Del cariño y otros menesteres literarios

 
20 años en la LIJ – 5
 

 
 
Naturalmente, cuando me empecé a hacer notar, también comenzaron a pedirme cosas. Que si una entrevista, que si un artículo, que si ser jurado, que si asistir a tal escuela (que merece entrada aparte), que si esto y que si aquello.
Y la verdad es que son tantas las ganas de un día vivir de la escritura, que agarraba todo lo que me aventaban. Víboras vivas y carbones encendidos también, como dicen por ahí.
Recuerdo, por ejemplo, cuando me quisieron incluir en las filas de los reseñistas de una revista. Había que leer un libro, reseñarlo, cobrar. Y eso fue lo que hice con el primero que me mandaron. Sólo que fui… umhh… tal vez demasiado honesto en mi reseña. Y aunque la publicaron, adivinen a quién no volvieron a llamar para una segunda participación.
En una de esas vueltas de la vida, recibí una llamada de cierto personaje que ubicaba perfectamente bien aunque conocía sólo un poco (la primera parte porque ya era una leyenda en el mundo de la LIJ en México y la segunda porque su esposa era mi editora en Castillo Macmillan).
Si no me equivoco eran los primeros meses del 2007 cuando recibí la llamada de Daniel Goldin al teléfono de la casa. A pesar de que habíamos tenido un trato muy ocasional en alguna cena o el pasillo de alguna feria, me trató con mucha familiaridad y me invitó a formar parte de una colección de libros de terror para chavos que estaba coordinando.
Y yo dije que sí porque, bueno, ni modo de negarse. Pero sí se sentía como un trabajo por encargo y yo ya estaba aprendiendo que no podía agarrar todo lo que me ofrecieran porque en una de esas hacía el papelón de que no me volvieran a llamar nunca jamás en la vida para una segunda reseña. (Okey, nunca lo superé pero estoy trabajando en ello).
La respuesta específica a Daniel fue: “Déjame pensar en algo y te aviso.”
Así que me esforcé para, en verdad, pensar en algo.
Todo fue sentarme en mi escritorio y decidir que quería escribir una novela de terror que cumpliera con las dos únicas condicionantes que me impuso Daniel: 1) Que espantara todo lo que pudiera y 2) Que no perdiera de vista que el público al que iría dirigida eran chavos de 12 años en adelante.
Y eso fue todo.
En verdad lo único que hice fue sentarme ante la hoja en blanco y pensar que quería escribir una novela de terror muy terrorífico para chavos de 12 en adelante.
¿Cuál fue tu inspiración para escribir “Siete esqueletos decapitados”?, probablemente sea la pregunta que más me han hecho en la vida (sólo en competencia con el célebre “¿me compras?” que utilizan mis hijos todos los días para poner a prueba mi despiadado corazón de piedra).
Y mi respuesta siempre es la misma: Ninguna.
Ninguna inspiración.
Ninguna.
Ya les hablaré yo de la mentada inspiración (que merece entrada aparte), porque de esa idea primigenia (ninguna) salieron dos mil páginas de una saga literaria que marcó un hito en mi carrera como escritor.
Era todavía el 2007 y yo tuve la suerte de poder enamorarme de un proyecto de encargo (no hay otra forma de hacerlo bien, creo) y entrarle a algo que me encantaba (el terror) aunque no supiera ni por dónde iba a entrarle exactamente.
Pero la verdad es que, de esa idea original (ninguna), saqué tanta tela para cortar como para escribir cinco libros, uno después del otro, durante diez años y sin bajarme nunca de un carrito de feria que tuvo bajadas, subidas y tanta adrenalina que cuando terminé, el desinflón emocional, aunado a la satisfacción de poner el punto final, fue como de quien culmina una maratón cuando creía que iba a necesitar paramédicos en el kilómetro cinco.
Nadie que se ponga a escribir una saga sabe en realidad en lo que se está metiendo. Eso seguro. Lo sé porque lo he platicado con otros escritores de sagas.
Y, con todo, ninguno de ellos cambiaría la experiencia por nada.
Es escribir bajo presión pero también escribir muy acompañado por el cariño. Lo he dicho antes y lo sostengo ahora. No hay lector más afectuoso que el lector de sagas. Termina en dos días un libro que a ti te tomó publicar dos años. Pero igual te espera otros dos años con paciencia y buena vibra. Y te echa porras.
Con todo, al decir que siempre estuve acompañado, también me refiero al equipo que rodeó a los libros para que funcionaran desde el principio. Y ahí también hubo mucho, mucho cariño.
Tanto edición (que también merece entrada aparte) como promoción fueron dos máquinas muy bien aceitaditas y muy comprometidas al interior de la editorial. No voy a decir que “todo se lo debo a mi mánager” (espero que alguien entienda la referencia), pero sí una graaaan parte. (Por eso creo que debo hablar, después, de los editores.) Sin Daniel, primero, y Sandra Sepúlveda después, no hubiera llegado de pie al final y sin dolor de caballo. Y sin la gente que se empeñó en que los libros fueran conocidos, “El libro de los héroes” seguro se habría quedado en el segundo o tercer volumen, por mucho que me empeñara en la calidad del contenido.
El mundo editorial está compuesto por muchas personas. Todas de carne y hueso. Y no se nos debe olvidar que cada quien hace su parte de la mejor manera posible. A veces con verdadera devoción.
Hoy en día Daniel y yo somos muy buenos amigos. Lo mismo ocurrió con todos los que tomaron los libros de la saga en sus manos. Y así me ha ocurrido en varias editoriales en las que he estado inmiscuido.
Diez años. Dos mil páginas. Sergio Mendhoza es un hijo más para mí. Uno de papel. Y marcó un hito en mi carrera porque me enseñó que la escritura también puede ser una carrera de fondo. Acostumbrado como estaba (como estoy) a escribir rápido y despachar rápido, los libros de ese chico que se llevaban dos años en salir me enseñaron que a veces vale la pena dejar madurar el fruto para que permanezca más y sepa mejor. Y que el cariño que uno siente por sus personajes, no por estar dirigido a seres incapaces de mandarte un whatsapp o ayudarte a cambiar una llanta o invitarte un trago, está mal dirigido. Porque a veces, sólo así, se consigue que el lector también los quiera.
“Para Sergio, Brianda y Jop. Gracias por todo, chicos” dice la dedicatoria de “Principio y fin”, último libro de la saga. Y acaso esas líneas estén, de toda mi producción editorial, entre aquellas de las que me sienta más orgulloso.
En resumen, el gusto juega. Pero el cariño es igualmente importante. Tanto con lo que pasa al interior de la página como con lo que pasa fuera de ella. Y se sonríe más, al final de la carrera, cuando juega también el corazón en el proceso.

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Salir volando por la ventana

 
20 años en la LIJ – 4
 

 
 
Era el 2007 y yo ya me sentía un poco más encanchado en las letras para niños y jóvenes.
Entre mi hermano Javier y yo ya empezábamos a hacer sonar el apellido Malpica en el mundo de la LIJ mexicana.
Y era reconfortante, la verdad. Porque el ver llegar el reconocimiento en algo que te gusta tanto es como cuando el jefe te sube el sueldo sin que tú se lo pidas. Todo un trancazo de endorfinas.
Pero justo porque ya empezaba a llegar esa confirmación de no haberme equivocado al tomar este camino, me empecé a preguntar si no podía simplemente escribir sin tener que pensar en premios. Y reconocimientos. Y una nota de prensa ocasional para presumírsela a mis padres.
Escribir sólo porque me gustaba.
Y publicar si corría con suerte, claro.
Pero, principalmente, no olvidar lo feliz que era cuando, simplemente, escribía. Sin pensar en otra cosa que la escritura por sí misma. No premios, no distinciones, no cuantiosas reimpresiones sino… sólo la escritura y ya.
Y este cuestionamiento llegó, increíblemente, a la par que un libro que me cambió la vida.
En dicho libro me encontré con el concepto del “galumphing”.
La palabrita sale del famoso poema del Jabberwocky, en “Alicia a través del espejo”. Y justo la traduje ayudándome con mi propio libro de Alicia en español. Galofrar. Galofreo. Galofrando.
¿Galo qué?
Galofrando.
¿Y eso qué (CENSURADO) es?
Bueno. Pues es nada más y nada menos que todo aquello que acometes sólo porque te hace feliz. Canturrear. Dar brinquitos en vez de caminar. Bailar a solas.
Jugar.
Todo el galofreo es antieconómico porque tal vez no te produzca ninguna utilidad (o estipendio) pero te hace feliz. Y ya con eso vale la pena adoptarlo en tu vida para siempre.
De hecho… más que adoptarlo, la idea es nunca dejarlo ir. Porque cuando eres niño, viene incluido con el paquete.
El libro se llama “Free Play – La improvisación en la vida y en el arte”, de Stephen Nachmanovith. Y me permitió poner en palabras lo que sentía cuando tocaba o cuando escribía. Porque descubrí que no hay mejor ayuda para la creación que…
…no… no son los cursos… ni los diplomados… ni los talleres… ni un estudio con vista a la costa azul francesa… sino…
…el disfrutar cuando estás creando.
Me puse a escribir mi primer libro sin ninguna otra idea en la cabeza que el simple hecho de contar algo que me importara y disfrutarlo al máximo y deliberadamente no meterlo a concurso o cosa similar.
(Un nuevo apunte respecto a esto de los concursos: Siempre, aunque sea veladamente, los jurados se inclinan por los textos (o películas o murales o postres veganos) que revelan cierta importancia humanística. Es decir, entre dos textos muy bien escritos, siempre tendrá más oportunidad de ganar aquel que, además, denuncia el racismo, por poner un ejemplo. ¿Y qué pasa con aquellos textos humorísticos que sólo quieren hacerte pasar un buen rato? ¿Habría ganado Roald Dahl el Juan de la Cabada con Matilda? Tal vez no. Pero a nadie le importa. Empezando por él mismo.)
Volviendo al punto… me puse a escribir soltándome por completo el greñero.
Y así…
Hablé de jazz y de ingeniería de sistemas y de la absurda y maravillosa y literaria posibilidad de que algo ocurra sólo porque crees en ello con todas tus fuerzas… y lo llamé “Billie Luna Galofrante”. Según yo, una novela juvenil para disfrutarse y nada más. Pero ya me temía que nadie lo querría publicar porque, para empezar, había jazz bebop (válgame) y tribulaciones de oficina (reválgame) y el protagonista principal era una viuda de treinta y tres años (sálvese quien pueda) y por ningún lado se denunciaba el racismo (por poner un ejemplo). ¿Qué tenía de juvenil eso? Probablemente nada. Pero lo mandé a Norma y mi querida Lorenza Estandía, en ese entonces editora en esa casa la disfrutó mucho y quiso publicarla en “Zona Libre”.
Y eso afianzó la base de mi permanencia en el mundo de la LIJ.
Por esta razón:
Si se puede escribir sin poner la mira más que en el simple y puro hecho de que te la pasas bomba diciendo lo que quieras y de paso hasta romper una o dos leyes naturales mientras escribes, porque en una de esas hasta consigues que el que te lea también se la pase bomba y admita que en verdad es posible salir volando por la ventana (literaria y maravillosamente hablando, claro) sólo porque tú lo dices, entonces nada puede ser más galofrante en el mundo y hay que quedarse para siempre.
En resumen: que si yo podía decir lo que quisiera y disfrutarlo y conseguir que alguien lo publicara, entonces este era el mejor trabajo del universo.
Y había que quedarse para siempre.
Y así ha sido desde entonces.
A la fecha no creo, ni de lejos, en la posibilidad de que un escritor no disfrute lo que hace porque, bueno, hay miles de posibilidades de masoquismo más interesantes que pasarte la tarde frente a un monitor tecleando en silencio. Y más redituables, por cierto.
Dice Terry Pratchet (quien está citado en “Billie Luna”, por cierto) que escribir es lo más divertido que puede hacer una persona sin necesitar de ayuda.
Y no podría estar más de acuerdo.
Casi a la par de “Billie Luna Galofrante” escribí “Una historia (más) de princesas”, un relato chusco en donde hay más enredos que en dos contorsionistas practicando judo. La verdad es que el libro no se vende mucho. ¿Me importa? Claro. ¡Qué más quisiera uno que todos sus hijos fueran guapos y exitosos! ¿Que si lo hubiera escrito de distinta manera para hacerlo bestseller o digno de alguna condecoración mundial? Ni por asomo. ¿Y cambiar lo gratificante que es hacer que una reina con todo y corona se suba a un árbol a gastarle bromas a los gnomos? ¡Ni loco!
Y así ha sido desde entonces.
Ha habido zombies chilangos y caballeros gruñones y pizzas en gravedad cero y hasta un papa de mentiras. Pero también ha habido soldados en la lluvia y un niño secuestrado que cuenta historias y un amor de principios del siglo XX y la amistad imperecedera de un niño con su abuelo. Ha habido risas y cotorreo. Y ha habido lágrimas y reflexión. Y terror.
Y todo ha sido galofrante.
Y no cambiaría ni uno solo de esos momentos por un Pulitzer. (Aunque claro, si saben de uno con descuento en Mercado Libre, no duden en avisarme).

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30 mil pelucones

 
20 Años en la LIJ – 3
 

 
Bueno… y si ya me había ido bien en un par de concursos de LIJ y varios de NOLIJ… ¿por qué no seguirlo intentando?
Así que me fui de frente.
De mi antiguo despacho de sistemas conservé un solo cliente para sufragar los fijos y me metí a cuanto premio se me pusiera por delante para… pues sí, para salir adelante.
No es broma.
Mis búsquedas en internet estaban comandadas por las palabras premio, certamen, concurso, literatura, novela, cuento, infantil, juvenil. (Excepto poesía, en la que soy más malo que Voldemort cuando se agarra los dedos con la puerta del coche, pero esa es otra historia).
Bien. Hay algo que deben saber respecto a las bondades de participar en premios literarios.
 
1 – Te obliga a escribir con una fecha límite. Eso no es bueno sino buenísimo. Es la mejor receta para terminar lo que estás escribiendo en algún futuro realmente cercano.
2 – Te obliga a escribir pensando en que tienes que conseguir algo con la suficiente calidad como para ganar un premio. Más carbón a las calderas, pero vale la pena.
3 – Te obliga a escribir. Punto.
 
Quedémonos con la número tres.
En ese entonces adquirí la manía/costumbre/chifladura de participar en concursos.
En el 2004 gané el concurso aquel al que entré con “Las mejores alas”, pero esta vez el primer lugar con “Querido tigre Quezada”.
Ese año también gané el concurso MECYF de Ciencia Ficción con la novela “El cura de piedra”
En el 2005 gané el Gran Angular otra vez con “El nombre de Cuautla”.
En el 2006 una mención en el premio “Una vuelta de tuerca” de Novela Negra con “Apostar el resto”.
En el 2007 ahora sí el “Vuelta de tuerca” con “La lágrima del Buda” y el Barco de Vapor con “Diario de guerra del Coronel Mejía”
Y no sigo para no empezar a caer gordo. Pero recuerdo que una vez el hijo de un amigo mío le preguntó a éste, frente a mí, que a qué me dedicaba y mi amigo le respondió, sin perder el peinado y sin soltar el refresco: “¿Toño? Creo que gana premios”.

Pero volvamos al punto 3.
Todo el mundo habla de los concursos que gana porque son los que salen en el currículum. Pero… ¿qué hay de los que no gana?
“Había una vez un niño llamado Perico” participó en un concurso y no ganó. Pero igual fue publicado y gusta. Creo.
“La máquina” ídem.
Y así otros libros que no por no ganar se quedaron sin posibilidades.
“El cura de piedra”, aunque ganó (sus buenos 30 mil pelucones), no se publicó hasta 10 años después. Bajo el nombre de “No nos extrañará el sistema” en Ediciones SM, que al fin quiso cobijarla. Y gusta. Creo.
Y así.
He aquí el punto:
(Que es el tres, ¿recuerdan?).
Lo importante es escribir. Y no detenerte.
La verdadera bondad de los premios en mi carrera fue que me acostumbraron a no dejar de escribir. Cosa que hago hasta ahora. Escribir, terminar el libro, mandarlo a editorial (últimamente ya no a premio), y mientras espero respuesta, escribir, terminar el libro, mandarlo a editorial (últimamente ya no a premio), y mientras espero respuesta, escribir…
¿Captas?
He aquí un consejo para participar en premios y sentir que puedes ganar:
(Para que no vayas por ahí creyendo que soy un súper dotado)
(De hecho, cuando soy jurado, es el único criterio que sigo para elegir un texto).
(De hecho es el único consejo posible que te puedo dar para poner algo en el mundo que estás obligado a firmar con tu nombre).
¿Listo?
Chan, cha cha chaaaan….
Redoble…
Okey. El consejo es éste:
 
* Lo que te estás llevando a los ojos te tiene que encantar *
 
No, no “gustar” a secas, sino “encantar”.
Puede parecer arrogante pero no hay otra forma de poder pasearte por los pasillos de una librería (o el mundo) y que cuando veas un ejemplar (o una obra) tuyo(a), en vez de salir corriendo apenado, sientas un poquito de orgullo.
Es una cuestión de simple honestidad. Si lo leíste y no te encanta, entonces no has terminado.
Piensa en ello como en un banquete que vas a servir a gente que quieres mucho. ¿Lo probaste? Mínimo. ¿Te gustó? Bien. ¿Te encantó? ¡Excelente! Tal vez hasta ganes un premio.
Y ya me voy antes de caerles, ahora sí, gordo para siempre.
La próxima semana hablamos del galofreo, que es importante. Mucho Muy Importante, de hecho.

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El colado de la fiesta

 
20 Años en la LIJ – 2
 

 
Pónganse por un momento en mis zapatos. Ingeniero en computación, sin formación académica en las letras, cuyos únicos logros verificables habían sido un premio de cuento (para grandes), algunas buenas críticas en teatro (para grandes) y una mención honorífica en un concurso de Ciencia Ficción (para grandes), el hacer algo para chicos me seguía pareciendo un tremendo atrevimiento.
Lo mío no era el síndrome del impostor, era la viva personificación del colado de la fiesta. Incluso fui de traje y corbata al evento en donde premiaron “Las mejores alas” porque venía de la oficina.
Con todo, al parecer las puertas de la LIJ estaban abiertas. En ese evento conocí a Francisco Hinojosa y a María Baranda. Y ambos me trataron como si yo no me hubiera escabullido a la pachanga por la puerta de servicio sino como cualquier otro que lleva invitación impresa con su nombre.
Porque bueno… en realidad… así era. Pero yo… bueno, ¿ya lo dije? No me la creía.
Así que escuchen esto. En vez de seguir el camino de la LIJ, me fui por el otro. Todavía. Porque me pareció lo más natural.
Fue en el 2002, un año después de la publicación de “Las mejores alas”, cuando me animé a renunciar a todo y abrir un café con mi esposa. Pedí prestado para ponerlo y me las vi negras para sostenerlo.
¿Qué tan negras? Bueno, como para participar en cuanto concurso literario se me pusiera enfrente porque de pronto me pareció un esfuerzo muy a mi alcance para achicar el agua del bote de mi vida.
Así que le entré a uno de Novela Breve (para grandes) y, oh fortuna, lo gané. El año siguiente volví a entrar al mismo de Novela Breve (para grandes) y, oh fortuna, ¿estás de broma?, lo volví a ganar. Ese mismo año entré a uno de Dramaturgia (para grandes) y, lo que son las cosas, je, háblame derecho fortuna, también lo gané.
Así y todo, las deudas me seguían ahorcando e incluso tuve que volver a los sistemas para no morir de hambre.
Una buena tarde, charlaba con mi amigo de años y asiduo cliente del café, Héctor Ugalde, y con la plática, surgió la idea de una novela juvenil. ¿Qué tal una historia donde un chico de 14 años tenga tan prodigiosa capacidad para jugar al ajedrez que nunca pierda?
Algo así de sencillo me hizo sentir como cuando de joven ibas por la calle y de repente veías pasar a esa muchacha con la que hiciste clic en aquella fiesta y a la que se te pasó pedirle el teléfono.
La escribí de un tirón. Con el mismo ímpetu y usando más o menos la misma receta que en “Las mejores alas”: Divirtiéndome mucho y queriendo mucho a los personajes. Me pareció que quedó bien y la mandé a otro concurso, el de novela juvenil Gran Angular, el premio hermano de “El Barco de Vapor”, aquel que ganó M.B. Brozon y que, para entonces, mi hermano Javier también ya había ganado.
Oh, fortuna, en verdad tenías un crush conmigo, ¿eh?
¿Pueden imaginar el alivio que sentí cuando me avisaron que “Ulises 2300” ganó? Gracias al monto económico de ese premio pude levantar cabeza, pude pagar deudas y pude tambien… deshacerme del café. En efecto, mi esposa y yo lo vendimos porque lo poco que habíamos logrado en año y medio de remar contracorriente, nos lo echó abajo un Starbucks que abrieron a dos cuadras. (Por eso les tengo tirria, ustedes perdonarán, pero esa es otra historia).
La novela salió, con dedicatoria para mis padres y Héctor Ugalde (UCH, para los cuates). Me permitió ir en primera fila a mi primera Feria de Libro, con invitación impresa con mi nombre y adivinen al lado de quién: María Baranda, quien ganó El Barco de Vapor ese mismo año.
De cualquier modo, tuve que seguir haciendo sistemas y correteando el bolillo de diversas maneras. Pero en mi opinión, de esa fiesta ya nadie me sacaba a la calle.
No era más el colado.
Si Ulises Bernal podía enfrentar a un Gran Maestro Ruso del Ajedrez en un café del aeropuerto, yo podía también, algún día, vivir de escribir libros (para chicos, naturalmente).
¿Por qué no?

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Aventarse como el Borras

 
20 Años en la LIJ – 1

 
 
¿Qué hace que un relato sea para niños?
No estoy seguro de la respuesta. Veinte años de escribir para ellos y todavía no puedo pasar la fórmula exacta. En aquel año dos mil, ante la convocatoria del Premio Nacional Castillo de la Lectura, me hice justo esa pregunta para poder entrar.
Y, desde luego, no la pude responder.
Intuía que no tenía que ser nada parecido a “El Principito” ni “Platero y yo” y sí, tal vez, a “Momo” o “Peter Pan”. Pero era mera intuición porque todas mis referencias eran de libros de décadas pasadas y yo no tenía ni idea de qué se estaba escribiendo, en ese momento, para niños.
Para entonces yo ya conocía a M.B. Brozon gracias a mi hermano Javier y también sabía que había ganado el Premio Barco de Vapor años antes. De hecho fueron ella y Javier quienes me animaron a escribir para el premio. ¿Por qué? Por la simplísima razón de que escribía rápido (soy uno de esos casos raros de escritores que usan los diez dedos y nunca miran al teclado) y la fecha de entrega era bastante pronto. Con todo, a pesar de conocer a Mónica, aún no había leído “Casi medio año” y no sabía como para dónde apuntar los cañones. Javier me aconsejó nada más que tratara de ser divertido.
Y así, me aventé, como dicen, “como el Borras.”
En aquellos días yo pasaba muy seguido en el coche por la fuente de la Diana y me tocaba mucho ver a unos niños de la calle que hacían la torre humana durante la luz roja del semáforo. Tres niños, uno encima de otro, que luego pedían cooperación. El de hasta arriba, el más chiquito y el más moreno, se quedó en mi memoria por una razón: yo no siempre traía cambio en el coche para darle pero siempre (a la Roald Dahl, je) tenía dulces. Y le daba dulces. Él se ponía más contento cuando le daba dulces que dinero.
Me hizo notar que, pese a todo, su infancia estaba intacta.
De ahí nació “Las mejores alas”. La historia de un niño de la calle llamado Gus… que se muere en el capítulo uno.
¿¿¿QUÉ????
Como lo leen. Ni vale la pena como spóiler porque así arranca la novela.
Recuerdo cómo me solté el pelo cuando me puse a pensar en la historia. Decidí que escribiría algo que a mí me gustara mucho, sólo que sin perder de vista que estaba escribiendo para niños. Pensé que no podía haber mejor fórmula que esa: “si a mí me gusta y también a los chamacos, ya la hice, porque será como sentarme a platicar con un amigo.”
Y así, al deschongarme mientras imaginaba la historia, le metí todo lo que quise y conté como quise, sin prejuicios ni poses ni congojas. Yo venía de escribir cosas para grandes con muy poca fortuna. Y teatro, mucho teatro, con mejor fortuna pero mala taquilla. Supongo que por eso escribir para niños fue una especie de liberación. Un volver al juego y al gozo natural de la invención por sí misma.
Y funcionó.
No esperaba nada para esa novela, pero me divertí mucho escribiéndola y consideré que eso ya era un pequeño triunfo. ¿Quién no querría dedicarse para siempre a eso que le ha encantado tanto hacer que no tendría problema en seguirlo haciendo indefinidamente?
Y no, no esperaba nada.
(En la imagen, la primera página, con seudónimo, así como la mandé al concurso).

Pero así, de repente, un día, a media jornada laboral (yo trabajaba de 7 AM a 3 PM en el área de sistemas de una empresa de tiempos compartidos) me llegó un correo electrónico que decía FELICIDADES.
Y así empezó todo. No podía creer que hubiera funcionado tan bien el experimento. Un tercer lugar en un concurso nacional de una disciplina en la que yo jamás había incursionado. Increíble.
Estaba yo tan encantado que no me importó ocupar el dinero del premio para evitar una demanda. En ese entonces yo todavía sostenía, a la par que mi otro trabajo, un pequeño despacho de desarrollo de software. Un cliente había amenazado con demandarnos si no le devolvíamos lo que pagó por un reporte que no jalaba como él quería. Así que mi primer dinero por parte de la LIJ se fue tan pronto como vino. Pero la alegría se quedó.
¡Uhh… vaya que se quedó!
Aunque yo seguí trabajando de 7 a 3 y malsosteniendo mi despacho de sistemas.
La aparición de “Las mejores alas” coincidió con la aparición también de mi primera novela para grandes: “El impostor”. A ambas les tengo un enorme cariño. Pero el Impostor nunca llegó, que yo sepa, a la primera reimpresión. Y en cambio “Las mejores alas”, veinte años después, aunque en una edición distinta y aunque Castillo ahora sea parte de Macmillan y aunque aquellos niños de la calle hayan crecido… se sigue imprimiendo y se sigue vendiendo.

Ver mi nombre por primera vez en un libro fue maravilloso. No hay nada que se le compare cuando crees que tienes cosas que decir y reconoces que te gustaría, en verdad, ser escuchado. O leído. Y “Las mejores alas” me dio esa irrepetible alegría.
Gus, en su libro, sin explicarse porqué, quería volar. No en un avión (así qué chiste) sino con sus propios medios, sus propias alas.
Y con ese anhelo, ese niño de cara sucia, sin saberlo, me dotó de las alas necesarias para intentar algún día volar por mi cuenta.
Era el año 2000 y yo no sabía qué es lo que hace que un relato sea para niños.
Hoy en día sigo sin saberlo.
Pero sí sé que escribir de corazón funciona.
Y te puede ayudar, un día, a levantar el vuelo. En la escritura o en la vida, que a veces hasta resulta que son la misma cosa.

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Música de organillo

 
“Todos improbables para todos, porque no nos vemos. Por eso es tan hermoso oír los sonidos, y saber que la Ciudad de México está todavía ahí, con gente…”
 
 

 
 
Sesenta mil. Catástrofe.
Tomo -mañosamente, claro- el pretexto del primer día del segundo centenario de Ray Bradbury para traer a cuento cierto pasaje de “El vino del estío”.
Acaso por su alusión a México es que me asaltó durante mi habitual insomnio.
Acaso sólo porque es uno de esos pasajes que se quedan para siempre. Y surgen de repente.
Charlie Woodman lleva a Douglas y a John a conocer una máquina del tiempo.
Una máquina que no es tal. Es únicamente el anciano coronel Freeleigh, solo en su casa, quien a la menor provocación se deshace en recuerdos. Así, habla a los tres niños de cuando vio morir a Ching Ling Soo en 1910, o de cuando no se atrevió a disparar a una estampida de búfalos siendo joven, o de la guerra, de la cual sostiene que no es algo que se pueda ganar. “Un montón de derrotas y penas, y nada bueno sino el fin”.
Y los muchachos, fascinados, prometen volver otro día.
El viejo coronel está solo. Está aislado. Y consuetudinariamente llama a México (sí, a Mexico) sólo para pedir a Jorge, del otro lado de la línea, a miles de kilómetros, que ponga la bocina en la ventana.
Y así, ese día que aún no sabía que sería el último:
“…oyó a mil personas, a la luz de otro sol, y la débil y tintineante música de un organillo que sonaba La marimba”.
El viejo coronel está solo. Y no ha salido de su casa en diez años. Acaso por esto comprende lo hermoso que puede ser escuchar a un tranvía dar la vuelta o a las tortillas friéndose en el mercado. La gente y los ruidos de la gente.
Ese último día de últimos sonidos, Charlie, Doug y John volvieron. Y hallaron al coronel sentado en el suelo. El silencio era aplastante y nadie quiso romperlo. Douglas sólo sacó el teléfono de los dedos ya casi fríos del coronel.
Y así, los chicos comprendieron que con el coronel se perdieron la memoria y la posibilidad de viajar en el tiempo otra vez a ver a Ching Ling Soo morir en un fallido acto de circo.
En su asombro ante la pérdida, Doug le hace ver a su hermano Tom al día siguiente:
“…una manada de búfalos tan grande como todo Green Town, Illinois, cayó por un precipicio hacia la nada. Ayer una gran cantidad de polvo se asentó para siempre. ¡Es terrible, Tom, terrible! ¿Qué vamos a hacer sin esos búfalos?”
Y yo digo:
Sesenta mil.
Terrible.
El viejo coronel decía que cualquier ciudad, Nueva York, Chicago, se hace improbable con la distancia.
Así la Ciudad de México. O México mismo.
Improbable, pero factible.
Acaso baste escuchar, palpar, percibir, para devolver la cifra a la realidad. Acortar la distancia.
Atender a la gente y los sonidos de la gente.
Y recordar que sesenta mil se dice fácil, pero uno solo basta para llamarlo catástrofe. Más si ese uno se llevó consigo y para siempre al general Lee, a Grant y la bala que perdonó a una estampida.
O el día que la pidieron en matrimonio en su casita en Tacubaya.
O la tarde que se comió un esquite de la mano de su mejor amiga.
O el momento en que regresó de los Estados Unidos y abrazó de nuevo a sus padres.
Terrible.
¿Qué vamos a hacer sin esos búfalos, Tom?
¿Qué vamos a hacer?

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Carta para encender una luz

 
 
Querido Yo del futuro cercano:
 

Antes que nada… ¿cómo estás?

(Pregunta retórica. Sé que estás perfectamente.)

¡Vaya! ¿De que otra forma podrías estar? ¿Y por qué otra razón te escribiría si no es porque te encuentras tan jodidamente bien que no te importa sostener esta charla con quien fuiste?

Honestamente, quise escribirte porque sé que de algún modo, en este momento, estás pensando en mí.

Y quiero que sepas que está bien.

Ahora que te parece que lo que viviste fue como un sueño y que todo se antoja brumoso e irreal y absurdo, quiero decirte que en realidad pasó.

Que en este momento está pasando.

El mundo en la ventana, las espantosas cifras, el olor a desinfectante, el coloquio en pantallita.

Todo. Todo pasó. Todo está pasando.

Ahora te parece extraño, fuera de sitio, difícil de creer. ¿En verdad hicimos esto y aquello?

Claro.

¿El encierro, la incertidumbre, el miedo?

Claro. Pasó.

Está pasando.

De aquí el que quisiera escribirte. Porque a mí la perspectiva me permite un cierto nivel de conciencia que vale la pena despertar en ti.

Y, por ello, pedirte algunas cosas.

La más obvia, para empezar.

¿Por qué no estás sonriendo como un imbécil?

Hazlo. Todos los días. Vale la pena. No me hagas decirte el porqué, carajo. Claro que lo sabes.

Una más.

Espero que estés atiborrando la agenda de reuniones. Y que tengas el anhelo de ser el primero en llegar y el último en irte. Y que lo cumplas.

Tambien quiero pedirte que te detengas bajo el sol sin motivo aparente. Y que promuevas la plática con aquel que te topes en la calle. Y que compres todo lo que puedas mirando al tendero a los ojos. Y que camines en la lluvia, claro, sin motivo aparente.

Quiero escucharte decir “¡Qué gusto verte! ¿gustas pasar?”, casi tantas veces como abras la puerta. Y oírte decir “¡Cómo! ¿te vas tan pronto?”, unas tantas más.

Quiero que recuerdes todos los rostros que puedas, en compensación por los días que tuviste que verlos a medias. Y que valores cómo la tristeza, la alegría, el enojo… no son patrimonio exclusivo de la mirada. Y que las sonrisas, cuando no son imaginadas, iluminan más que un reflector.

Te encargo que en la medida de lo posible estreches manos, obsequies abrazos, palmees espaldas, beses y te dejes besar. El ser humano necesita de eso para vivir. Supongo que ya te diste cuenta. (Este ser humano, al menos.)

Ve a más conciertos, juega más en equipo, baila.

Métete entre la gente.

Aprecia, siente, disfruta el pulso de una buena concurrencia.

Y por favor…

Tómate una foto en grupo. Una en donde la distancia más sana sea la del brazo sobre el hombro del de al lado. Y donde todos reflejen que este es el mejor momento para ser vivido.

Y me la mandas.

Por último te pido, nada más, que estés lo más próximo posible. Que acortes esta separación. Que vengas ya.

Y que me pienses como es posible pensar también al Yo del futuro más lejano. A aquel al que tal vez podamos encargarle que se precie de ambos. Y de todo lo que nos pasó. A ti y a mí. Para que pueda mirarnos con una sonrisa y asegurarnos que todo, al final, por supuesto, termina bien.

Porque… (pregunta retórica) ¿De que otra forma podría ser?
 
 
Con afecto,
 
Yo. Ahora.

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Era la hora del recreo


 
Lupita se sentó cómodamente.
Puso su lonchera sobre su escritorio y la abrió.
Había estado esperando este momento por varias semanas. Y al fin había llegado.
Su mamá estaba de visita en su casa y le había preparado el sándwich justo como lo hacía cuando ella era niña. Con ciertos añadidos de abuela experimentada que mejoraban notablemente el lunch.
Era la hora del recreo y el salón de clases estaba vacío.
Pero no porque los niños estuvieran en el patio, jugando.
Todos habían salido temprano a un paseo escolar.
Así que tenía el aula de sexto grado para ella sola.
Y el lunch para ella sola.
No habría modo de que se presentara algún chiquillo como a veces le pasaba, en pleno recreo.
Y mirara su lunch con codicia. “¿Me convida, miss?”
A lo que ella invariablemente respondía: “Bueno.”
No habría modo de eso ni de que le intercambiaran su sándwich por unas papas. O por un pedazo frío de pizza. Como a veces le pasaba. No, señor.
Así que se repantigó en la silla y extrajo el lunch que le había preparado su mamá, de visita en su casa. Aquel sándwich de dos pisos con la superficie semitostada, las varias rebanadas de carnes frías y legumbres y aderezos. La lechita en tetrapack. Las dos galletas.
Se dispuso a morder cuando… se sintió observada.
Y en efecto. Un par de ojitos la miraban del otro lado de la ventana.
Aunque lo intentó, no pudo continuar. Fue a la puerta.
“¿Qué pasó, Pedrito? ¿Por qué no fuiste al paseo escolar?”
“Es que no traje el permiso firmado, miss. ¿Puedo quedarme un rato con usted?”
A lo que ella, invariablemente, respondió: “Bueno.”
Pedrito, que ni siquiera pertenecía a ese salón, se sentó en una butaca del frente. A observarla.
Lupita lo intentó, pero no pudo continuar. Entonces llamaron a la puerta.
“La busca la directora, miss”, dijo aquel prefecto.
Y Lupita supo que todo estaba perdido. Ni modo de llevarse el sándwich. Ni modo de guardarlo en la lonchera, evidenciando así que no confiaba en aquel niño de segundo grado. Ni modo de comérselo a la carrera. Todo perdido.
Suspiró y fue a la oficina de la directora. A los cinco minutos, que volvió corriendo, pensó que ya no encontraría ni migajas. Pero no. El sándwich estaba íntegro. Y la leche. Y las galletas.
Tomó asiento. Quiso continuar pero no pudo.
“¿A qué horas vienen por ti, Pedrito?”, preguntó con pesar.
“Hasta la hora de la salida, miss”.
“No me digas. ¿Y por qué tan tarde?”, siguió preguntando, aún con más pesar.
“Porque hasta esa hora sale mi mamá de trabajar”.
“Pero sí traes lunch, ¿verdad?”, se atrevió a indagar, padeciendo el pesar más pesaroso de todos los pesares.
“No.”, respondió Pedrito.
Lupita ya no quiso ni indagar porqué. Suspiró. Y luego fue la más valiente maestra del mundo. Porque lo siguiente no lo susurró ni lo dijo entre dientes ni nada por el estilo.
“¿Quieres?”
A lo que Pedrito, invariablemente, respondió: “Bueno”. Y se comió tres cuartas partes del sándwich, una galleta y la mitad de la leche.
Pero le dedicó un dibujo a la miss Lupita antes de que su mamá pasara por él. Uno de naves espaciales aterrorizando la ciudad, con llamas y explosiones y toda la cosa.
Y Lupita supo, como a veces le pasaba, que eso compensaba el día entero.
 
Con todo cariño para nuestros queridos maestros, en este día de aulas vacías
 
 
Toño Malpica

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Felices, Juntos

 
Un cuento para combatir el aislamiento.
 

 
Constanza y Vidal tenían 19 meses de verse en el mismo café.

Se conocieron ahí una tarde en la que, a falta de lugares, compartieron mesa.

Desde entonces comenzaron a sentarse juntos, ella a tomar café cargado y él, té de bolsita.

No podían ser más distintos. A ella le chiflaban las películas de acción, a él las de época. A ella las novelas de terror, a él las de época. A ella la música contemporánea, a él la de otras épocas. Ella vivía con su madre, quien seguía regañándola por no ordenar su cuarto; él vivía solo y era un maniático de la pulcritud. Ella vivía en una planta baja, con amplia vista a la calle; él, vivía en un piso 11 con vista al cubo central. Ella trabajaba en oficina, él en casa.

Y nunca se habían tocado.

Excepto por aquel roce fugaz, cuando en la radio sonaba “Happy together”, al momento de intentar tomar, al mismo tiempo, la última galleta del plato y que los hizo sonrojar, no se habían tocado ninguna otra vez.

Siempre se saludaban con un ademán y se despedían con un gesto.

Con todo… se habían aficionado a ese café y a esas tardes donde, de seis a siete y media de lunes a viernes, no hacían más que discutir qué película o qué novela o qué música era mejor que otra. Luego, cada quien pagaba lo suyo y se despedían con una sonrisa rota.

A veces, cuando uno de los dos faltaba, mandaba un mensaje al otro, por celular, explicando. Un imprevisto de salud, un imprevisto en la oficina, un imprevisto de cualquier tipo… al final siempre los vencía la rutina, siempre regresaban, y siempre volvían a su gozosa dialéctica de tarde quieta.

Un día corrió el rumor de un virus que rondaba la ciudad. Hablaron poco de ello y siguieron con el forcejeo verbal de siempre.

Otro día, el rumor ya era una realidad. Hablaron bastante de ello y dejaron el forcejeo para otra ocasión.

Otro día más y él ya no se presentó. “Quédate en tu casa”, decía su parco mensaje en el celular. Ella negó con la cabeza y se preció de tener todas las galletas para ella sola.

Tres días más y ella encontró el café cerrado. El mensaje de Vidal lo recibió en plena calle. Y respondió: “En mi oficina siguen trabajando” con un emoji mostrando la lengua.

Pasó una semana y la oficina cerró. Constanza se vio entonces, repentinamente, obligadamente, en su casa mirando a la calle por la ventana.

“Lo mejor de esto”, dijo Doña Fer, su madre, “es que ese tal Vidal ya no te hará perder más el tiempo. Habrase visto un tonto mayor. Ojalá que ahora sí te fijes en el vecino del seis, quien siempre me pregunta por ti”.

Intentaron, ella y Vidal, mantener la rutina por mail y por teléfono y por videollamada pero no era lo mismo y a la semana… eso se perdió.

Fue hasta ese momento que Constanza lloró.

Lo más interesante… es que Vidal también. A su modo.

¿Diecinueve meses y de repente una pantalla?

No, no era lo mismo.

Días y días. Él mirando al cubo central, ella a la calle vacía, el mundo a las noticias.

Por eso aquella tarde lluviosa en que no recibió el mensaje de siempre, “¡Espero que estés guardada en casa!”, Constanza se preocupó. Y pensó en llamarle directamente. Y pensó en el hangout, el zoom, el facetime, el whatsapp…

Pero lo único que en verdad la hizo sentir mejor fue correr directamente a la puerta. Su anciana madre la miró angustiada. Y Constanza se detuvo de golpe.

Se quedó con la mano en el pomo, pensando si debía desinfectársela en cuanto lo soltara, pensando si su madre no tendría razón y lo mejor sería aceptar como amigo en el Facebook al vecino del seis.

Se separó de la puerta luchando por no llorar y fue a la ventana.

En la radio, repentinamente, obligadamente, empezó a sonar “Happy together”.

Y entonces Constanza supo que todo, en algún momento, terminaría. Y muchas cosas cambiarían. Y serían para bien.

Del otro lado del vidrio, Vidal, empapándose, tenía la palma de la mano puesta sobre el cristal.

El mundo seguía mirando a las noticias. Ellos, entre sí.

Y se tocaron sin tocarse por primera vez y por todas las veces.

Doña Fer, claro, gruñó un poco pero, después de un rato, como nosotros, como cualquier persona que sabe que hasta los tiempos más feroces, en algún momento quedan atrás… sonrió también. A su modo. Porque Vidal echó a correr a los pocos minutos, ansioso por llegar a su casa a echar mano, desde luego, del hangout, el zoom, el facetime, el whatsapp…
 
 
 
Toño Malpica

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Cosas que hace Charlie que me levantan la autoestima

 
Siempre que llaman a la puerta, ladra como si hubiera siete ninjas detrás, listos a saltar sobre mí porque, según él, soy un espía internacional encubierto.

 
Le ofrezco una galleta, me mueve la cola, no se la doy; le ofrezco una galleta, me mueve la cola, no se la doy; le ofrezco una galleta, me mueve la cola, no se la doy; así mil veces y así mil veces me mueve la cola porque según él, soy San Francisco de Asís encubierto.

 
Cuando vamos por la calle le ladra sólo a los perros grandes con amos grandes, convencido de que con nosotros nadie se mete porque, según él, soy el terror del barrio (encubierto) con su sanguinario lobo (encubierto).

 
Cuando juego futbol con los niños, nunca defiende mi portería, sino la de ellos y, cuando les quito el balón me ladra enfurecido porque, según él, soy Cristiano Ronaldo de incógnito.

 
Vuelvo de la calle, cansado y sin ganas de nada y él brinca, da vueltas de rehilete, ladra, me lame la mano, se echa, se para, mueve la cola, en fin, todo el show porque, según él, yo venía corriendo por las calles, desesperado para estar con él, pero soy incapaz de aceptarlo.

 
Le doy una orden y no obedece; le doy una orden y no obedece; le doy una orden y no obedece; le doy una orden y no obedece; y así mil veces porque, según él, no soy su amo sino su amigo, su igual, sólo que oculto tras un aburrido disfraz de humano.

 
Y en fin…
Porque me me mira siempre como miran los perros. Como decidiendo que sí vale la pena darme una oportunidad más todos los días.

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