privado de Santa y descubrí que el mayor deseo de la remitente de esta carta es que exista la magia.
Asunto peculiar.
No sé si alguno de los presentes se atrevería a intentar definirla.
Y, sin embargo, supongo que todos los presentes alguna vez también deseamos que existiera.
“Que desaparezca la escuela”
“Que la capital de Francia sí sea Londres”
“Que al que me molesta en el recreo le salga cola de mono”.
De hecho, es posible que algunos de los presentes sigamos deseando que exista.
“Que desaparezca la oficina”
“Que los estados financieros cuadren”
“Que al que me molesta en las juntas le salga cola de mono”
Y aunque es cierto que algunos de nosotros, al prender la linternita del celular decimos “¡Lumos!” con vehemencia… en el fondo sabemos que no hay más magia que la de una batería bien cargada.
Así y todo, igual me atrevo a esta definición:
Magia es todo aquello que nos hace felices… y no nos sabemos explicar.
Así, puede ser igual de mágico que Mariloli acepte (¡al fin!) tu invitación a salir como el que le puedas pedir con tu propia voz a un aparatejo que ponga música de Frank Sinatra… y la ponga.
Para los efectos, hay la misma magia. El mismo sentimiento de gratitud hacia Mariloli y hacia el inventor del aparatejo.
Y hacia el que creó la receta del pastel de mil hojas. Y el que hizo posible el gps. Y las películas a la carta.
Y las reuniones familiares por zoom. Y la tan ansiada vacuna…
Y al que te ayudó a subir el súper los tres pisos hasta tu casa…
Y etcétera.
Al final, siempre hay alguien detrás de toda esa magia que transpira el mundo.
Pero, por lo pronto, me atengo a una carta. Una carta donde una niña admite que se ha portado mal pero, aún así, manifiesta a un ser mágico su deseo de que la magia exista, aunque no se lo pida expresamente porque comprende que no es algo que pueda hacer en su fábrica (llena de duendes mágicos y renos mágicos y… )
Háganme ustedes el favor.
Me dibuja una inexplicable sonrisota que no puedo con ella.
¿Que mayor prueba de que la magia existe?
Ya se lo diré el mero 25. Que hay magia donde alguien te pinta una sonrisa. Y esa es toda la magia que necesitamos en estos tiempos. Y es una verdad irrefutable.
Aunque todavía nadie invente cómo hacer que le crezca una cola de mono al pesado del salón.

Tweet about this on TwitterShare on Google+Share on Facebook

Gracias

 
20 Años en la LIJ – 10
 

 
Hoy, hace 20 años, me hice escritor de LIJ. Lo cual es curioso porque…
Yo nunca quise ser escritor.
Ni de chico ni de grande, esa es la pura verdad.
Tal vez si hubiera sido uno de mis anhelos, habría hecho las cosas diferentes. Estudiar, por ejemplo. O ponerme un nombre artístico con mucho caché. Pero lo cierto es que un buen día me descubrí escribiendo y corriendo el riesgo de mostrar a otros mis escritos.
Recuerdo que con mis primeros cuentos y novelas (todos ellos inéditos) disfrutaba, sobre todo, con la reacción de mis amigos al leerlos. Los imprimía y rolaba con la gente que, según yo, podía darme una opinión sincera; luego, aguardaba frente a ellos mientras leían.
Y aunque me comía las uñas todo el tiempo, en realidad lo disfrutaba.
Del mismo modo que disfrutaba del aplauso o las risas cuando, en el teatro, me mezclaba con el público a ver alguna de las obras que escribía con mi hermano Javier.
El aplauso. Las risas. Las lágrimas. Las reacciones.
Lo he dicho antes y lo sostengo ahora. El artista no puede ser indiferente a las reacciones que produce su obra. Sigo creyendo que es de pose el que un pintor, músico, escritor… se sienta adelantado a su tiempo sólo porque la gente abandona su obra a la mitad. (Ouch).
En realidad no hay otro tiempo que el que vivimos. Y aunque es cierto que no escribe uno para agradar a los demás, también es verdad que da más gusto un teatro lleno que uno a su cuarta parte (así te llames Samuel y te apellides Beckett y estés por que detonen todas las bombas).
Lo he dicho antes y lo sostengo ahora: soy un tipo afortunado porque he contado con al menos un lector por libro que me ha dicho que le ha gustado. O espantado. O conmovido. Y esa ya es la mejor de las recompensas.
Y doblemente afortunado cuando te dicen: lo volví a leer.
Tantos libros y tan poca vida y alguien por ahí, en vez de irse de frente con el nuevo de ponga-aquí- el-autor-de-bestsellers-de-su-preferencia se regresa al mismo libro del tal Malpica para darle otra leida.
Asombroso.
Llena el corazón. Y mucho.
Así que esta última entrega de mis 20 años en la LIJ es un pequeño bouquet de agradecimiento para todos ustedes que me permitieron poner, en algún momento de mi vida, la palabra “Escritor” debajo del nombre en mis tarjetas de presentación.
Para ti que me correteaste por toda la FILIJ para que te firmara un libro. Para ti que me recibiste en tu escuela y me diste un abrazo al final. Para ti que me escribiste por inbox y me contaste lo que te hicieron sentir mis letras.
Porque aunque es cierto que escritor es el que escribe (lo he dicho antes, etcétera) y no el que publica o gana premios o es invitado a la FIL cada año, también es cierto que cuando uno entra al mundo de la literatura por la puerta trasera, sí que te hacen falta espaldarazos para poder colgarte la medalla. Y los ha habido, claro. Me han publicado y he ganado premios y últimamente me invitan a la FIL todos los años… pero los verdaderos espaldarazos vienen cuando alguien te dice:
Leí tu libro y me gustó.
Recuerdo perfecto que después de publicada “Las mejores alas” me llevé libros a un café para regalar a mis amigos y amigas. Recuerdo perfecto que una de ellas leyó a sus hijas, frente a mí, las primeras páginas de su ejemplar. Recuerdo que llegaron a una parte en la que el narrador dice: “no me gusta que la gente frunza la cara cuando escucha o lee algo que no entiende”. Está intacto en mi memoria el momento en que una de las niñas preguntó: “¿cómo se frunce la cara, mami?”. Y ella le mostró.
Y yo fui feliz.
De hecho, lo sigo siendo.
Cuando escribo, claro. Pero más aún cuando ese libro que nació como una idea chiquitita, que fue cuidado y atendido y protegido y alimentado y luego creció y prosperó y siguió su camino y volvió a casa dentro de una caja con quince ejemplares de autor… es leído y disfrutado.
Esa es la mayor de las alegrías. Porque me sigue pareciendo prodigioso que habiendo tantos autores y tantos libros, de repente alguien por la calle lleve bajo el brazo un “Antonio Malpica”. O un “Toño Malpica”. Y es como para bailar sin música. O para galofrar hasta el infinito.
Han sido 20 años de escribir y publicar para niños y jóvenes. Pero también de platicar con ustedes, quienes hacen posible que las editoriales me quieran seguir publicando. Y asi, yo siga escribiendo.
Es estupendo cuando haces aparecer dragones de la nada. O haces hablar a unas pantuflas. O consigues que el tiempo gire en redondo.O que un niño de la calle vuele o que el señor de los héroes empuñe la espada o que el corazón de una multimillonaria cambie de la noche a la mañana. Es estupendo contar historias. Pero cuando esas historias llegan al papel dejan de ser tuyas. Y están condenadas a quedarse cautivas entre sus portadas hasta el fin de los tiempos, a menos que…
Alguien las lea.
Y cuando eso ocurre…
y además esa lectura causa un goce…
y además consigue que ese alguien ponga un tweet o un mail o un comentario, comprendiendo que ese nombre en la portada que acompaña al título corresponde a una persona de carne y hueso a la que le dará un enorme gusto enterarse que su libro ha sido leído y disfrutado…
es cuando todo cobra sentido y la vida se torna perfecta.
Me han dado las gracias por mis historias y personajes de muchas formas. Con regalos, con abrazos, con sentidas y extensas cartas.
Lo paradójico es que el agradecido soy yo.
Antonio Malpica. Toño Malpica, para los cuates (que son todos los que quieren a mis personajes).
Así pues…
Que sea esta última entrada, este regalo, este abrazo, un pequeño homenaje a ustedes, mis lectores. Una nota de verdadera gratitud por hacer posible esta chamba que no quería, que nunca me imaginé, que me cayó del cielo. Pero que se ha vuelto, en concreto, mi lugar en el mundo. Y eso es, en gran medida, gracias a ustedes, que han querido a Sergio, a Gus, a Margot…
A tantos.
Que vengan otros 20.
Que vengan más historias.
Más ferias, más escuelas, más entrevistas, más posts.
Si están ustedes ahí, estoy listo para ello.
Mil gracias y hasta siempre.

Tweet about this on TwitterShare on Google+Share on Facebook

Buen clima, provisiones y un mapa

 
20 Años en la LIJ – 9

 
Y bueno… si algo más o menos aprendí a lo largo de todo este tiempo es que, si de veras quieres dedicarte a la escritura, tienes que darle su importancia.
Es decir, verdadera importancia.
A lo largo de estos veinte años la literatura se volvió mi chamba y por eso en cierto momento tuve que empezar a verla como tal para poder ser lo más eficiente en ella.
Aquí podrían varios puristas del arte echar los ojos al cielo sin ningún problema. “¡Eficiencia! ¡Horror de palabrita!¡Si yo me debo al arco y la lira, no al ISO9000!”
Okey sí, pero una cosa no está peleada con la otra, según he descubierto.
Puedes disfrutar la escritura y, a la vez, ser lo suficientemente programático para no perderte en el proceso.
“¡Programático! ¡Virgen santa! ¡Que me da! ¡Mis sales!”
Calma.
Quizás sea culpa de mi (de)formación ingenieril pero descubrí que la mejor manera de llevar a buen puerto el barco es dándole importancia al itinerario. Es decir… Que la mejor manera de que una idea termine verdaderamente convertida en libro es… según yo… ajustándote lo mejor que puedas a un procedimiento ya estudiado.
Lo cual no significa que no puedas ponerte todo lo artistico y romántico y trovador y pastoril que quieras. Esto, para fines prácticos, no es otra cosa que un mapa.
Y quise tomar como ejemplo mi último libro publicado para mostrarles más o menos lo que hago hoy en día con el fin de que todo culmine en la feliz llegada a mi casa de una caja con sus buenos 15 ejemplares de autor.
 
El libro se llama “Hoy”, editado por Vicens Vives y ya está en papel. (Para muestra, fue sorteado en FB hace un par de semanas). Pero bueno… ¿cómo fue que “Hoy” llegó a convertirse en libro?
Más o menos de la siguiente manera, estación por estación:
 
1. Me busca Mara Benavides, a quien ya conocía de Editorial Norma pero que ahora estaba en Vicens Vives para proponerme la contratación de un libro. (Junio de 2019)
 
2. Acepto de palabra el encargo porque me da toda la libertad del mundo. (Danza de la felicidad).
 
3. Gesto una idea que me guste y que me importe lo suficiente como para pensar que se pueda convertir en libro. (¿Qué tal que un ejecutivo de altos vuelos es sorprendido un día por su septuagenario padre para que se vaya de pinta con él? ¿Qué tal que la historia la cuentan los hijos del ejecutivo y le dan el carácter infantil que necesita la obra?)
 
4. Desde el momento en el que tengo la idea, abro una tarjeta en un manejador de proyectos que uso. Con esto, le doy la suficiente importancia como para trabajarla hasta las últimas consecuencias. Le añado varios checkilists predeterminados: Preparación, Planeacion, Escritura y Proceso Editorial. (El último cuadrito del último checklist siempre es “Publicación”, que es como plantar la banderita en la cima de la cumbre, por así decirlo.)
 
5. Firmo contrato. (Ejem).
 
6. Hago la planeación correspondiente, sinopsis, escaleta, etcétera, siempre palomeando conforme voy avanzando. Puesto que Mara me pidió que le entregara para cierta fecha, me programo para ésta. Con la planeación puedo saber si es posible llegar de pie o no a la cita. (En este caso, según yo, sí podía).
 
7. Hecha la planeación, me pongo a escribir. Voy marcando los capítulos del libro, uno por uno, hasta terminar. (Me falló por poquito, gulp. Tuve que pedir una pequeña prórroga porque me agarró a media FIL del 19 la tecleada, pero hasta eso que si hay buena relación y diálogo, funcionan las cosas).
 
8. Reviso, por supuesto. Mucho. Mucho. (En verdad, mucho).
 
9. Mando a la editorial y comienzo el proceso editorial. (Maravillosamente me tocó trabajar con Grace Silva, gran editora y mejor amiga, con quien ya había colaborado, así que Danza de la felicidad parte 2).
 
10. El editor (editora, en este caso) toma el libro en sus manos. Sugiere cambios, ilustrador(a), etcétera. (Grace y yo trabajamos juntos el texto y la conformación del libro, me mandó avances de Mariana Villanueva que comentábamos… asi hasta que… quedamos contentos todos.
 
11. Espero mi caja con ejemplares. (Banderita en la cima. Café de termo con música de cuerdas. 21 de octubre de 2020).
 
Vualá.
 

Ejemplifiqué un solo libro, pero todos mis libros se apegan a este proceso. Con sus asegunes, claro. La mayoría no inician con editorial apalabrada. La mayoría empiezan en el paso 3, con lo que habría que añadir que, al mandar a la editorial elegida, espero dictamen y, de ser favorable, comienzo el proceso editorial y etcétera, etcétera.
Es importante resaltar esto:
A todas aquellas ideas que me gustan y me importan les doy el mismo tratamiento. A todas. TODAS.
Dije TODAS.
TODAS siguen el mismo procedimiento. Y TODAS las tarjetas se quedan abiertas hasta que no son publicadas. Es raro que archive alguna sin haber terminado en papel… pero también ha ocurrido (no soy tan infalible).
Y también quiero resaltar lo siguiente: Una tarjeta no se estorba con la otra. En el momento en que mando a editorial puedo, sin ningún problema, comenzar otro proyecto. Y así sucesivamente hasta el fin de los tiempos. (O hasta que el cuerpo aguante).
Así que bueno… si algo más o menos aprendí a lo largo de todo este tiempo y a caso pueda transmitirte, si es que quieres ver tus ideas convertidas en libro es esto:
 
Tienes que creértela de principio a fin.
Y tienes que darle su importancia.
 
El resto es tesón, cariño y paciencia. Buen clima, provisiones y un mapa. O tiempo, salud y pila en la laptop, si prefieres. El chiste es entender, de una vez por todas, que lo poeta no quita lo eficiente.
¿Estamos?

Tweet about this on TwitterShare on Google+Share on Facebook

Tiempo, salud y pila en la laptop

 
20 Años en la LIJ – 8
 

 
Honestidad.
Pensemos en esa palabra con todas nuestras fuerzas.
Luego liguémosla a nosotros mismos.
Para convenir lo siguiente:
Se puede ser deshonesto con todo el mundo, incluso con nosotros mismos, pero aun en el supuesto de que se obtenga algún beneficio siendo deshonesto con los demás, ¿qué posible beneficio puede obtenerse de serlo con nosotros mismos?
Bien, pues acaso ese sea el único súper poder de Toño Malpica: el de ser incapaz de engañar a Toño Malpica.
No el poder escribir una novela gorda de una sentada ni cosas por el estilo, sino…
Que me doy perfecta cuenta cuando algo me hace feliz y también cuando algo me hace infeliz.
Eso, nada más.
Y siempre girar el timón hacia lo primero, no a lo segundo.
Ahora que… si lo pensamos tantito, en realidad no se trata de ningún súper poder. Todos somos capaces de reconocer qué nos hace sentir contentos. Y qué no. Acaso la única diferencia conmigo sea que yo a la media hora (es un decir) de que me empiezo a sentir incómodo y lleno de comezón (es un decir) me invento una llamada urgente de mi abuelita (es un decir) para poder salir pitando por la ventana (es un decir).
Asi que, lo que en realidad me puso aquí, en este sitio, fue que…
 
Cuando descubrí que la lectura me hacía muy feliz, me quedé para siempre.
Cuando descubrí que la escritura me hacía muy feliz, me quedé para siempre.
Cuando descubrí que había una LIJ que era como sacarse la lotería, me quedé para siempre.
Y cuando descubrí que en las oficinas las sillas con rueditas no se usan para echar carreras…
 
Bueno. Ustedes me entienden.
Cuando la honestidad es pura y dura, no permite concesiones. Y hablando exclusivamente de la escritura, tuve la ENOOOOORME fortuna de darme cuenta, bastante pronto, de que a mí lo que me hacía feliz era… simplemente… sentarme a escribir.
Fue en algún momento de esos 20-años-que-se-han-pasado-volando que descubrí el secreto de la felicidad.
Y es éste: Que, teniendo tiempo, salud y pila en la laptop, cualquier cosa que me impida sentarme a escribir lo que me venga en gana no es más que una jodida excusa. (Excuse my french).
Y dentro de todas las excusas posibles, he aquí la más atemorizante, la más encarnizada, la que tiene más cartel y más seguidores en instagram que ninguna otra:
Señoras y señores, con ustedes… en esta esquina… con ochocientos cincuenta kilogramos de peso… cuarenta mil victorias y cero derrotas… la campeona indiscutible del circuito de escritores atormentados… portadora del cinturón internacional del club del autor incomprendido…
La monstruosa, cruel, despiadada e implacable…
 
 
falta de inspiración
 
 
(aquí no vendrían mal algunos grillitos frotando sus patitas).
 
En efecto.
Yo también, en mis inicios, rehusaba sentarme a escribir si no llevaba conmigo alguna tremenda ocurrencia, una descarga eléctrica de varios miles de volts que me diera energía para escribir sin pararme ni al baño durante varias semanas.
Jo.
Y evitaba por todos los medios no agarrar la pluma si no era motivado por ese soplo divino de alguna musa despistada que me había elegido a mí (¡a mí!) entre millones para plasmar la obra que revolucionaría el arte universal.
Jo.
Pero nada. Que en algún momento de esos 20 años ocurrió. No estoy seguro si fue con “Había una vez un niño llamado Perico”. O con “La máquina”. O con “Querido Tigre Quezada”…
Que descubrí que a mí lo que me hacía feliz era contar historias, inventar personajes, formular diálogos, templar argumentos…
Contar historias.
No revolucionar la literatura, ni sacudir los cimientos del arte, ni payasadas de esas. (Excuse my french).
Contar historias.
Ni siquiera tenían que ser buenas. O dignas de un nóbel. O dos. Sólo bastaba con que al final me hicieran sentir contento, pleno, satisfecho. Y si ganaban un premio o se publicaban en papel cuché, qué bueno. Pero, principalmente, me di cuenta de que yo era feliz contando historias.
Y eso me puse a hacer. Me puse a…
Contar historias.
¿Y qué hace falta para contar una historia?
¿Diez kilos de inspiración?
No.
En lo absoluto.
Hace falta, solamente…
Exacto.
Tiempo, salud y pila en la laptop. (Es un decir porque pluma y papel siempre han bastado desde los tiempos de Cervantes).
He aquí el secreto:
Hay muchas más historias en media hora de feliz tecleo que en dos semanas de sesuda concentración.
Mira a tu alrededor. ¿Acaso no eres capaz de hacer hablar a esos dos cuadros en la pared? ¡Claro que puedes! ¡Ahí hay una historia! ¿Y esos dos muchachos que pasan frente a tu ventana en este momento? ¡Tal vez puedas hacer que se enamoren! ¿Y tu perro? ¿No te gustaría verlo bailar flamenco en este momento?
Historias, historias, historias… cientos de ellas… ¡Y esas sólo son aquellas que están frente a ti! ¿Qué pasa si cierras los ojos?
¡ZOK!
¡Genial! ¡Apabullante! ¡Maravilloso!
¡Pero si no hay nada! (Tal vez pienses)
¡Error! (Tal vez te diga) ¡Eso que te parece la NADA, en realidad lo es TODO!
Porque en ese vacío puedes gestar el universo entero. Déjate de cuadros que hablan o de personas que se enamoran o de perros bailadores. Ahí están los detectives, las naves extraterrestres, los dinosaurios, las guerras napoleónicas, las expediciones al ártico, los vampiros, los piratas, tu colegio de infancia, el apocalipsis zombi…
TODO.
¿Lo ves?
Afortunadamente yo lo vi bastante pronto. Y ahora no tengo otro método de escritura que ese. Me siento a idear cosas. De esas cosas elijo una que cumpla con los dos siguientes requisitos:
 
– Que me guste
– Que me importe
 
Y me pongo a arrastrar la pluma (es un decir porque ya todo es puro taca-taca-taca en el winword).
Pero todo lo demás es cariño y dedicacion. Ni más ni menos.
Si me gusta lo suficiente una idea y me importa tanto como para querer convertirla en una historia, lo único que hago es pensarla, prepararla, modificarla, planearla, modificarla más, estructurarla, trabajarla, escribirla, revisarla… una y otra vez hasta que, con toda honestidad, puedo decir que he quedado contento. (Feliz y no infeliz).
Olvidémonos del talento, que tampoco se vende por kilo.
Elige bien la historia que vas a contar. Ponle cariño y dedicación. Mucho. Muchísimo. Todo el que puedas.
Y de repente capaz y esa historia se convierte en un libro publicado. A mí me ha funcionado durante veinte años o algo así.
Nada de ocurrencias maravillosas ni inspiraciones asombrosas. Puro trabajo y corazón. El resto es mitología. Y ya que ninguna musa va a venir a tocar a tu puerta para invitarte un café, lo mejor que puedes hacer es poner manos a la obra en una sola cosa que sí funciona y rinde frutos, una sola cosa para la que no hay necesidad de pedirle permiso a nadie, una sola cosa que sí puede dibujarte una sincera sonrisa en la cara. Y es:
Contar historias.
Lo demás (y esto no es un decir, te lo aseguro) es lo de menos.

Tweet about this on TwitterShare on Google+Share on Facebook

¡Puf!

 
Hago la suposición de que ningún ratero tiene libros en su mente cuando piensa en sus fechorías.
No creo ni por asomo que algún amante de lo ajeno haya salido jamás a la calle a hacer lo suyo pensando que ojalá se hiciera de un buen libro o dos en su jornada.
Así que creo poder afirmar que al del turno del viernes pasado le cayó como bomba el verse, repentinamente, dueño de dos maletas llenas de buenos libros.
Buenos libros, se entiende, en la concepción de aquel que los puso en sendas maletas.
Son cosas que pasan.
Una mañana tienes un librero lleno de buenos libros y al día siguiente… ya no.
Una mañana no tienes nada que leer y al día siguiente… vaya que sí.
A ustedes que les gusta leer y atesoran en estantes bien alineados los causantes de tal afición, miren hacia allá y contemplen una buena sección de tales objetos. ¿Se les ocurre alguna posibilidad de que alguien se los arrebate de las manos? Desde luego que no. Ni a mí. Ni siquiera en el factible caso de que alguien irrumpa por la puerta, arma en mano, lo ven ustedes saliendo de ahí con el Ulises de Joyce a toda prisa.
Pero en este jardín de senderos que se enchuecan a la menor provocación, todo es posible.
Por ejemplo…
Es viernes, estás en plena mudanza y acomodas en sendas maletas una buena sección de libros que te has de llevar a tu nuevo domicilio.
Luego, dejas el auto en la calle, según tú, un momento, porque dónde se ha visto que…
Y los senderos se entrecruzan, se bifurcan, se enmarañan y rematan en prodigio.
Dos maletas repletas de buenos libros repentinamente en manos de un hombre que (uno supone porque se dedica al crimen) no debe leer ni el reverso de la caja del cereal.
Mientras que el otro, el de la ocurrencia de dejar el auto en la calle, repentinamente sin la menor posibilidad de volver, al menos en corto plazo, a ciertos libros de Neal Stephenson, de Isaac Asimov, de Stephen King, a su Borges en Revista Multicolor y a sus dos ejemplares del Último Round de Cortázar, por mencionar algunos.
Pienso en ambos hombres hermanados por el coraje.
Uno pensando… ¿y ahora yo qué hago con todo este papel?
El otro… ¿y ahora yo que hago sin todo ese papel?
Los imagino a ambos vislumbrando el tiempo como un Uróboros, donde uno no estaciona el auto en la calle y el otro sigue su camino tal vez para hacerse mejor de una buena llanta de refacción o dos buenos espejos. Y así, un cristal hoy destrozado reconstituiría sus moléculas. Y este texto no se escribe nunca. Y ustedes siguen de largo en esta red social.
Pero el tiempo corre en una sola dirección. Esto lo saben Yu Tsun, Richard Madden, Stephen Albert y los dos hombres circunstanciales de este relato verídico.
Por ello quiero apostar a una suerte de gracia compartida.
El uno, el que de pronto tuvo dos maletas repletas, no de papel, sino de ideas maravillosas, increíblemente renuncia a la idea de vender por kilo o en librerías de viejo. Se sienta en un sofá (que, por obra de otro prodigio, es muy confortable) y se dispone a leer. Uno, dos, veinte libros… hasta que la sola idea de ir a romper cristales por la noche la parece absurda. Un día entre los días descubre que es feliz aunque no tenga ningún reloj de oro en la muñeca y sigue leyendo, así nomás, hasta el punto de que todos los libros del mundo le parecen pocos.
El otro, el que de pronto se sintió despojado, descubre (de hecho, así ha sido), que aquello de lo que le despojaron, sólo era papel. Porque descubre (en verdad así ha sido) que las historias no se desgastan. Sabe que algún día podrá allegarse de nueva cuenta el Hyperion de Dan Simmons en otro volumen o en alguna pantalla y los personajes serán los mismos y el Alcaudón le volverá a causar un terror inédito.
El otro, que no es sino quien esto escribe, se imagina a sí mismo en un par de décadas adquiriendo en una librería de viejo un libro que alguna vez fue suyo, sin recordarlo, y maravillándose ante una historia que también fue suya alguna vez, sin recordarlo, pasando las manos por páginas que acarició muy antaño y preguntándose quién habrá subrayado previamente ese mismo pasaje que ahora quiere él también subrayar.
Apreciando, sin saberlo, que la verdadera inmortalidad de las historias está más allá de sus portadas de cartón reluciente porque éstas,
en cualquier momento,
y sin previo aviso,
así nomás…
¡PUF!
nos abandonan,
cuando todas las sensaciones que nos hicieron vivir al pasar los ojos por sus letras,
se quedaron con nosotros…
sí,
para siempre.

Tweet about this on TwitterShare on Google+Share on Facebook

Adelante con los cambios

 
20 Años en la LIJ – 7
 

 
 
Decíamos ayer…
O, más bien, el otro día…
En una de estas publicaciones, pues…
Que aquello que escribes sólo lo puedes dar por terminado cuando sientes que –modestia aparte- ya no te puede quedar mejor de lo que te ha quedado. (Cuando te “encanta”, ¿remember?).
Bien. Pues abundemos sobre tal afirmación.
“Cuando _sientes_ que ya no te puede quedar mejor de lo que te ha quedado.”
Pero…
¡Vamos! ¿En verdad no te puede quedar mejor?
¿De veras has llegado al fin de tus fuerzas? ¿O es simple hartazgo el que te hace pensar así?
No hay que entrar en pánico.
No olvidemos que un texto se tiene que revisar y revisar y revisar y revisar. Sólo así se consigue quedar contento. “Encantado”, de preferencia. Pero, cuando menos, contento.
Y también es cierto que, después de las 1000 primeras revisiones, llega un momento en que te parece que la 1001 ya no es necesaria. Acaso porque, a la manera de Wilde, en la 999 quitaste una coma y en la 1000 la volviste a poner.
Es entonces que, con tu bendición, dejas ir el texto.
A la editorial, al concurso, al inbox de tu profe de literatura…
Sin importar cuál sea el destino de tu texto, sólo lo dejas ir cuando _sientes_ (en efecto, es un feeling, no es que hayas llegado al final de tus fuerzas o al culmen de tu hartazgo, sino que en efecto, te parece (aunque no puedes estar seguro)) que has hecho todo lo posible por él y que ya escapa de tus manos cualquier posible mejoría.
Dejemos fuera el concurso y la clase de literatura. Ahí acaso todo dependa de un fallo o una calificación.
Pensemos entonces en la editorial. Pensemos en que, lo que quieres, es que ese texto se publique.
A menos que pienses en la “autopublicación”, que es un recurso muy válido para ver tu texto en papel, (aunque yo no soy partidario de ella justamente porque creo que un texto siempre es perfectible y cuando tú ya no sabes qué más hacer por él) el paso siguiente es que caiga en manos de un editor. (O editora, se entiende, porque en mi caso he contado más con ellas que con ellos, como ya mostraré al final).
Esa figura tan importante y a veces tan poco valorada es quien en verdad consigue la magia de la publicación.
Lo he dicho antes y lo repito ahora. Como escritor, uno sólo tiene la obligación de convencer de que su texto es bueno a una persona en el mundo: el editor. Puedes convencer a tu mamá, a tu novio, a tus compadres, a la tribuna entera del estadio donde juega tu equipo de volibol… de que tu texto es bueno. Pero si no convences a un editor… lo más probable es que tengas que recurrir a la autopublicación (de la cual no soy partidario, como ya dije, pero cada quién) o renunciar de plano a ver tu texto en papel.
Con todo, la verdadera magia del editor no estriba en decir que le parece bueno un texto, sino en decir…
Cómo podría ser mejor.
¡POW!
Va de nuevo pero con más punch: Un editor es capaz de indicarte cómo tu texto podría ser mejor.
¡POW!
¿Recuerdas que tú sentiste llegar a un punto límite con tu texto, una especie de “no puedo más” o un “hasta aquí llego antes de volverme loco”? Bien. Pues te tengo buenas noticias. No, no era el límite. El editor, si es bueno (que no todos lo son), detectará cómo potenciar ese texto que tú creías que estaba listo para conquistar el mundo.
Y juntos, lo harán crecer. Y será maravilloso porque descubrirás que sí existía otra cima más alta que esa a la que tú habías llegado.
Requiere humildad, claro. Porque un buen editor (que no todos lo son) te hace ver que no eres tan guapo ni tan simpático ni tan ocurrente como te hizo creer tu tía Eulogia. Pero también te hace ver que eso no es problema. El problema es no hacer nada al respecto en beneficio de tu texto.
He tenido la enorme fortuna de contar con muy buenos editores (y editoras, se entiende). Y gracias a ellas y ellos es que mis textos quedan en verdad dignos de publicación.
No, yo no soy tan genial como mucha gente cree.
Me apoyo mucho en esos profesionales de los libros, esa es la verdad.
No voy a negar tampoco que la mayor parte de un texto la pone uno. Pero es gracias al editor que te das cuenta de que tu maravilloso pastel de tres pisos tenía una mosca panteonera embarrada en un costado. Y tú no la veías (gracias, tía Eulogia, a ver qué día te das una vuelta por la casa). Pero el editor (cuando es bueno) sí que la vio. Y fue gracias a él que la gente quiso repetir rebanada y se formó una hora para obtener la firma.
Me lo dijeron varios pero la primera fue Karen Coeman, y me hizo mucho sentido. “Tu novela es buena. Y se puede ir a la imprenta así, si tú quieres. Siempre tendrás la última palabra. Pero…”
Si uno no teme escuchar lo que viene después de ese “pero…” se abre mucho a la posibilidad de conquistar nuevas cimas.
Y aunque es cierto que no siempre concuerdas en todo con el editor, mientras haya confianza, hay diálogo. “Esto sí” y “esto no” y adelante con los cambios. Diálogo para todo, incluso para convenir mutuamente que el texto no es para esa casa editorial y buscar otros caminos.
Ese libro que tienes en tus manos y que dice en la portada “Toño Malpica” o “Antonio Malpica” no es sólo producto del tecleo incesante de este sujeto. Es producto de la colaboración de muchas personas. Y si te gustó y fue armónico y lo disfrutaste, agradece también a aquella que movió la batuta para que sucediera y sonara bien. Y esa es nada más y nada menos que…
La editora (o el editor, se entiende).
En estos veinte años de LIJ he colaborado con muchas y muchos y a todos les estoy muy agradecido porque les debo mucho de mi crecimiento. Y, sin ir más lejos son (en estricto orden alfabético y esperando no haberme olvidado de nadie (pero si así fue se vale reclamar)):
Marisela Aguilar, Lizbeth Alvarado, Angélica Antonio, Ana Arenzana, Pilar Armida, Mara Benavides, Elisa Castellanos, Libia Brenda Castro, Karen Coeman, Olga Correa, Ana Laura Delgado, Lorenza Estandía, Vicente García, Daniel Goldin, Jael Stella Gómez, Yeana González, Ariel Hernández, Carla Hinojosa, Irma Ibarra, Paloma Jover, Laura Lecuona, Patricia López, Berta Márquez, Ismael Martínez, Dania Mejía, Diego Mejía, Mariana Mendía, Maia F. Miret, Guadalupe Ordaz, Eliana Pasarán, Federico Ponce de León, Rayo Ramírez, Sofía Ramírez, Paola Santos del Olmo, Sandra Sepúlveda, Grace Silva, María Cristina Vargas y Socorro Venegas.
Gracias por potenciar la magia.

Tweet about this on TwitterShare on Google+Share on Facebook

¿Me firma la playera, porfa?

 
20 Años en la LIJ – 6
 

 
Algo de lo que te enteras más pronto que después al dedicarte a las letras para niños y jóvenes… es que tienes que tratar con niños y jóvenes.
Naturalmente, puedes jugar al John Salinger y pedir que no te moleste nadie. Incluso ir a vivirte a una isla súper apartada. Y dedicarte al noble arte de escribir y nada más que escribir sin conceder entrevistas ni dejarte fotografiar ni permitir ser visto con luz de día. ¿Redes sociales? ¡Primero muerto! ¡Yo me debo a mi arte! (Portazo).
Pero también es cierto que, más pronto que después, te ves un día frente a cuarenta chamacos con uniforme escolar, todos ellos aguardando que digas algo interesante o considerarán seriamente la posibilidad de comerte vivo.
Y, desde luego, automáticamente vuelves a tener diez años de edad y estás exponiendo frente a todo 5°B las causas de la revolución mexicana mientras el bully del salón se lima las uñas, esas mismas con las que piensa descuartizarte en el recreo.
Tal vez tu primer pensamiento sea del orden de: “No necesito esto en mi vida. Ahora escribiré libros para los marcianos. Nunca se ha visto que los marcianos quieran conocer a sus autores.”
Pero nada, que el libro está escrito. Y es para niños y jóvenes. Y hay que promocionarlo. En la medida de lo posible.
¿Promocionarlo? ¿O sea que no escribe uno algo padre y lo manda a la editorial y se sienta a esperar las notificaciones de depósito del portal bancario?
Ummh… no.
En un mundo ideal, tal vez, pero en éste donde los paraguas se pierden y las llantas se ponchan y los helados se derriten… no.
Así que esa es la otra chamba. Si no es que, en realidad es la verdadera chamba. Porque escribir no tiene chiste. O bueno, sí lo tiene. Pero cuando descubres cuán feliz eres contando historias, deja de ser trabajo sentarte y teclear. Todo lo que gira en torno a eso, la escritura, es la verdadera y ardua labor.
Ser invitado a la feria del libro del país tal. Que te entrevisten en la tele. O en el diario. O que te convoquen a firmar libros a la explanada de la plaza equis. O que te tomen fotos parado en un pie sobre una pila de libros. O que mandes saludos a las mamás lectoras en su día.
O visitar escuelas.
Todo eso no es escribir. Pero hay que hacerlo también. Y lo aprendes más pronto que después.
En una FIL de Monterrey me pidieron, para promocionar mi libro, que me trepara a un árbol del parque fundidora. Había que esconder el ejemplar porque la dinámica en redes así lo indicaba. Y lo hice.
En una entrevista de radio me pidieron inventar una historia de miedo al vuelo para ver si de veras tan chipocles. Y lo hice.
En una presentación me pidieron que fingiera que entre la gente del público estaba el personaje real de mi libro, que llegaba a incordiar la presentación y tomaba posesión de ésta. Y lo hice.
Me pidieron que asistiera a cientos de escuelas. Y lo hice.
Lo sigo haciendo.
Y lo haré probablemente hasta el último día de mi existencia.
 

 
Porque cuando vences el miedo de la primera vez… y de la décima… y de la trigésima cuarta… (no llega tan pronto la confianza, esa es la verdad) te das cuenta de que probablemente es lo mejor de ser escritor de niños y jóvenes:
Los niños y los jóvenes.
Tus lectores.
Ha habido de todo, es cierto. Desde aquella presentación de preescolar en la que las misses me dejaron solo con el grupo y éste se amotinó (es una forma de decir que tomaron el control del salón, se pusiero a jugar, saltar, corretear (incluso abrazar al autor) y yo terminé abanicándome con el libro esperando un milagro) hasta aquella en la que, quince minutos antes de la hora de salida, me hicieron hablarle en el patio a quinientos adolescentes acalorados y ansiosos por salir corriendo, acerca de las virtudes de mi libro y la lectura.
Ha habido grupos en los que es imposible quitarles la cara de “¿y yo qué horrible pecado cometí en mi otra vida para tener que aguantar a este señor en ésta?” y ha habido grupos en los que necesitas que los profes asistan como fuerza de choque para aguantar a la entusiasta fanaticada.
Ha habido escuelas donde las aulas no tienen suelo de cemento ni bancas en forma, hasta escuelas en las que hay que pasar dos filtros de seguridad y alberca olímpica para llegar con los chicos.
Ha habido jardines de niños y universidades. México y otros países.
Ha habido de todo. Pero el común denominador es la enorme satisfacción de sostener un diálogo con el lector más honesto y más cálido que existe: aquel que no tiene miedo de decirte que no le gustó tu libro pero tampoco teme pedirte un abrazo o que le firmes la playera.
Hace treinta años, cuando salí de la Facultad de Ingeniería, sin idea alguna de dónde iba a terminar trabajando, si me hubiesen dicho que iba a acabar parándome con bastante frecuencia frente a grupos de chamacos de todas las edades a hablarles de libros y literatura y la vida y el galofreo (¿galo qué?) y futbol y caricaturas y lo que me viniera en gana sólo porque es parte de la mejor chamba del mundo, jamás lo hubiera creído.
Pero es así.
Ir a escuelas es la mitad de este trabajo que no cuesta ningún trabajo.
Y espero que, cuando pase esta cochina pandemia, lo siga siendo.

Tweet about this on TwitterShare on Google+Share on Facebook

Del cariño y otros menesteres literarios

 
20 años en la LIJ – 5
 

 
 
Naturalmente, cuando me empecé a hacer notar, también comenzaron a pedirme cosas. Que si una entrevista, que si un artículo, que si ser jurado, que si asistir a tal escuela (que merece entrada aparte), que si esto y que si aquello.
Y la verdad es que son tantas las ganas de un día vivir de la escritura, que agarraba todo lo que me aventaban. Víboras vivas y carbones encendidos también, como dicen por ahí.
Recuerdo, por ejemplo, cuando me quisieron incluir en las filas de los reseñistas de una revista. Había que leer un libro, reseñarlo, cobrar. Y eso fue lo que hice con el primero que me mandaron. Sólo que fui… umhh… tal vez demasiado honesto en mi reseña. Y aunque la publicaron, adivinen a quién no volvieron a llamar para una segunda participación.
En una de esas vueltas de la vida, recibí una llamada de cierto personaje que ubicaba perfectamente bien aunque conocía sólo un poco (la primera parte porque ya era una leyenda en el mundo de la LIJ en México y la segunda porque su esposa era mi editora en Castillo Macmillan).
Si no me equivoco eran los primeros meses del 2007 cuando recibí la llamada de Daniel Goldin al teléfono de la casa. A pesar de que habíamos tenido un trato muy ocasional en alguna cena o el pasillo de alguna feria, me trató con mucha familiaridad y me invitó a formar parte de una colección de libros de terror para chavos que estaba coordinando.
Y yo dije que sí porque, bueno, ni modo de negarse. Pero sí se sentía como un trabajo por encargo y yo ya estaba aprendiendo que no podía agarrar todo lo que me ofrecieran porque en una de esas hacía el papelón de que no me volvieran a llamar nunca jamás en la vida para una segunda reseña. (Okey, nunca lo superé pero estoy trabajando en ello).
La respuesta específica a Daniel fue: “Déjame pensar en algo y te aviso.”
Así que me esforcé para, en verdad, pensar en algo.
Todo fue sentarme en mi escritorio y decidir que quería escribir una novela de terror que cumpliera con las dos únicas condicionantes que me impuso Daniel: 1) Que espantara todo lo que pudiera y 2) Que no perdiera de vista que el público al que iría dirigida eran chavos de 12 años en adelante.
Y eso fue todo.
En verdad lo único que hice fue sentarme ante la hoja en blanco y pensar que quería escribir una novela de terror muy terrorífico para chavos de 12 en adelante.
¿Cuál fue tu inspiración para escribir “Siete esqueletos decapitados”?, probablemente sea la pregunta que más me han hecho en la vida (sólo en competencia con el célebre “¿me compras?” que utilizan mis hijos todos los días para poner a prueba mi despiadado corazón de piedra).
Y mi respuesta siempre es la misma: Ninguna.
Ninguna inspiración.
Ninguna.
Ya les hablaré yo de la mentada inspiración (que merece entrada aparte), porque de esa idea primigenia (ninguna) salieron dos mil páginas de una saga literaria que marcó un hito en mi carrera como escritor.
Era todavía el 2007 y yo tuve la suerte de poder enamorarme de un proyecto de encargo (no hay otra forma de hacerlo bien, creo) y entrarle a algo que me encantaba (el terror) aunque no supiera ni por dónde iba a entrarle exactamente.
Pero la verdad es que, de esa idea original (ninguna), saqué tanta tela para cortar como para escribir cinco libros, uno después del otro, durante diez años y sin bajarme nunca de un carrito de feria que tuvo bajadas, subidas y tanta adrenalina que cuando terminé, el desinflón emocional, aunado a la satisfacción de poner el punto final, fue como de quien culmina una maratón cuando creía que iba a necesitar paramédicos en el kilómetro cinco.
Nadie que se ponga a escribir una saga sabe en realidad en lo que se está metiendo. Eso seguro. Lo sé porque lo he platicado con otros escritores de sagas.
Y, con todo, ninguno de ellos cambiaría la experiencia por nada.
Es escribir bajo presión pero también escribir muy acompañado por el cariño. Lo he dicho antes y lo sostengo ahora. No hay lector más afectuoso que el lector de sagas. Termina en dos días un libro que a ti te tomó publicar dos años. Pero igual te espera otros dos años con paciencia y buena vibra. Y te echa porras.
Con todo, al decir que siempre estuve acompañado, también me refiero al equipo que rodeó a los libros para que funcionaran desde el principio. Y ahí también hubo mucho, mucho cariño.
Tanto edición (que también merece entrada aparte) como promoción fueron dos máquinas muy bien aceitaditas y muy comprometidas al interior de la editorial. No voy a decir que “todo se lo debo a mi mánager” (espero que alguien entienda la referencia), pero sí una graaaan parte. (Por eso creo que debo hablar, después, de los editores.) Sin Daniel, primero, y Sandra Sepúlveda después, no hubiera llegado de pie al final y sin dolor de caballo. Y sin la gente que se empeñó en que los libros fueran conocidos, “El libro de los héroes” seguro se habría quedado en el segundo o tercer volumen, por mucho que me empeñara en la calidad del contenido.
El mundo editorial está compuesto por muchas personas. Todas de carne y hueso. Y no se nos debe olvidar que cada quien hace su parte de la mejor manera posible. A veces con verdadera devoción.
Hoy en día Daniel y yo somos muy buenos amigos. Lo mismo ocurrió con todos los que tomaron los libros de la saga en sus manos. Y así me ha ocurrido en varias editoriales en las que he estado inmiscuido.
Diez años. Dos mil páginas. Sergio Mendhoza es un hijo más para mí. Uno de papel. Y marcó un hito en mi carrera porque me enseñó que la escritura también puede ser una carrera de fondo. Acostumbrado como estaba (como estoy) a escribir rápido y despachar rápido, los libros de ese chico que se llevaban dos años en salir me enseñaron que a veces vale la pena dejar madurar el fruto para que permanezca más y sepa mejor. Y que el cariño que uno siente por sus personajes, no por estar dirigido a seres incapaces de mandarte un whatsapp o ayudarte a cambiar una llanta o invitarte un trago, está mal dirigido. Porque a veces, sólo así, se consigue que el lector también los quiera.
“Para Sergio, Brianda y Jop. Gracias por todo, chicos” dice la dedicatoria de “Principio y fin”, último libro de la saga. Y acaso esas líneas estén, de toda mi producción editorial, entre aquellas de las que me sienta más orgulloso.
En resumen, el gusto juega. Pero el cariño es igualmente importante. Tanto con lo que pasa al interior de la página como con lo que pasa fuera de ella. Y se sonríe más, al final de la carrera, cuando juega también el corazón en el proceso.

Tweet about this on TwitterShare on Google+Share on Facebook

Salir volando por la ventana

 
20 años en la LIJ – 4
 

 
 
Era el 2007 y yo ya me sentía un poco más encanchado en las letras para niños y jóvenes.
Entre mi hermano Javier y yo ya empezábamos a hacer sonar el apellido Malpica en el mundo de la LIJ mexicana.
Y era reconfortante, la verdad. Porque el ver llegar el reconocimiento en algo que te gusta tanto es como cuando el jefe te sube el sueldo sin que tú se lo pidas. Todo un trancazo de endorfinas.
Pero justo porque ya empezaba a llegar esa confirmación de no haberme equivocado al tomar este camino, me empecé a preguntar si no podía simplemente escribir sin tener que pensar en premios. Y reconocimientos. Y una nota de prensa ocasional para presumírsela a mis padres.
Escribir sólo porque me gustaba.
Y publicar si corría con suerte, claro.
Pero, principalmente, no olvidar lo feliz que era cuando, simplemente, escribía. Sin pensar en otra cosa que la escritura por sí misma. No premios, no distinciones, no cuantiosas reimpresiones sino… sólo la escritura y ya.
Y este cuestionamiento llegó, increíblemente, a la par que un libro que me cambió la vida.
En dicho libro me encontré con el concepto del “galumphing”.
La palabrita sale del famoso poema del Jabberwocky, en “Alicia a través del espejo”. Y justo la traduje ayudándome con mi propio libro de Alicia en español. Galofrar. Galofreo. Galofrando.
¿Galo qué?
Galofrando.
¿Y eso qué (CENSURADO) es?
Bueno. Pues es nada más y nada menos que todo aquello que acometes sólo porque te hace feliz. Canturrear. Dar brinquitos en vez de caminar. Bailar a solas.
Jugar.
Todo el galofreo es antieconómico porque tal vez no te produzca ninguna utilidad (o estipendio) pero te hace feliz. Y ya con eso vale la pena adoptarlo en tu vida para siempre.
De hecho… más que adoptarlo, la idea es nunca dejarlo ir. Porque cuando eres niño, viene incluido con el paquete.
El libro se llama “Free Play – La improvisación en la vida y en el arte”, de Stephen Nachmanovith. Y me permitió poner en palabras lo que sentía cuando tocaba o cuando escribía. Porque descubrí que no hay mejor ayuda para la creación que…
…no… no son los cursos… ni los diplomados… ni los talleres… ni un estudio con vista a la costa azul francesa… sino…
…el disfrutar cuando estás creando.
Me puse a escribir mi primer libro sin ninguna otra idea en la cabeza que el simple hecho de contar algo que me importara y disfrutarlo al máximo y deliberadamente no meterlo a concurso o cosa similar.
(Un nuevo apunte respecto a esto de los concursos: Siempre, aunque sea veladamente, los jurados se inclinan por los textos (o películas o murales o postres veganos) que revelan cierta importancia humanística. Es decir, entre dos textos muy bien escritos, siempre tendrá más oportunidad de ganar aquel que, además, denuncia el racismo, por poner un ejemplo. ¿Y qué pasa con aquellos textos humorísticos que sólo quieren hacerte pasar un buen rato? ¿Habría ganado Roald Dahl el Juan de la Cabada con Matilda? Tal vez no. Pero a nadie le importa. Empezando por él mismo.)
Volviendo al punto… me puse a escribir soltándome por completo el greñero.
Y así…
Hablé de jazz y de ingeniería de sistemas y de la absurda y maravillosa y literaria posibilidad de que algo ocurra sólo porque crees en ello con todas tus fuerzas… y lo llamé “Billie Luna Galofrante”. Según yo, una novela juvenil para disfrutarse y nada más. Pero ya me temía que nadie lo querría publicar porque, para empezar, había jazz bebop (válgame) y tribulaciones de oficina (reválgame) y el protagonista principal era una viuda de treinta y tres años (sálvese quien pueda) y por ningún lado se denunciaba el racismo (por poner un ejemplo). ¿Qué tenía de juvenil eso? Probablemente nada. Pero lo mandé a Norma y mi querida Lorenza Estandía, en ese entonces editora en esa casa la disfrutó mucho y quiso publicarla en “Zona Libre”.
Y eso afianzó la base de mi permanencia en el mundo de la LIJ.
Por esta razón:
Si se puede escribir sin poner la mira más que en el simple y puro hecho de que te la pasas bomba diciendo lo que quieras y de paso hasta romper una o dos leyes naturales mientras escribes, porque en una de esas hasta consigues que el que te lea también se la pase bomba y admita que en verdad es posible salir volando por la ventana (literaria y maravillosamente hablando, claro) sólo porque tú lo dices, entonces nada puede ser más galofrante en el mundo y hay que quedarse para siempre.
En resumen: que si yo podía decir lo que quisiera y disfrutarlo y conseguir que alguien lo publicara, entonces este era el mejor trabajo del universo.
Y había que quedarse para siempre.
Y así ha sido desde entonces.
A la fecha no creo, ni de lejos, en la posibilidad de que un escritor no disfrute lo que hace porque, bueno, hay miles de posibilidades de masoquismo más interesantes que pasarte la tarde frente a un monitor tecleando en silencio. Y más redituables, por cierto.
Dice Terry Pratchet (quien está citado en “Billie Luna”, por cierto) que escribir es lo más divertido que puede hacer una persona sin necesitar de ayuda.
Y no podría estar más de acuerdo.
Casi a la par de “Billie Luna Galofrante” escribí “Una historia (más) de princesas”, un relato chusco en donde hay más enredos que en dos contorsionistas practicando judo. La verdad es que el libro no se vende mucho. ¿Me importa? Claro. ¡Qué más quisiera uno que todos sus hijos fueran guapos y exitosos! ¿Que si lo hubiera escrito de distinta manera para hacerlo bestseller o digno de alguna condecoración mundial? Ni por asomo. ¿Y cambiar lo gratificante que es hacer que una reina con todo y corona se suba a un árbol a gastarle bromas a los gnomos? ¡Ni loco!
Y así ha sido desde entonces.
Ha habido zombies chilangos y caballeros gruñones y pizzas en gravedad cero y hasta un papa de mentiras. Pero también ha habido soldados en la lluvia y un niño secuestrado que cuenta historias y un amor de principios del siglo XX y la amistad imperecedera de un niño con su abuelo. Ha habido risas y cotorreo. Y ha habido lágrimas y reflexión. Y terror.
Y todo ha sido galofrante.
Y no cambiaría ni uno solo de esos momentos por un Pulitzer. (Aunque claro, si saben de uno con descuento en Mercado Libre, no duden en avisarme).

Tweet about this on TwitterShare on Google+Share on Facebook