La vajilla en su lugar

DiadeMuertos
 
Pascual esperaba siempre con ansias el final de octubre, pues le encantaban las tradiciones de día de muertos. Le encantaba el ambiente festivo y a la vez solemne de esas fechas, donde se recordaba a los que ya habían partido, aunque sin mucha congoja. En algunos pueblos hasta se tronaban cohetes y se organizaba algún baile el día último del mes. Y a él le encantaban el estallido de colores en el cielo, la música a todo volumen, la risa y la contagiosa algarabía. En su pueblo el ánimo era más respetuoso pero siempre dejando a un lado el luto, pues todos sabían que había otros días para lamentarse; esos eran para recordar con cariño. Y aún más se le llenaba el corazón a Pascual cuando llegaba el día primero de noviembre. Ese día, los llamados “muertos chicos” seguían el camino de flores de cempasúchil que las familias del pueblo trazaban, desde la calle, hasta la ofrenda al interior de cada casa. Y los niños difuntos seguían ese caminito durante la noche, traspasaban la puerta y se acercaban al altar a sabiendas de que todo lo que encontraran, sería para ellos. A Pascual lo que más le gustaba eran las calaveritas de azúcar. Todos los años había una con su nombre dibujado en papel brillante. Y todos los años era lo primero que tomaba.

Cuando inició la tradición al interior de la casa de la familia Esquivel, sólo había un muerto chico. Pascual Esquivel había fallecido a los diez años, en 1920, víctima de una terrible infección. Aún no se contaba en el mundo con antibióticos y mucha gente corría con esta suerte. Pero Pascual ya ni siquiera se acordaba de lo mal que lo había pasado los últimos días de su vida. Prácticamente al instante en que pusieron sus huesos bajo una lápida se sintió contento. Podía estar donde él quisiera y jugar a lo que se le antojara sin hacer rabiar a los mayores.
Aunque a veces, es cierto, extrañaba cuando hacía rabiar a su mamá. “¡Pascual, no te cuelgues del barandal de la escalera! ¡Pascual, no corretees al burro! ¡Pascual, no te comas todas las galletas de la caja!”

A veces, es cierto, también lo asaltaba la melancolía.

Pero también es completamente cierto que las lágrimas de su mamá pararon al año siguiente. Y en la primera ofrenda que le pusieron a Pascual, la señora Esquivel hasta se sentó un rato a imaginar que veía a su hijo comer los chocolates, las golosinas, la calaverita de azúcar con su nombre; degustar de la taza de chocolate; colgarse de cabeza, ¡muchacho desobediente!, del barandal de la escalera.

Ese primero de noviembre del 2016, Pascual acudió, como siempre, al altar que la familia Esquivel ponía todos los años en honor a los muertos chicos de esa casa. En casi cien años, sólo otros dos niños se habían sumado a la conmemoración. En el altar, donde alumbraban las veladoras y soltaban su aroma los pocitos de copal, entre las cruces y los adornos de papel picado, sólo tres fotografías se disputaban la atención de los rezos y la merienda. Pascual, 1920. Lupita, 1947, Rogelio, 1973. Pascual tenía diez; Lupita, cinco; Rogelio, doce. Los tres se daban cita ahí desde 1974, el año en que Rogelio se sentó a ver cómo su mamá lo imaginaba comiendo, riendo, haciendo diabluras. Exactamente lo mismo por lo que había pasado también Lupita en 1947 (el mismo año de su partida, pues ella se marchó en verano).

Ese primero de noviembre de 2016, los tres pequeños difuntos se presentaron puntuales. Las cosas en el pueblo habían cambiado mucho con el tiempo. Habían visto llegar la radio (Pascual), la televisión (Pascual y Lupita), la computadora y el internet (Pascual y Lupita y Rogelio). Habían contemplado a los habitantes de la casa ir y venir con los años. Habían degustado todo tipo de golosinas, desde las más tradicionales hasta las que tenían envoltura, colorantes artificiales y fecha de caducidad impresa. Sí, las cosas habían cambiado en el pueblo. Pero ellos seguían siendo niños. Y eso era genial porque podían hacer lo que quisieran y jugar a lo que se les antojara sin hacer rabiar a los mayores.

Los habitantes de la casa no lo sabían pero, después de agotar las golosinas del altar, los tres chicos que permanecían inmóviles en sus fotografías, hacían todo menos permanecer inmóviles durante la fiesta de los fieles difuntos. Colgarse de cabeza del barandal era lo de menos. Usualmente encendían la televisión. O los celulares de los mayores. O las tablets de los niños. Y, sin hacer el menor ruido, mientras los vivos dormían, ellos colmaban la casa de estrépito y carcajadas.

Ese año tendría que haber sido idéntico a los otros años. Brincar por todos lados, tirar la vajilla, asaltar el refrigerador, romper todos los récords de todos los videojuegos… pero, para el desconcierto de Pascual y Lupita, Rogelio no estaba de humor para nada. Ni siquiera para los chocolates amargos, que eran su fascinación desde su octavo cumpleaños.

–¿Qué tienes? –preguntaron el chico de diez y la niña de cinco, con verdadera preocupación. A fin de cuentas, las décadas los habían hecho los mejores amigos.

Es cierto que Pascual era tío de Lupita. Y Lupita, hermana menor de la abuela de Rogelio. Pero eso no representaba ningún problema. Los tres eran familia y los tres se querían. (Aunque, aquí entre nos, se habrían querido aunque no fueran Esquivel. Las décadas pueden hacer eso y más por las personas, vivas o muertas).

–Nada, no tengo nada –respondió Rogelio, taciturno.

Pero no era cierto. Sí que tenía algo. Un algo que le llenaba la mente de pensamientos tristes. Y es que Rogelio, como cualquier otra persona, sea de carne o sea de viento, también era asaltado, a veces, por la melancolía.

Y aunque no solía ocurrir los días primero de noviembre, esta vez ocurrió. Y obligó a Rogelio a sentarse en la sala, frente a la tele de pantalla plana, mirando sin mirar y pensando sin pensar. Con lo cual Pascual se acordó de una vez que a él le pasó lo mismo. Y a Lupita igual. Y no pudo evitar una sonrisa.

–De repente necesitaste que tu mamá te abrazara –dijo Pascual que, aunque niño aún, también podía ser muy sabio de repente. A fin de cuentas, había celebrado ciento seis cumpleaños.

–¿Cómo supiste? –quiso indagar Rogelio.

Pascual y Lupita se miraron. A ambos les había ocurrido justo la víspera de…

–Sólo lo supe –respondió Pascual, aún sonriente–. Te diré qué haremos. Hoy nos divertiremos todo lo que podamos, pues mañana habrá una sorpresa para ti.

Rogelio sabía, como todos, que el dos de noviembre se conmemora a los “muertos grandes”. Y que, aunque ellos estaban invitados a la fiesta, no siempre acudían porque bueno, ya se sabe, no siempre puedes colgarte cabeza abajo de un barandal si hay un adulto a la vista. Pero la simple promesa de Pascual fue suficiente para que se sintiera menos triste.

Y comió doble ración de chocolate.

Y fue él quien más récords rompió en los videojuegos esa noche.

Naturalmente, a la mañana siguiente, los habitantes de la casa encontraron todo igual. Las tablets de los niños con el mismo nivel de batería. Las calaveritas intactas. La vajilla en su lugar. Sólo el copal se había acabado. Y algunas velas. Aunque se percibía en cada rincón de la casa, eso sí, una paz distinta.

Con el mismo ánimo cariñoso, los Esquivel vivos dispusieron cambios en el altar para esa tarde. A la ofrenda se sumaron cigarrillos, tequila, pollo con chile y baraja. Se añadieron nuevas fotografías, entre las cuales, una que no se encontraba ahí el año anterior. Dispusieron velas recién compradas y agregaron más copal.

Se detuvieron a contemplar por unos instantes la ofrenda y, complacidos, se fueron a dormir temprano.
La algarabía ese dos de noviembre fue peculiar. No sólo habían acudido a degustar de la ofrenda todos los Esquivel que se habían sumado a la fiesta desde que inició la tradición, sino también los tres niños del primero de noviembre. Y, tal cual habían vaticinado Pascual y Lupita, una sorpresa esperaba a Rogelio, sentada en la silla de honor del comedor. Literalmente, todos le daban la bienvenida. Y ella, jovial, canosa y sonriente, agradecía a todos encantada.

Cuando Rogelio y su mamá se abrazaron después de tantos años de no hacerlo, para Pascual fue como si hubiera fuegos artificiales ahí dentro, baile y música a todo volumen.

Oh, sí. Fue toda una fiesta ese dos de noviembre del 2016. Fue tanta la alegría que hasta uno de los niños de carne y hueso, en su cama, juró escuchar una carcajada proveniente del piso inferior. Seguro había sido el tatarabuelo Esquivel, quien, aunque había ido a la revolución y nunca se quitaba el sombrero de charro, se puso a ver videos graciosos junto a toda la familia, en la tele de la sala.

 
 
 
Toño Malpica

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Pala al hombro

 
Ayer mi calle se pobló de gente desconocida. Ida y vuelta hombres y mujeres con la misma aprensión en el rostro. Disímiles apariencias, idéntica prisa, todos yendo y viniendo. Mi hija y su amiguito, a quienes cuidaba yo en el patio, me preguntaron a dónde iba tanta gente. A ayudar, respondí. ¿A quienes? A los que se quedaron sin casa. A los que se quedaron sin alguien. Sin algo. Ayudar. El silencio de afuera se coló al interior de mi reja. En ese momento las mamás de ambos niños ayudaban también, llevando comida y aguantándose el llanto. Un poco como nosotros, pero más como yo, que soy adulto y entiendo; los niños, para mi fortuna (y la del mundo, que un día se volverá a echar a andar) regresaron al juego al poco rato. Y yo y mis preguntas seguimos en la contemplación mientras tras de mí sonaba una batalla inventada.
 
Entonces, en mis ojos clavados en la calle se manifestó, por un segundo, aquello de lo que creo que se trata todo este asunto. Y me sentí, confieso, enormemente privilegiado. Feliz de haber sido testigo de un insignificante prodigio que acaso otro, en mis zapatos, habría dejado pasar inadvertido.
 
Un hombre mayor, acompañado de una niña de trece o catorce, de la mano. Él llevaba una pala al hombro; ella una mochila. Era la tercera vez, en el lapso de una hora, que los veía pasar (he ahí el detalle). En la confusión de ayudas necesarias en esta ciudad maltrecha, ese hombre canoso no había hallado todavía dónde encajar su herramienta. Sus manos seguían limpias, sus sienes goteaban sudor, su andar ya era cansino… y en su rostro se filtraba el desencanto. No había hallado aún dónde encajar su herramienta. Y yo me pregunté, en ese preciso instante, quién carajos sale de la seguridad de su hogar con una pala al hombro, de la mano de su hija o su nieta, sin casco, sin guantes, sin más norte que el de las puras ganas de ayudar, si en la televisión los programas humorísticos siguen pasando en el mismo horario de siempre y los políticos no dejan de preguntarse cuándo terminará esta monserga para poder iniciar sus campañas.
 
Las puras ganas de ayudar, dije.
 
Y sentí, que ese segundo en el que se detuvieron frente a mi reja y ella le dio agua de su botellita y él dio un par de sorbos y sonrió sin ganas fue, sí, todo un privilegio. Porque ellos, cuando avanzaron de nueva cuenta, tal vez iban ya de vuelta a casa. Tal vez con la impresión de no haber podido ayudar en nada. Tal vez sintiéndose un poco como quien está cuidando a un par de niños cuando lo que quiere es estar levantando piedras y tendiéndole la mano a alguien en la penumbra. Pero entonces comprendí que tal vez –muy probablemente- tus ganas de ayudar ya sean en sí una ayuda. Si no te interpones entre los que están haciendo su trabajo y el corazón te impele a ponerte en fila para cuando hagas falta, eso ya es en sí una ayuda. Para alguien que, sin que lo sepas, esté observando, por ejemplo. Porque bueno, si sabes que eres malo hasta para cambiar un foco pero no tan malo para contar la vida, entonces lo hagas. Te sientes a tu computadora, abras el Facebook y cuentes que una tarde de miércoles, frente a tu reja…
 
Y así, tal vez, se enteren ese señor y esa niña, que sí que ayudaron. Enormemente. Pues por un prodigioso segundo hicieron a un padre sentirse privilegiado de ver su calle poblada de gente desconocida. Y estar ahí, junto a su hija y el amiguito de su hija, viéndolos a todos pasar con idéntica prisa.

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Gol de chilena

En el aula
 
Nomás para comentar que sí, que yo también he pensado que, después de responder por diezmilésima vez “en qué se inspiró para escribir…” y “cuál de sus libros es su favorito…” y “cuánto tiempo le toma escribir una novela…” y “a qué edad empezó a escribir…” y todas las demás de cajón, yo también he pensado que no estaría mal mejor disculparse, mandar una hojita con las respuestas, direccionar a los profes a un link de FAQs, grabar un video genérico saludando a la escuela (que bien puede ser todas las escuelas), enviar un pdf fácil de descargar e imprimir con foto y firma y dedicatoria (pon aquí tu nombre) para que peguen en la primera página del libro y sacudirse la culpa de estar frente a un salón de clases cuando bien podrías estar escribiendo tu siguiente libro, que es lo que te toca hacer porque, bueno, se supone que eres escritor.

Sí, yo también lo he pensado. Y principalmente en el trayecto a la escuela, muy de mañana, cuando te parece que es un crimen de lesa humanidad y la peor desventura que aquel café y aquella dona se hayan quedado a la mitad por haber tenido que salir greñudo y a las carreras.

Lo he pensado. Sí. Y hasta consentido.

Pero también es cierto que siempre, como por arte de magia, en cada escuela (que es como decir que en todas las escuelas), entre esos dos que se están jaloneando los cabellos y aquellos cuatro que cuchichean y ese último que se ha dormido sobre el pupitre, hay un chico o una chica que abraza el libro, que te mira como si escribir una historia fuese comparable a meter un gol de chilena en final de campeonato, que a la hora de la firma no te pide una foto sino un abrazo y a la hora de marcharte se despide a gritos a través del patio y consigue, de nueva cuenta, que esa idea de mejor disculparse y mandar una hojita y un link te parezca la peor ruindad del universo y te sientas agradecido de estar ahí y no en ningún otro lugar pues, a fin de cuentas, estás haciendo lo que te toca porque, bueno, no sólo se supone que seas escritor, sino también escritor de libros para niños, y eso, nada más por ese chico o esa chica, bien vale cada dona, cada café, cada párrafo no escrito y cada minuto de cada mañana de cada salón de clases (que es como decir todos los minutos de todas las mañanas de todos los salones de clases.)

Y te sorprendes pensando, en el trayecto de regreso a casa, que esa sí que es la mayor de las venturas.

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Escribir una saga en México

 
Apoyo Angélica2
No muchos lo saben pero mi hermano Javier y yo, de niños, montábamos casas de espantos tipo feria para el regocijo de chicos y grandes. Vivíamos en una casa de tres pisos y, desde que llegamos a vivir ahí, mis padres dieron el piso inferior por perdido, designándolo como territorio apache (o de supremacía infantil), así que los enanos Malpica hicimos lo que quisimos ahí. Una de esas cosas, montar, en compañía de otros cómplices, tours nocturnos con escenas macabras, vampiros de hule y monstruos enmascarados al acecho. Cobrábamos la entrada, sí, pero casi siempre terminábamos fiando a la chamaquiza porque lo mejor de todo era ver cómo alguien que entraba envalentonado, salía corriendo despavorido. (Así tuviera seis años de edad).
 
Y se sembró la semilla. A Javier y a mí siempre nos gustó estar de ese lado de la cuarta pared. Mover los hilos para producir un efecto. Disfrutar con las risas o los gritos o las lágrimas de los espectadores. Conseguir que pareciera posible algo totalmente imposible.
 
Nos forjábamos como escritores sin darnos cuenta.
 
Y es que escribir un libro es como montar una casa de espantos. Levantas un tinglado en el que pides, de tácita manera, que el que entre a tu atracción de feria, deje la incredulidad fuera y participe en el juego. Principalmente si se trata de un mundo inventado. ¿Que no existen los fantasmas? Bueno, pues aquí sí. ¿Y los vampiros? Lo mismo. O los hombres lobo, las hidras, los demonios…
 
Los mediadores.
 
Escribir un libro de terror es montar una casa de espantos. Y escribir una saga de libros de terror es invitar, una y otra vez, a los visitantes más asiduos a que vuelvan cada nueva temporada. Es la misma casa pero ahora tenemos una gorgona. Y un diablo de magníficas dimensiones. Y una cueva que lleva al inframundo. Y…
 
Y nunca deja uno de jugar. Porque el contrato dice que yo levanto la escenografía, visto a los personajes, hago correr las acciones, le pongo Play a la música, pero usted… usted, en la medida de lo posible, se maravillará con el espectáculo. Me regalará una risa, un llanto, un grito. Y yo, tras bambalinas, lo disfrutaré. El contrato dice que yo haré que parezca posible algo totalmente imposible pero usted, así tenga seis o noventa y seis, huirá despavorido (incluso si nunca se mueve de su asiento y tiene la boca llena de palomitas de maíz y por dentro está sonriendo).
 
Igual podría dejar de venir. Igual podría dejar esta casa de espantos vacía. Igual podría dejar que los monstruos, al no tener nadie a quien espantar, llorasen abundantes lágrimas bajo sus máscaras de hule. Igual Pero en cambio, sigue viniendo. Sigue preguntando, ¿Y Checho? ¿Y Brianda? ¿Y Jop? Igual se sigue maravillando.
 
Así que esta es, en realidad, una nota de gratitud.
 
Porque no hay casa de espantos que se sostenga sin su público. Ni monstruo terrorífico que justifique su terrorífica existencia sin nadie a quien aterrorizar. Lo cual hace que un ser humano, temblando de miedo ante un demonio de magníficas dimensiones, sea uno de los mayores actos de amor de la literatura (usted disculpará la sensiblería.)
 
Alguna vez lo platiqué con Jaime Alfonso Sandoval. Y seguro que pensarán igual Andrea Chapela y Karime Cardona y Ramón Valdés. Y otros. Escribir una saga en México es como escalar el Everest. Al final faltan el aire y las fuerzas y el entusiasmo. Pero es posible alcanzar la cima gracias a usted que sigue leyendo y preguntando y riendo, llorando o dejando escapar un grito. Enviando una nota, un mail, unas palabras de aliento.
 
Nunca dejé el piso más bajo de la casa de mis padres, esa es la verdad. Sigo agazapado detrás de un mueble, listo a saltar con la sábana puesta. Pero eso es sólo porque usted sigue viniendo. Temporada tras temporada. Una y otra vez. Eso es sólo porque usted sigue participando en este juego.
 
Y yo, aunque no se vea pues las luces continúan apagadas y la música sigue sonando y aún nos falta la quinta y última cámara de esta mansión embrujada… se lo agradezco, en verdad, infinitamente.

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Carta abierta a los…

threekings
 
Queridos reyes magos:

 
Son ustedes un fraude.
Todo el mundo sabe que mis hijos son unos demonios, que cada año se superan a sí mismos en aquello de portarse mal y ustedes, el seis… tengan sus regalotes.
Uno ya no puede utilizar aquella de “te están viendo los reyes magos” porque ustedes, o no entienden, o trabajan para el bando equivocado.
¿Aquella tan bonita de “sigue portándote así y los reyes te van a dejar un carbón en el zapato”? Para llorar. La llevaron al desuso total.
Algo no funciona, Melchor.
Sí, ya sé que yo también, de niño, me portaba igual de horrible y aún así me traían mis juguetotes, pero entonces va a resultar que el mundo está como está por culpa de gente como ustedes, incapaces de discernir cuándo le toca un dulce al niño y cuándo un buen manazo.
 
O será… quizás… que es cierto aquello que dicen por ahí, de que los reyes son… eh… umh… eh… bueno, ustedes saben.
 
Y entonces no hay para dónde hacerse porque no hay rey mago que salga a la calle dispuesto a comprar un kilo de carbón para escarmentar a quien haya que escarmentar… y regrese siquiera con un cuartito.
Menos si un día antes uno de los demonios, el de la risita más pícara, ha preguntado a su padre si él cree que le traerán lo que pidió aunque se haya portado tan mal porque promete -ahora sí lo juro lo juro lo juro- portarse bien en adelante.
Porque eso sí que lo ven ustedes, ¿no, Gaspar? Y son perfectamente capaces de conocer el saldo de una tarjeta de crédito y el corazón de pollo de quien firma el voucher… pero absolutamente incapaces de notar que el par de demonios les están viendo la cara un año más. ¿O no, Baltasar?
Así no hay economía que aguante.
Son ustedes un fraude, ya lo dije.
Los tres.
 
Y ojalá nunca dejen de serlo.
 
 
Con cariño,
el que ayuda en piyama a armar los legos.

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Escribir, por ejemplo

 
Para todos aquellos cuyo propósito de año nuevo sea: “Este año sí empiezo a escribir”, les tengo buenas y malas noticias.
Las buenas: Escribir (no lo dijo Borges pero sólo porque ese día se acostó temprano) también es una forma de la felicidad. No lo divulguen demasiado pero el escritor se lo pasa bomba incluso cuando los siete universos que ha creado no bastan para llenar media parrilla del refri.
Las malas: Escribir (o tal vez sí lo dijo Borges pero sus biógrafos ese día se acostaron temprano) también es una forma de la felicidad. Y uno no puede proponerse ser feliz como no puede proponerse enamorarse. Te pasa o no te pasa.
Así que…
Para todos aquellos cuyo propósito de año nuevo sea: “Este año sí empiezo a escribir”, les sugiero que no se propongan nada. Si acaso, un día cualquiera, mañana o tarde, como que no quiere la cosa, media hora, sin ideas preconcebidas, encerrarse, a solas, sí, con un lápiz y una hoja o una máquina de escribir o una computadora sin conexión a internet…
Dispuesto a la posibilidad del amor a primera vista…
Y a sorprenderse sonriendo por el resto del día.

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Y feliz navidad, por cierto.

Vader_Navidad
 
De pronto advirtió que se encontraba en un sitio lleno de maleza.
“Qué raro. Se parece un poco a Dagobah, aunque…”
Un extraño animal resopló a su lado.
El susto lo obligó a accionar la espada.
“¿Qué clase de animal fantástico es este, con dos jorobas?”
Miró entonces a los tres sujetos que se encontraban a su lado. Los tres miraban sonrientes en una misma dirección.
-Oiga, amigo, apague esa cosa, pone nerviosos a los animales – dijo el moreno.
Obedeció. Tampoco se trataba de incordiar a nadie. Menos a nadie que se haga acompañar por esa mole de larga trompa tan parecida a un bantha.
-¿Eh.. en dónde estoy? –se animó a preguntar.
-Oh, tranquilo –dijo nuevamente el moreno, acomodando su corona-. Pasa todos los años. Aparecen uno o dos que no tienen ni idea. El año pasado fue un tipo verde. Enorme y malhumorado. Lo acompañaba otro con una “S” en el pecho que, literal, se sentía superior a todo el mundo. Un plomazo.
-¿Y se puede saber qué hacemos aquí?
-Beeeh… -dijo el animalito blanco y esponjoso, haciéndolo saltar.
-Es una especie de representación. Todos miramos hacia el portal y permanecemos quietos hasta el día en que la casa se llena de ruido, la familia cena junta, el tío Eustaquio se nos cae encima por exceso de ponche y finalmente volvemos a la caja. Excepto ustedes, claro, los visitantes.
-Qué horror. Siento el lado oscuro de la fuerza muy apagado. ¿Es normal?
-Perfectamente. Pero es la temporada, no se preocupe. Las cancioncitas en la radio, las rebajas en las tiendas y todo eso. No dura más de un mes. Aunque es cierto que hubo uno, un tal “Doctor Doom” que volvió hecho un dulce. Supe que ahora no sale de tomar el té con las chicas de Lego Friends.
-¡Auxilioooooo! ¡Palpatine!
-Beeeh…-confirmó el esponjoso.

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Sentimientos encontrados

FIL_Libro2
 
Honestamente, la FIL me queda grande.
Ya de este lado del calendario me parece que puedo decirlo y no sólo pensarlo.
Porque es al final que reparo en la avalancha de sentimientos encontrados que se despiertan, apretujados, en mi interior cada año.
 
Básicamente:
 
Uno nunca se siente más autor que cuando presenta libro en FIL. Y nunca menos, tampoco. La vorágine siempre te impide teclear dos frases congruentes en la compu cuando andas por allá.
Me encanta ver a tanta gente querida. Pero me engento a la media hora de pisar la Expo.
Lo mismo, ver a tantos autores sueltos por los pasillos me hace pensar, irremediablemente, en todos los personajes que permanecen presos en sus libros, mirándonos celosos desde los estantes. “Tómate todas las selfies que quieras, que aquí el inmortal soy yo, ¿estamos?”
Y, por supuesto, el dinero para pagar la fianza de tantos personajes nunca alcanza. Y es motivo de graves depresiones. Ver a un autor acariciando lascivamente un ejemplar que nunca será suyo y luego verlo borracho en el coctel de la noche tiene correspondencia directa.
Y es que uno nunca se siente más autor que cuando ve su libro en la FIL. Y nunca menos, tampoco. Basta voltear a los lados. Uno entre decenas. De cientos. De miles. Y eso sin contar el área internacional. “A lo mejor no soy tan guapo ni tan talentoso como dice mi mamá.”
Porque claro, me encanta conocer a tanta gente nueva. Pero me odio por no poder retener nombres y rostros a la primera. “Nos conocimos el año pasado aquí en la feria”. Y yo y mi sonrisa idiota: “Ah, sí, claro, ¿qué has hecho?, ¿cómo está la familia? Linda corbata.”
Y comer y beber y desvelarte como si tuvieras veinte años menos para, en la mañana, sentirte (y verte) como si tuvieras veinte años más.
Finalmente, darte cuenta de que lo único que te mantiene vivo en el vuelo de regreso, que siempre se retrasa y siempre te parece que dura el triple, es saber que es una vez al año y sobreviviste una vez más y cuentas con la gran fortuna de que al interior de tu estudio no cabe tanto estante, tanta luz, tanto libro, tanto pasillo, tanta conferencia, tanto gafete, tanto brindis sino apenas una frase tras otra que, en el mejor de los casos, son congruentes.
Porque uno nunca se siente menos autor que cuando la FIL lo absorbe. Y nunca más, tampoco. Pues, aunque tu título se confunda entre tanto título, también forma parte y dice cosas que hay que decir; y aunque tu libro sea sólo uno más, tampoco es uno menos.
 
 
Viva la FIL, pues. Aunque a algunos nos quede grande.
Y nos vemos el año que entra. (Linda corbata, ¿eh?)

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Mutua compañía

 
No sé si ya conocía a Ian. Tengo la impresión de haber compartido el asiento trasero del coche de su tía, Yira, en algún momento cuando todos éramos más jóvenes. (Yo, en realidad, menos ruco; él, en realidad, un chavito; Yira, por cierto, igualita siempre). El caso es que el viernes pasado lo conocí (quisiera decir, reconocí, pero así de endeble es mi memoria) en la presentación que tuve en Monterrey: me preguntó si no me parecía que todo en “El Libro de los Héroes” se desarrollaba demasiado aprisa y yo le respondí, embrollándome todo (no sería la primera vez), que es la impresión que da cualquier obra que se agota en dos o tres semanas pese a los dos o tres años que haya invertido su autor en ella.

 
Luego, en la intimidad de mi cuarto de hotel pensé, no obstante: ¡Wow, dos o tres semanas! Vi una película. Escuché un concierto. Me detuve un par de minutos frente a un molde industrial colgado en la pared de la habitación (maldito insomnio). Y volví a pensar… Wow, dos o tres semanas.

 
Volví a darme cuenta (así de endeble es mi sagacidad mental) que la literatura es la única disciplina artística que acompaña por tanto tiempo a su receptor.

 
Suelo recomendar leer libros gordos justamente porque te acompañan en tu paso por la vida. Por la mañana Harry recibe su carta, por la tarde conoce a Hagrid y por la noche está comprando su varita. Y mientras todo eso ocurre, tú has ido a la escuela, has acompañado a tu mamá al súper, has tomado tu clase de trombón y Harry estuvo siempre ahí, en los intersticios.

 
Aún mejor es decir lo siguiente: Que tuviste tu primer amor de secundaria, empezaste a estudiar Leyes, te fuiste a Europa un verano y Harry estuvo en primero, cuarto y último año en Hogwarts. Siempre ahí. En los intersticios.

 
Así que no, querido Ian. Lo que pasa demasiado pronto es la vida, no los libros.

 
Porque ahora me doy cuenta (así de endebles son mis conclusiones) que los libros no pasan, permanecen. Y Harry puede recibir su carta o conocer a Hagrid o comprar su varita, nuevamente, cuando uno está acunando a su primera hija. O llevándola a la primaria. O entregándola en su boda.

 
Y mi necesidad de externar esto obedece, principalmente, al siguiente milagro personal: que Ian me leyó cuando era un chavito y, ahora que no lo es, me sigue leyendo. Lo que significa que Toño Malpica a veces ha estado ahí, en la mañana, tarde, noche (escuela, súper, trombón) acompañándolo. Y cuando esto ocurre, uno como autor se siente cobijado, comprendido. Acompañado.

 
Y, la verdad, querido Ian, y gracias por eso, no hay mejor compañía para alguien que escribe “Era de noche y llovía” en la soledad de su estudio, que un lector a la distancia pensando: “Ojalá este libro de Mendhoza me durara más, carajo”.

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#Niunamenos

Niunamenos
 
Mi gratitud, de nueva cuenta.

Porque las cosas no han de cambiar hasta que cambien.

Porque cada nombre cuenta y una sola ausencia desata una indómita tristeza en cada casa donde hay una hija, una hermana, una esposa, una madre, una amiga.

Porque hace unos meses agradecía yo la valentía y el coraje, hablando en nombre de todas esas niñas aún fuera de la estadística y hoy, tristemente, tengo que decir que mi hija ya sumó un númerito a la gráfica. Un número chiquitito pero que importa como una semilla. Diré solamente que, para nuestra fortuna, no fue nada grave, apenas un idiota exhibicionista que pudo actuar a nuestras espaldas. Diré solamente que el valor de una niña de cinco años es mayor que toda la estulticia de un tipejo que se baja el pantalón. Y que el asunto le pareció incluso cómico a la niña. Pero en la gráfica ya es una semilla de odio y cobardía. ¿Quién, si no lo mueven estas razones, se atreve a algo así? ¿Quién, si se atreve a algo así, no es capaz de algo mucho peor en el futuro?

Mi gratitud, entonces, por levantar la voz.

Porque aunque las raíces de este problema estén en la antiquísima vileza del que abusa cobardemente porque puede, no deja de ser un problema de género. Y aunque quiero creer que son inmensa mayoría los hombres que serían incapaces de forzar, de agredir, de lastimar, el solo hecho de que ninguno de nosotros sienta el mismo miedo que siente una mujer cuando camina sola de noche lo convierte en un problema de género. Y nos toca apoyar desde la tribuna. Y agradecer, a nombre de las mujeres en nuestras vidas, este mensaje, este blindaje para el futuro, para que mi hija algún día pueda elegir sus zapatos, su atuendo, su paso por la vida, como lo hace ahora. Con libertad. Con alegría. Sin miedo.

Por eso, con todo el orgullo que puede sentir un espectador esperanzado, porque conozco el valor y la fortaleza de mi madre, de mi esposa, de mis hermanas y mis amigas, de mi hija de cinco años, a todas, en verdad…

Gracias.

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