A veces las cosas…

Reyes Magos
 
La noche del 5 de enero es especial. El aire se carga de esperanza pero también, a veces, de tristeza.
Principalmente son los niños los que se van a la cama llenos de esperanza. Y principalmente son algunos adultos los que se quedan despiertos toda la noche, lidiando con la tristeza.
Por ejemplo, en este relato, hay que poner la mirada en Bernardo. Tiene 35 años y en este momento, se siente como un pedazo de trapo. Se encuentra fumando afuera de su casa, en una colonia de gente pobre. Hace frío y ni el humo del cigarro lo calienta. Su hija Valentina ya se ha dormido. O al menos eso es lo que él cree.
Mientras fuma con la espalda recargada en la puerta, lo aborda un vecino. Conversan un poco y el vecino le pregunta qué le preocupa. Bernardo le confiesa que Valentina. Le parece que no recibirá lo que pidió en su carta a los reyes magos: una muñeca electrónica de esas que lloran de a deveras.
Aquí conviene recordar que los padres a veces pueden anticipar si sus hijos recibirán los regalos que pidieron; nadie sabe cómo es que pueden adivinarlo, es un misterio universal, pero es completamente cierto que así ocurre. Y a veces eso les rompe el corazón.
El vecino miró con simpatía a Bernardo, aunque lo conocía poco. Para él había sido un buen año, pero no para el papá de Valentina, quien se encontraba desempleado desde noviembre.
El vecino entonces lo tomó de un brazo y lo miró como lo hubiese mirado alguien que lo conociera desde siempre y quisiera transmitirle que a veces las cosas, simplemente, se resuelven. Iba a decir algo pero no dijo nada porque, en ese momento, lo llamó su mujer, del otro lado de la calle.
Y se despidieron.
Bernardo apagó el cigarro contra un poste, guardó la colilla en su saco maltrecho y se dispuso a entrar a su casa. Pero en ese momento se abrió la puerta.
Era Valentina, en piyama. En su rostro había una clara desesperación.
—¿Qué pasa, hija? ¿Qué tienes?
Valentina le mostró lo que llevaba en las manos.
—¡Es horrible, papá! ¡Estaba en el patio trasero!
Bernardo creyó que le mostraría un ángel muerto. Pero no. Se trataba de un globo desinflado, de cuyo cordel pendía una carta dirigida a los reyes magos.
—¡Es horrible! –insistió la niña de siete años—. ¡Este niño no recibirá nada porque su carta nunca llegó al cielo!
Bernardo tomó el sobre que decía con letra infantil: “Melchor, Gaspar y Baltasar”
—Es una pena pero, ¿qué le vamos a hacer?
—¡Papá, ve a comprar un globo nuevo, por favor, y reenviamos la carta nosotros!
A Bernardo se le encogió el corazón. ¿Habría algún niño con más esperanza en ese momento en el mundo que Valentina? ¡Y pensar que era posible que no recibiera la muñeca electrónica que llora de a deveras, ella que se había portado tan bien durante el año!
Bernardo no supo negarse. Le dio un beso a su hija y le prometió que iría a comprar un globo nuevo. Valentina volvió a su casa; estaba acostumbrada a quedarse sola y no tuvo miedo; además, tenía la esperanza de poder ver a los reyes llegar a su casa (aquí entre nos, por eso no se había dormido aún).
Bernardo no encontró ya a ningún vendedor de globos por ningún lado. Pensó en echar la carta a un bote de basura, pero no podía hacerle eso a su hija. Así que volvió a su casa arrastrando los pies. ¿Habría algún hombre con más tristeza en ese momento en el mundo?
—¡No puede ser, papá! ¡Este niño no recibirá lo que pidió y pensará que fue su culpa! –le espetó Valentina.
—Sí, qué lástima. ¿Pero qué le vamos a hacer?
En ese momento Valentina fue osada como son los niños cuando tienen que ayudar a los adultos a hacer lo correcto. Abrió la carta frente a su padre y la leyó.
—¡Es maravilloso, papá! ¡Se llama Miguel, tiene siete años y aquí puso su dirección!
“Oh, no” –pensó el padre, aunque no dijo nada.
—¡Nosotros podemos llevarle lo que pidió! –dijo Valentina—. ¡Y así no se enterará que los reyes no recibieron su carta!
Bernardo tomó el papel, de letra grande y con faltas de ortografía.
“Queridos reyes magos. Quiero que mis papás se perdonen. Y un camión de bomberos.”
—Es que… —suspiró Bernardo, pero no fue capaz de agregar nada.
Valentina se puso un abrigo sobre la piyama y se subió a la carcacha de su papá, quien pensaba que apenas tenía dinero para comprar un camión de bomberos no muy grande y casi nada de gasolina en el tanque.
Nadie sabe por qué, al parecer es un misterio universal, pero es cierto que la noche del 5 de enero hay muchas jugueterías abiertas. Y Valentina escogió un camión de bomberos muy bonito y no muy grande para Miguel.
Hasta que ya iban hacia allá se dio cuenta Bernardo de que la dirección de Miguel era en una colonia de gente rica. Estaba a punto de desplomarse bajo toneladas de tristeza pero vio a Valentina en el borde del asiento y algo creció en su interior, algo que casi había olvidado que existía y que lo hizo sentir como si él mismo tuviera siete años.
Llegaron. El plan era entrar como bandidos y dejar el camión a un lado del zapato de Miguel pero no contaban con que, afuera de la casa del muchacho, se encontrara una mujer de ojos llorosos, fumando, recargada en la puerta.
—Debe ser la mamá de Miguel –dijo Valentina.
—Dale el regalo a ella y salgamos pitando de aquí –exclamó Bernardo.
—No. Dáselo tú. A mí me da pena –confesó Valentina.
Bernardo apagó el auto y se apeó con el camión y la carta en sus manos. No supo qué decir y le entregó a la señora ambos. Ella leyó la carta y se sintió como un pedazo de trapo. Bernardo no la conocía pero la tomó del brazo y la miró como la hubiese mirado alguien que la conociera desde siempre y quisiera transmitirle que a veces las cosas, simplemente, se resuelven.
Subió al auto y, una vez que reinició la marcha, miró a Valentina mirando a la señora mirándolos a ambos alejarse.
En el camino, Valentina fue rendida por el sueño y él tuvo que cargarla en brazos por las cinco cuadras que se quedaron cortos al agotarse la gasolina. Ya era seis de enero.
Y lamentó que ella no estuviera despierta al atravesar la puerta de su casa porque toda su tristeza fue intercambiada en un segundo por eso que él había olvidado que existía y que de niño lo hacía mirar al cielo con la certeza de poder ver tres siluetas surcando el firmamento.
Alguien había entrado como un bandido por la ventana. Al lado del zapato de Valentina estaba una muñeca electrónica de esas que lloran de a deveras.
Y Bernardo pensó que a veces, simplemente, las cosas se resuelven.
Aunque también pensó, al depositar a su hija en su cama, que no, que eso de simple no tenía nada. Siempre hay una persona buena detrás de cada milagro verdadero.

 
 
Toño Malpica

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En fin

 
Aún no se agota el calendario pero ya puedo decir, ante una agenda que sólo muestra una mínima salpicadura en el futuro, algunas cosas que he aprendido en este año:

 
 
 
Aprendí que no importa que atiendas docenas de visitas escolares; con cada una estarás nervioso al iniciar (como la primera vez) y eufórico al terminar (como la primera vez.)

 
Aprendí que no importa que publiques varias novelas gordas o tan sólo un libro delgado; el poner algo en el mundo donde antes no había nada sigue sintiéndose igual de bien que cuando mostrabas (por fin) a alguien tus cuentos inéditos de cuaderno Scribe.

 
Aprendí que no importa cuántas veces te entrevisten en la tele o en la radio o en la web; siempre te quedarás con aquella entusiasta entrevista que te hizo, para el periódico escolar, ese chico que sí te ha leído.

 
Aprendí que no importa que te lleven a las ferias más internacionales o a las más locales, que te hospeden en los hoteles más lujosos o en las casas más modestas, que te llenen grandes auditorios o aulas pequeñas; siempre será la gente la que haga la diferencia, la que conseguirá que quieras volver de nueva cuenta, la que te permitirá, a solas en la habitación 804, sentirte un poco menos lejos de casa, así estés en otra ciudad o en otro continente.

 
Aprendí que no importa si es cuando están operando a un ser querido, o cuando no te dejan subir a ese avión que te llevaría a casa o cuando segundos después de un temblor temes lo peor de lo peor de lo peor y piensas que el jodido sol se ha escondido para siempre; te equivocas; la tierra es redonda y gira y en menos de lo que cuentas ya te estás riendo con un chiste o algún meme.

 
Aprendí que no importa lo que te hayan hecho creer; todo el tiempo puedes hacer cosas nuevas, novelas de zombis, perderle el miedo a las pasas (intentarlo al menos), contar al piano tus propios cuentos… así sea el último minuto de la última hora del último día de diciembre; y te vacuna, sí, contra la muerte.

 
En fin.

 
Aprendí que no importan (y por mucho) tantas cosas, que avergüenza recordar cuando creías que sí; aprendí que lo que importa tiene que ver más con una ducha caliente y con quién te ríes cotidianamente que con cinco o seis cifras y un millón de clicks.

 
Y eso, a mis cincuenta (si no lo desaprendo después de la cruda de Reyes), ya es bastante más de lo que sabía al salir de la escuela. Digo yo. Y qué bien.

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Pala al hombro

 
Ayer mi calle se pobló de gente desconocida. Ida y vuelta hombres y mujeres con la misma aprensión en el rostro. Disímiles apariencias, idéntica prisa, todos yendo y viniendo. Mi hija y su amiguito, a quienes cuidaba yo en el patio, me preguntaron a dónde iba tanta gente. A ayudar, respondí. ¿A quienes? A los que se quedaron sin casa. A los que se quedaron sin alguien. Sin algo. Ayudar. El silencio de afuera se coló al interior de mi reja. En ese momento las mamás de ambos niños ayudaban también, llevando comida y aguantándose el llanto. Un poco como nosotros, pero más como yo, que soy adulto y entiendo; los niños, para mi fortuna (y la del mundo, que un día se volverá a echar a andar) regresaron al juego al poco rato. Y yo y mis preguntas seguimos en la contemplación mientras tras de mí sonaba una batalla inventada.
 
Entonces, en mis ojos clavados en la calle se manifestó, por un segundo, aquello de lo que creo que se trata todo este asunto. Y me sentí, confieso, enormemente privilegiado. Feliz de haber sido testigo de un insignificante prodigio que acaso otro, en mis zapatos, habría dejado pasar inadvertido.
 
Un hombre mayor, acompañado de una niña de trece o catorce, de la mano. Él llevaba una pala al hombro; ella una mochila. Era la tercera vez, en el lapso de una hora, que los veía pasar (he ahí el detalle). En la confusión de ayudas necesarias en esta ciudad maltrecha, ese hombre canoso no había hallado todavía dónde encajar su herramienta. Sus manos seguían limpias, sus sienes goteaban sudor, su andar ya era cansino… y en su rostro se filtraba el desencanto. No había hallado aún dónde encajar su herramienta. Y yo me pregunté, en ese preciso instante, quién carajos sale de la seguridad de su hogar con una pala al hombro, de la mano de su hija o su nieta, sin casco, sin guantes, sin más norte que el de las puras ganas de ayudar, si en la televisión los programas humorísticos siguen pasando en el mismo horario de siempre y los políticos no dejan de preguntarse cuándo terminará esta monserga para poder iniciar sus campañas.
 
Las puras ganas de ayudar, dije.
 
Y sentí, que ese segundo en el que se detuvieron frente a mi reja y ella le dio agua de su botellita y él dio un par de sorbos y sonrió sin ganas fue, sí, todo un privilegio. Porque ellos, cuando avanzaron de nueva cuenta, tal vez iban ya de vuelta a casa. Tal vez con la impresión de no haber podido ayudar en nada. Tal vez sintiéndose un poco como quien está cuidando a un par de niños cuando lo que quiere es estar levantando piedras y tendiéndole la mano a alguien en la penumbra. Pero entonces comprendí que tal vez –muy probablemente- tus ganas de ayudar ya sean en sí una ayuda. Si no te interpones entre los que están haciendo su trabajo y el corazón te impele a ponerte en fila para cuando hagas falta, eso ya es en sí una ayuda. Para alguien que, sin que lo sepas, esté observando, por ejemplo. Porque bueno, si sabes que eres malo hasta para cambiar un foco pero no tan malo para contar la vida, entonces lo hagas. Te sientes a tu computadora, abras el Facebook y cuentes que una tarde de miércoles, frente a tu reja…
 
Y así, tal vez, se enteren ese señor y esa niña, que sí que ayudaron. Enormemente. Pues por un prodigioso segundo hicieron a un padre sentirse privilegiado de ver su calle poblada de gente desconocida. Y estar ahí, junto a su hija y el amiguito de su hija, viéndolos a todos pasar con idéntica prisa.

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Gol de chilena

En el aula
 
Nomás para comentar que sí, que yo también he pensado que, después de responder por diezmilésima vez “en qué se inspiró para escribir…” y “cuál de sus libros es su favorito…” y “cuánto tiempo le toma escribir una novela…” y “a qué edad empezó a escribir…” y todas las demás de cajón, yo también he pensado que no estaría mal mejor disculparse, mandar una hojita con las respuestas, direccionar a los profes a un link de FAQs, grabar un video genérico saludando a la escuela (que bien puede ser todas las escuelas), enviar un pdf fácil de descargar e imprimir con foto y firma y dedicatoria (pon aquí tu nombre) para que peguen en la primera página del libro y sacudirse la culpa de estar frente a un salón de clases cuando bien podrías estar escribiendo tu siguiente libro, que es lo que te toca hacer porque, bueno, se supone que eres escritor.

Sí, yo también lo he pensado. Y principalmente en el trayecto a la escuela, muy de mañana, cuando te parece que es un crimen de lesa humanidad y la peor desventura que aquel café y aquella dona se hayan quedado a la mitad por haber tenido que salir greñudo y a las carreras.

Lo he pensado. Sí. Y hasta consentido.

Pero también es cierto que siempre, como por arte de magia, en cada escuela (que es como decir que en todas las escuelas), entre esos dos que se están jaloneando los cabellos y aquellos cuatro que cuchichean y ese último que se ha dormido sobre el pupitre, hay un chico o una chica que abraza el libro, que te mira como si escribir una historia fuese comparable a meter un gol de chilena en final de campeonato, que a la hora de la firma no te pide una foto sino un abrazo y a la hora de marcharte se despide a gritos a través del patio y consigue, de nueva cuenta, que esa idea de mejor disculparse y mandar una hojita y un link te parezca la peor ruindad del universo y te sientas agradecido de estar ahí y no en ningún otro lugar pues, a fin de cuentas, estás haciendo lo que te toca porque, bueno, no sólo se supone que seas escritor, sino también escritor de libros para niños, y eso, nada más por ese chico o esa chica, bien vale cada dona, cada café, cada párrafo no escrito y cada minuto de cada mañana de cada salón de clases (que es como decir todos los minutos de todas las mañanas de todos los salones de clases.)

Y te sorprendes pensando, en el trayecto de regreso a casa, que esa sí que es la mayor de las venturas.

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Escribir una saga en México

 
Apoyo Angélica2
No muchos lo saben pero mi hermano Javier y yo, de niños, montábamos casas de espantos tipo feria para el regocijo de chicos y grandes. Vivíamos en una casa de tres pisos y, desde que llegamos a vivir ahí, mis padres dieron el piso inferior por perdido, designándolo como territorio apache (o de supremacía infantil), así que los enanos Malpica hicimos lo que quisimos ahí. Una de esas cosas, montar, en compañía de otros cómplices, tours nocturnos con escenas macabras, vampiros de hule y monstruos enmascarados al acecho. Cobrábamos la entrada, sí, pero casi siempre terminábamos fiando a la chamaquiza porque lo mejor de todo era ver cómo alguien que entraba envalentonado, salía corriendo despavorido. (Así tuviera seis años de edad).
 
Y se sembró la semilla. A Javier y a mí siempre nos gustó estar de ese lado de la cuarta pared. Mover los hilos para producir un efecto. Disfrutar con las risas o los gritos o las lágrimas de los espectadores. Conseguir que pareciera posible algo totalmente imposible.
 
Nos forjábamos como escritores sin darnos cuenta.
 
Y es que escribir un libro es como montar una casa de espantos. Levantas un tinglado en el que pides, de tácita manera, que el que entre a tu atracción de feria, deje la incredulidad fuera y participe en el juego. Principalmente si se trata de un mundo inventado. ¿Que no existen los fantasmas? Bueno, pues aquí sí. ¿Y los vampiros? Lo mismo. O los hombres lobo, las hidras, los demonios…
 
Los mediadores.
 
Escribir un libro de terror es montar una casa de espantos. Y escribir una saga de libros de terror es invitar, una y otra vez, a los visitantes más asiduos a que vuelvan cada nueva temporada. Es la misma casa pero ahora tenemos una gorgona. Y un diablo de magníficas dimensiones. Y una cueva que lleva al inframundo. Y…
 
Y nunca deja uno de jugar. Porque el contrato dice que yo levanto la escenografía, visto a los personajes, hago correr las acciones, le pongo Play a la música, pero usted… usted, en la medida de lo posible, se maravillará con el espectáculo. Me regalará una risa, un llanto, un grito. Y yo, tras bambalinas, lo disfrutaré. El contrato dice que yo haré que parezca posible algo totalmente imposible pero usted, así tenga seis o noventa y seis, huirá despavorido (incluso si nunca se mueve de su asiento y tiene la boca llena de palomitas de maíz y por dentro está sonriendo).
 
Igual podría dejar de venir. Igual podría dejar esta casa de espantos vacía. Igual podría dejar que los monstruos, al no tener nadie a quien espantar, llorasen abundantes lágrimas bajo sus máscaras de hule. Igual Pero en cambio, sigue viniendo. Sigue preguntando, ¿Y Checho? ¿Y Brianda? ¿Y Jop? Igual se sigue maravillando.
 
Así que esta es, en realidad, una nota de gratitud.
 
Porque no hay casa de espantos que se sostenga sin su público. Ni monstruo terrorífico que justifique su terrorífica existencia sin nadie a quien aterrorizar. Lo cual hace que un ser humano, temblando de miedo ante un demonio de magníficas dimensiones, sea uno de los mayores actos de amor de la literatura (usted disculpará la sensiblería.)
 
Alguna vez lo platiqué con Jaime Alfonso Sandoval. Y seguro que pensarán igual Andrea Chapela y Karime Cardona y Ramón Valdés. Y otros. Escribir una saga en México es como escalar el Everest. Al final faltan el aire y las fuerzas y el entusiasmo. Pero es posible alcanzar la cima gracias a usted que sigue leyendo y preguntando y riendo, llorando o dejando escapar un grito. Enviando una nota, un mail, unas palabras de aliento.
 
Nunca dejé el piso más bajo de la casa de mis padres, esa es la verdad. Sigo agazapado detrás de un mueble, listo a saltar con la sábana puesta. Pero eso es sólo porque usted sigue viniendo. Temporada tras temporada. Una y otra vez. Eso es sólo porque usted sigue participando en este juego.
 
Y yo, aunque no se vea pues las luces continúan apagadas y la música sigue sonando y aún nos falta la quinta y última cámara de esta mansión embrujada… se lo agradezco, en verdad, infinitamente.

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Carta abierta a los…

threekings
 
Queridos reyes magos:

 
Son ustedes un fraude.
Todo el mundo sabe que mis hijos son unos demonios, que cada año se superan a sí mismos en aquello de portarse mal y ustedes, el seis… tengan sus regalotes.
Uno ya no puede utilizar aquella de “te están viendo los reyes magos” porque ustedes, o no entienden, o trabajan para el bando equivocado.
¿Aquella tan bonita de “sigue portándote así y los reyes te van a dejar un carbón en el zapato”? Para llorar. La llevaron al desuso total.
Algo no funciona, Melchor.
Sí, ya sé que yo también, de niño, me portaba igual de horrible y aún así me traían mis juguetotes, pero entonces va a resultar que el mundo está como está por culpa de gente como ustedes, incapaces de discernir cuándo le toca un dulce al niño y cuándo un buen manazo.
 
O será… quizás… que es cierto aquello que dicen por ahí, de que los reyes son… eh… umh… eh… bueno, ustedes saben.
 
Y entonces no hay para dónde hacerse porque no hay rey mago que salga a la calle dispuesto a comprar un kilo de carbón para escarmentar a quien haya que escarmentar… y regrese siquiera con un cuartito.
Menos si un día antes uno de los demonios, el de la risita más pícara, ha preguntado a su padre si él cree que le traerán lo que pidió aunque se haya portado tan mal porque promete -ahora sí lo juro lo juro lo juro- portarse bien en adelante.
Porque eso sí que lo ven ustedes, ¿no, Gaspar? Y son perfectamente capaces de conocer el saldo de una tarjeta de crédito y el corazón de pollo de quien firma el voucher… pero absolutamente incapaces de notar que el par de demonios les están viendo la cara un año más. ¿O no, Baltasar?
Así no hay economía que aguante.
Son ustedes un fraude, ya lo dije.
Los tres.
 
Y ojalá nunca dejen de serlo.
 
 
Con cariño,
el que ayuda en piyama a armar los legos.

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Escribir, por ejemplo

 
Para todos aquellos cuyo propósito de año nuevo sea: “Este año sí empiezo a escribir”, les tengo buenas y malas noticias.
Las buenas: Escribir (no lo dijo Borges pero sólo porque ese día se acostó temprano) también es una forma de la felicidad. No lo divulguen demasiado pero el escritor se lo pasa bomba incluso cuando los siete universos que ha creado no bastan para llenar media parrilla del refri.
Las malas: Escribir (o tal vez sí lo dijo Borges pero sus biógrafos ese día se acostaron temprano) también es una forma de la felicidad. Y uno no puede proponerse ser feliz como no puede proponerse enamorarse. Te pasa o no te pasa.
Así que…
Para todos aquellos cuyo propósito de año nuevo sea: “Este año sí empiezo a escribir”, les sugiero que no se propongan nada. Si acaso, un día cualquiera, mañana o tarde, como que no quiere la cosa, media hora, sin ideas preconcebidas, encerrarse, a solas, sí, con un lápiz y una hoja o una máquina de escribir o una computadora sin conexión a internet…
Dispuesto a la posibilidad del amor a primera vista…
Y a sorprenderse sonriendo por el resto del día.

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Y feliz navidad, por cierto.

Vader_Navidad
 
De pronto advirtió que se encontraba en un sitio lleno de maleza.
“Qué raro. Se parece un poco a Dagobah, aunque…”
Un extraño animal resopló a su lado.
El susto lo obligó a accionar la espada.
“¿Qué clase de animal fantástico es este, con dos jorobas?”
Miró entonces a los tres sujetos que se encontraban a su lado. Los tres miraban sonrientes en una misma dirección.
-Oiga, amigo, apague esa cosa, pone nerviosos a los animales – dijo el moreno.
Obedeció. Tampoco se trataba de incordiar a nadie. Menos a nadie que se haga acompañar por esa mole de larga trompa tan parecida a un bantha.
-¿Eh.. en dónde estoy? –se animó a preguntar.
-Oh, tranquilo –dijo nuevamente el moreno, acomodando su corona-. Pasa todos los años. Aparecen uno o dos que no tienen ni idea. El año pasado fue un tipo verde. Enorme y malhumorado. Lo acompañaba otro con una “S” en el pecho que, literal, se sentía superior a todo el mundo. Un plomazo.
-¿Y se puede saber qué hacemos aquí?
-Beeeh… -dijo el animalito blanco y esponjoso, haciéndolo saltar.
-Es una especie de representación. Todos miramos hacia el portal y permanecemos quietos hasta el día en que la casa se llena de ruido, la familia cena junta, el tío Eustaquio se nos cae encima por exceso de ponche y finalmente volvemos a la caja. Excepto ustedes, claro, los visitantes.
-Qué horror. Siento el lado oscuro de la fuerza muy apagado. ¿Es normal?
-Perfectamente. Pero es la temporada, no se preocupe. Las cancioncitas en la radio, las rebajas en las tiendas y todo eso. No dura más de un mes. Aunque es cierto que hubo uno, un tal “Doctor Doom” que volvió hecho un dulce. Supe que ahora no sale de tomar el té con las chicas de Lego Friends.
-¡Auxilioooooo! ¡Palpatine!
-Beeeh…-confirmó el esponjoso.

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Sentimientos encontrados

FIL_Libro2
 
Honestamente, la FIL me queda grande.
Ya de este lado del calendario me parece que puedo decirlo y no sólo pensarlo.
Porque es al final que reparo en la avalancha de sentimientos encontrados que se despiertan, apretujados, en mi interior cada año.
 
Básicamente:
 
Uno nunca se siente más autor que cuando presenta libro en FIL. Y nunca menos, tampoco. La vorágine siempre te impide teclear dos frases congruentes en la compu cuando andas por allá.
Me encanta ver a tanta gente querida. Pero me engento a la media hora de pisar la Expo.
Lo mismo, ver a tantos autores sueltos por los pasillos me hace pensar, irremediablemente, en todos los personajes que permanecen presos en sus libros, mirándonos celosos desde los estantes. “Tómate todas las selfies que quieras, que aquí el inmortal soy yo, ¿estamos?”
Y, por supuesto, el dinero para pagar la fianza de tantos personajes nunca alcanza. Y es motivo de graves depresiones. Ver a un autor acariciando lascivamente un ejemplar que nunca será suyo y luego verlo borracho en el coctel de la noche tiene correspondencia directa.
Y es que uno nunca se siente más autor que cuando ve su libro en la FIL. Y nunca menos, tampoco. Basta voltear a los lados. Uno entre decenas. De cientos. De miles. Y eso sin contar el área internacional. “A lo mejor no soy tan guapo ni tan talentoso como dice mi mamá.”
Porque claro, me encanta conocer a tanta gente nueva. Pero me odio por no poder retener nombres y rostros a la primera. “Nos conocimos el año pasado aquí en la feria”. Y yo y mi sonrisa idiota: “Ah, sí, claro, ¿qué has hecho?, ¿cómo está la familia? Linda corbata.”
Y comer y beber y desvelarte como si tuvieras veinte años menos para, en la mañana, sentirte (y verte) como si tuvieras veinte años más.
Finalmente, darte cuenta de que lo único que te mantiene vivo en el vuelo de regreso, que siempre se retrasa y siempre te parece que dura el triple, es saber que es una vez al año y sobreviviste una vez más y cuentas con la gran fortuna de que al interior de tu estudio no cabe tanto estante, tanta luz, tanto libro, tanto pasillo, tanta conferencia, tanto gafete, tanto brindis sino apenas una frase tras otra que, en el mejor de los casos, son congruentes.
Porque uno nunca se siente menos autor que cuando la FIL lo absorbe. Y nunca más, tampoco. Pues, aunque tu título se confunda entre tanto título, también forma parte y dice cosas que hay que decir; y aunque tu libro sea sólo uno más, tampoco es uno menos.
 
 
Viva la FIL, pues. Aunque a algunos nos quede grande.
Y nos vemos el año que entra. (Linda corbata, ¿eh?)

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Mutua compañía

 
No sé si ya conocía a Ian. Tengo la impresión de haber compartido el asiento trasero del coche de su tía, Yira, en algún momento cuando todos éramos más jóvenes. (Yo, en realidad, menos ruco; él, en realidad, un chavito; Yira, por cierto, igualita siempre). El caso es que el viernes pasado lo conocí (quisiera decir, reconocí, pero así de endeble es mi memoria) en la presentación que tuve en Monterrey: me preguntó si no me parecía que todo en “El Libro de los Héroes” se desarrollaba demasiado aprisa y yo le respondí, embrollándome todo (no sería la primera vez), que es la impresión que da cualquier obra que se agota en dos o tres semanas pese a los dos o tres años que haya invertido su autor en ella.

 
Luego, en la intimidad de mi cuarto de hotel pensé, no obstante: ¡Wow, dos o tres semanas! Vi una película. Escuché un concierto. Me detuve un par de minutos frente a un molde industrial colgado en la pared de la habitación (maldito insomnio). Y volví a pensar… Wow, dos o tres semanas.

 
Volví a darme cuenta (así de endeble es mi sagacidad mental) que la literatura es la única disciplina artística que acompaña por tanto tiempo a su receptor.

 
Suelo recomendar leer libros gordos justamente porque te acompañan en tu paso por la vida. Por la mañana Harry recibe su carta, por la tarde conoce a Hagrid y por la noche está comprando su varita. Y mientras todo eso ocurre, tú has ido a la escuela, has acompañado a tu mamá al súper, has tomado tu clase de trombón y Harry estuvo siempre ahí, en los intersticios.

 
Aún mejor es decir lo siguiente: Que tuviste tu primer amor de secundaria, empezaste a estudiar Leyes, te fuiste a Europa un verano y Harry estuvo en primero, cuarto y último año en Hogwarts. Siempre ahí. En los intersticios.

 
Así que no, querido Ian. Lo que pasa demasiado pronto es la vida, no los libros.

 
Porque ahora me doy cuenta (así de endebles son mis conclusiones) que los libros no pasan, permanecen. Y Harry puede recibir su carta o conocer a Hagrid o comprar su varita, nuevamente, cuando uno está acunando a su primera hija. O llevándola a la primaria. O entregándola en su boda.

 
Y mi necesidad de externar esto obedece, principalmente, al siguiente milagro personal: que Ian me leyó cuando era un chavito y, ahora que no lo es, me sigue leyendo. Lo que significa que Toño Malpica a veces ha estado ahí, en la mañana, tarde, noche (escuela, súper, trombón) acompañándolo. Y cuando esto ocurre, uno como autor se siente cobijado, comprendido. Acompañado.

 
Y, la verdad, querido Ian, y gracias por eso, no hay mejor compañía para alguien que escribe “Era de noche y llovía” en la soledad de su estudio, que un lector a la distancia pensando: “Ojalá este libro de Mendhoza me durara más, carajo”.

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