Minuto y medio


 
Clásico que al niño se le olvida que tiene tarea.
¿Y cuándo se acuerda?
¿El día anterior, por la noche?
¿El mismo día, al despertar?
No, qué va. Es todo un profesional: Cinco minutos antes de salir para la escuela.
Tiene que editar una canción para un trabajo de equipo.
Aún no se ha peinado.
Tiene el licuado en la mano.
Y justo ahora prende la computadora.
¿Para qué?
Para googlear, claro, “cómo recortar un audio a minuto y medio”.
-¡CÓMO SE TE OCURRE! ¡MEJOR ASUME LAS CONSECUENCIAS! ¡AH, PERO QUÉ TAL AYER, ECHADOTE VIENDO LA TELE!
¿El papá y la hermana? Ya en la puerta.
¿Él? Lavándose los dientes frente a la compu.
-¡NO SÉ TÚ PERO NOSOTROS YA NOS VAMOS! ¡TE ESPERAMOS CINCO MINUTOS A LO MUCHO EN EL CARRO PORQUE IGUAL VAS A LLEGAR TARDE Y SIN LA TAREA HECHA, EN SERIO QUE…!
Cuatro y segundos, llega corriendo.
-¿Pudiste?
-No.
-¡CLARO… TENDRÁS QUE ASUMIR LAS CONSECUENCIAS, COMO TE DIJE… Y A VER CÓMO TE VA CON LOS DEL EQUIPO… Y ESO ME RECUERDA AQUELLA VEZ QUE…!
El coche avanza, tráfico y todo.
-Papá, ¿me prestas tu celular, porfa?
-Mggfsfghh…
-¿Podrian guardar silencio tú y mi hermana un par de minutos?
-Mggfsfghh…
Google. Busca la canción. Play. Graba de teléfono a teléfono. Minuto y medio. Damos vuelta a la esquina treinta segundos antes de que cierren la puerta de la escuela.
Besos a papá. Palmadas a la hermana.
Baja del coche.
Entra a la escuela, creo que silbando.
La niña y yo lo vemos perderse tras la puerta.
El uno pensando, ¡ES UN MALDITO IRRESPONSABLE, YA NI LA AMUELA, SI SIEMPRE HE DICHO QUE…!
La otra, en cambio, con un cierto brillo en la mirada: *Todo un profesional*.

Tweet about this on TwitterShare on Google+Share on Facebook

De qué hablo cuando hablo de la FILIJ


 
Fue justo durante la pasada emisión de la FILIJ que me nombraron “Embajador FILIJ”. Si usted no sabe qué significa eso, no se preocupe. La mayoría de los involucrados tampoco, incluyendo anteriores embajadores. Es un nombramiento honorario, eso sí. Y se supone que uno tiene que hacer todo lo que pueda, durante el año que le toca, por la LIJ mexicana. ¿Es un poco como la rifa del tigre? Sí. ¿Es un gran honor ostentar el cargo? Principalmente. En mi caso, sigo sintiendo (como mucho de lo que me pasa cuando la LIJ está inmiscuida) que el saco me queda grande. Pero también es cierto que era imposible negarse: al menos tres del comité de selección me pidieron que aceptara ser nominado; y acepté. La selección, al parecer, fue unánime; y me quedé.

Desde aquella pasada emisión poco ha acontecido en torno al nombramiento. No entraré en detalles pero el asunto ha tenido bastante menos que ver con lo que ha ocurrido en años anteriores. Coyunturas, que le llaman. Con todo, es cierto que dentro de los “compromisos” que atañen al embajador está: “…difundir nacional e internacionalmente la Feria Internacional del Libro Infantil y Juvenil” (cláusula once de las bases de la convocatoria para la selección del Embajador) y esa es la principal razón por la que, supongo, me desperté un día pensando: “¡Al diablo la selfie que soñé tomarme en Bolonia! ¿Y si no hay feria este año?”

Espantado -como todos- por las políticas de austeridad, tuve esa no tan grata revelación de un negro -pero posible- futuro. Justo es decir, no obstante, que dos minutos después ya estaba roncando de nuevo. La semillita, de cualquier modo, estaba sembrada. Y como usuario de la feria, me preocupé. Como autor, me angustié. Y como embajador, me pregunté si había algo que pudiera hacer para, al menos, asegurarme de que tan distópico y negro futuro no ocurriera.

Justo es decir también que una vez me mandaron llamar del FCE. Yo creí que como embajador pero no, como Toño Malpica. En esa ocasión sí se habló de la FILIJ… pero la de Mérida. No la nuestra. Lo cual no abonó mucho a mi tranquilidad.

Luego -justo es decir nuevamente que- me mandaron llamar de la DGP. Yo creí que como Toño Malpica pero no, como embajador. Y esa vez sí se habló de la FILIJ, la nuestra. Y aunque eso abonó a mi tranquilidad, me despertó nuevas angustias. ¿Por qué? Pues porque era evidente que muchas cosas iban a cambiar. La mayoría de ellas… por necesidad. ¿Qué necesidad? La ya tradicional de hacer más con menos. La de que el dinero no alcanza. La de tener que ajustarse el cinturón a como dé lugar porque el presupuesto… cómo le cuento…

En fin. Que esas nuevas angustias eran reales, ya no inventadas. La feria iba a cambiar. De sede, de formato, de administración… Y cuando algo, en tu opinión, funciona bien, ¿Cómo para qué sacar la llave de tuercas, el desarmador y el martillo? Pues eso. Pero la llave de tuercas, el desarmador y el martillo ahí estaban. Sobre la mesa. Listos para usarse.

Dejemos un poco a un lado el asunto éste del dinero. (No. A mí tampoco me queda claro si de plano no hay o más bien el que antes se usaba para X ahora se quiere usar para Y, pero igual no resuelve nada tratar de descifrarlo).

Partamos simplemente de que la feria tiene que cambiar. Y eso, ya de entrada, cuando creíamos que habíamos encontrado un modelo idóneo (hasta con campo de futbol incluido), pone de los nervios.

¿De qué hablo cuando hablo de FILIJ?

Hablo del lugar en el que por fuerza, año con año, me encuentro con mis lectores. Y con mis amigos. (Y amo que cada vez se confundan más unos con otros).

Hablo del sitio que me acogió como autor hace más de 15 años cuando gané aquel insólito Gran Angular y me sentí, literal, como en cuento de hadas.

Hablo del lugar en el que he reído un montón de veces y llorado al menos una, detrás de un micrófono y frente a cientos de personas.

Hablo de un jardín en el que he tocado el piano y he hecho aparecer una rana en un auditorio y me he tirado a hacer picnic y he sido guardameta.

Hablo de la inconfundible sensación de estar bien y estar en casa cuando ves un libro tuyo en un estante y puedes fingir indiferencia.

Hablo de la tremenda e irrepetible posibilidad de encontrarte en un pasillo a aquel que te ilustró un libro o aquella que te editó una novela o éste que te concedió una reseña en su blog. Y saber que a todos nos une lo mismo. Y que estamos ahí por ello. Y que al menos por esos diez días es lo más importante del mundo.

Cuando hablo de FILIJ no pienso en cifras. Pienso en sensaciones. Recuerdos. Expectativas. Libros. Muchos libros.

Y eso es lo que, (¡Por las malolientes barbas de Sauron!), no debe cambiar, perdone usted el exabrupto.

La feria cambia en la próxima emisión. Es un hecho. No hay embajaduría que detenga eso.

Pero no podemos permitir que cambie, o nos cambien, el cariño que le tenemos. De ahí la vigilancia necesaria en estos días. A mí también me ponen (¡mucho!) de los nervios los temas de protección civil que nos aseguran que tienen resueltos. Y siento feo al no ver en el mapa la bebeteca. (Pero tal vez sólo sea que mi vista ya no es muy buena.) Tal vez lo mío, lo nuestro, no sea sino el natural temor de quien vuelve a casa después de haberla puesto en manos de un arquitecto cuyas credenciales desconoce. ¿Será mejor? ¿Será peor? ¿Y si el azulejo no combina con la puerta?

¿Cómo será la versión 39 de nuestra amada FILIJ?

Imposible decirlo por ahora. Distinta, sí. Desde luego.

Pero eso no le quita que siga siendo nuestra casa. A la que queremos mucho.

Y por eso hay que estar expectantes. Muy expectantes.

Yo, por lo pronto, no pienso ir a ningún lado, se los aseguro. Ni siquiera a Frankfurt, aunque no lo crean.

Tweet about this on TwitterShare on Google+Share on Facebook

«Terminé la novela»

 
Hace un rato que no escribía nada por aquí.

Y hoy me pareció un buen día porque bueno, no todos los días se termina de escribir una novelita.

Y honestamente quise sentarme a hacerlo pensando en ti… querida amiga, querido amigo, que me has preguntado en una feria, en una escuela, en la calle… qué consejo te puedo dar porque quieres ser escritor.

Y aunque es cierto que siempre dan ganas de contestar: “¡Qué consejos voy a dar yo, que no sé ni dónde tengo puesta la cabeza!” (Lo cual, además, es cierto)… de pronto hay días que sí dan ganas de decir cosas.

Hoy, por ejemplo.

Te diría que está muy bien proyectarte en el futuro. Verte a ti mismo (porque se vale soñar y todo eso) en ese sitio que parece llenar tu expectativa.

En el asiento 13F de un vuelo internacional, yendo a la FIL tal.

En el podio de los galardonados al sonado premio tal.

En la foto de media página del prestigioso periódico tal.

Pero lo cierto es que, en realidad, todo eso, cuando llegue, ejem, verás que sólo “parecía” llenar la expectativa.

En realidad todo estriba en el simple y cotidiano hecho de que un día como cualquier otro (éste, tal vez), terminarás una novelita (acaso ya lo hayas hecho) y, después de estirarte en tu silla, saldrás del estudio y dirás a voz en cuello: “Terminé la novela”, y alguien te contestará, “Qué bueno. Lavas los trastes y tiendes la ropa. Nos vemos en la tarde” (Como seguro te habrá pasado un millón de veces).

Mi simplísimo consejo es que te hagas a la idea, de una vez y para siempre, que es eso, y no otra cosa, lo que _en realidad_ llena la expectativa.

(Y si ya te ha pasado… adivina qué).

Porque en este momento nada nos distingue a ti y a mí. O probablemente sólo esto: que yo lavo y tiendo oyendo jazz.

Así que dejémonos de falsas ideas. Manda esa novela al concurso o a la editorial, acomete la siguiente… y sigue viviendo (y lavando y tendiendo, ni hablar), que es lo que hacemos todos los escritores.

Y ya me voy porque también tengo que sacar al perro.

Tweet about this on TwitterShare on Google+Share on Facebook

Problema de conducta

 
Gracias por recibirme, dijo él
Al contrario. Gracias por venir. Dijo ella.
Es que no lo entiendo, dijo él. De hecho, no sé por dónde empezar.
Por el principio, es lo más fácil. Dijo ella.
Bien. Pues de repente el lunes salió con que ya no quería entregar más tareas, dijo él. Y luego el martes, que ya no quería venir a la escuela. Y desde el miércoles, simplemente, que la odia a usted.
Pues yo tampoco lo entiendo, dijo ella.
¿Qué quiere que le diga? Es un buen niño, creo yo. Pero hoy viernes, simplemente se negó a ponerse el uniforme, dijo él. Y he tenido que dejarlo en casa como si estuviese resfriado. Por favor, sea honesta conmigo. ¿Qué fue lo que…?
No lo sé, dijo ella. No he hecho ningún cambio en mi forma de enseñar. Tampoco estamos a final de bimestre. Los exámenes aún están lejos y es cuando más suelen odiarme, ¿sabe usted?
Le suplico que sea honesta conmigo. Yo también alguna vez me negué a volver a la escuela cuando era niño. Mi maestra empezó a perder los estribos, dijo él. Aventaba el borrador ante cualquier falta y empezamos a tenerle miedo. Claro que era una señora de sesenta y cuatro años, tal vez ya habíamos colmado su paciencia. Supongo que usted, a sus veintipocos, tendrá la paciencia intacta.
Le juro… dijo ella, que yo sería incapaz de hacer algo como eso. Pero no creo que sea por mi juventud. Ya son otros tiempos.
Entonces no lo entiendo, dijo él. ¿Cómo un niño como él de repente sale con que odia a su maestra? Incluso hoy… me lo dijo llorando.
Yo tampoco lo entiendo, dijo ella.
En fin. Entonces siento haberle hecho perder su tiempo, dijo él.
No hay problema, dijo ella. De cualquier manera, no tendrá que preocuparse mucho por mí. La semana que entra envían a mi remplazo.
Pero cómo, ¿deja usted la escuela?, dijo él.
Sí. Haré un viaje largo de luna de miel, dijo ella.
¿Se casa?, dijo él.
El sábado próximo, dijo ella. Pero le juro que no por eso he bajado mi desempeño como maestra. La docencia es mi vida. En cuanto regrese del extranjero retomaré mis clases.
Y sus alumnos lo saben, supongo. Dijo él.
Por supuesto. Les avisé desde que inició la semana, dijo ella, pendiente del reloj porque en breve sonaría la campana de inicio de labores.
Bueno. Le agradezco mucho que se tomara el tiempo de recibirme, dijo él, también pendiente del reloj porque antes de partir a la oficina quería volver a su casa, tal vez a prodigar un abrazo silencioso.
Discúlpeme, pero tengo que ir a mi aula, dijo ella. Dele un beso de mi parte. Y dígale que no le pondré la falta del día de hoy por haberse resfriado. Pero el lunes tiene que venir forzosamente. No sabemos cómo será la nueva maestra.
Ojalá tenga sesenta y cuatro años, pensó él. Pero no dijo nada.
Que tenga buen día, dijo ella.
Y que la vida siga su curso, dijo la campana de inicio de labores.

Tweet about this on TwitterShare on Google+Share on Facebook

Casilda – Un cuento de miedo

 
Pienso en lo que sería hoy de mi vida si en vez de trivializar lo que ocurrió esa semana, hubiera desconectado el internet. O borrado para siempre la aplicación. O destrozado la televisión, el celular, el resto de los aparatos con mis propias manos. Pero hay sucesos que no se pueden cambiar.
 
Vidas que no se pueden recuperar.
 
Y no me lamentaría si no fuese por lo mucho que lo extraño. Si no fuese porque justo hoy cumpliría siete años.

 
Era un domingo cualquiera aquel en el que, en su perfil de Streaming, apareció esa sugerencia. A pesar de que el contenido estaba restringido para un niño como él, ahí, entre otros programas inofensivos, una película de nombre “Casilda”. El recuadro mostraba la imagen de una niña con uniforme escolar y manos ensangrentadas, mirando al frente de forma provocativa.
 
Yo acababa de reconectar su televisión al internet y por eso me di cuenta. Me pareció inapropiada la recomendación pero ahí, en su presencia, preferí no hacer comentarios. Lo puse a ver otra cosa y fui a mi televisión a cerciorarme de que se tratara de una pésima selección de cartel pero que el contenido sí fuese para niños.
 
En la búsqueda no me apareció nada con ese título. Sólo al entrar al perfil del niño me desplegó de nueva cuenta la sugerencia. En la reseña no había nada. En el año de la producción tampoco. La única información eran el título y la imagen.
 
Decidí reproducirla.
 
Apenas dos minutos con treinta y cuatro segundos. Tal vez los más perturbadores de mi vida. Varios niños con uniforme escolar, comandados por la niña de la imagen, cometían un espantoso asesinato.
 
No abundaré en el detalle. Sólo diré que ocurría en una especie de mazmorra. Y que había sangre. Mucha sangre.
 
Ante el horror de que mi hijo viera eso por curiosidad o casualidad, desconecté la corriente de nuestro departamento y alegué que nos habían cortado el suministro. Me lo llevé a comer fuera. Y al cine. Al volver a casa, lo acosté y me dispuse a exigir una explicación por todos los medios. En el servicio de Streaming nadie sabía nada del corto. Les mandé por correo una foto de la pantalla donde decía “Nuestra selección para Rodrigo”. Adujeron un posible virus. Me pidieron que desinstalara la aplicación y la volviera a instalar. Así lo hice y… santo remedio.
 
“¿Podemos hacer algo más por usted?” “No, muchas gracias”.
 
Eran las dos de la mañana cuando me despertó un llanto. Mi hijo veía con terror el breve corto en su tele. Apenas alcancé a apagar el aparato, antes de que la víctima diera su último y desgarrador alarido. De nada sirvió que intentara consolar al muchacho con lo usual: “son efectos especiales”, “son actores profesionales”, “nada de eso es real”. De nada sirvió. Acaso porque los gritos y el horror y la sangre se veían -se sentían- más que reales.
 
Después de una noche llena de sobresaltos, al fin amaneció y lo llevé a la escuela. A solas en casa intenté buscar una solución por mi cuenta. El google no me arrojaba nada; el corto no existía; el virus tampoco.
 
Decidí que no valía la pena. “Son efectos especiales, actores, mentiras”, me dije.
 
Reinstalé la aplicación. Creé un nuevo perfil para el niño, con un nombre distinto. “Si te vuelve a salir, no lo veas y ya”, fue lo que le sugerí por la tarde.
 
Ya de noche me llamó desde su cuarto. Ahí estaba de nuevo la recomendación. “No lo voy a ver”, me aseguró. Lo arropé y felicité por haberlo superado.
 
A la hora de levantarse para ir al colegio, lo encontré fascinado mirando el crimen. Apagué el aparato enseguida. “¿Qué haces?” No me respondió. Parecía feliz. Tal vez demasiado. Se dispuso a alistarse de inmediato. “No me da miedo, mamá” fue lo único que le saqué mientras lo llevaba en el auto.
 
Después de eso, creí que todo estaba resuelto. Veía sus programas usuales y se comportaba normalmente. Pero tampoco dejaba de ver “Casilda”. Una, o dos, o tres veces por día. Entre un programa y otro, principalmente.
 
El jueves salimos al dentista y me pidió mi celular en la sala de espera. Miró el corto sin volumen como quien mira algo humorístico, incluso lo vi sonreír, aunque yo hacía todo lo que podía por cubrir la pantalla con mi cuerpo.
 
De regreso charlamos de cualquier cosa. Sus tareas. Sus compañeros. El videojuego que le compraría si sacaba buenas calificaciones.
 
Y por la noche, lo acosté como siempre.
 
Pero más de una vez escuché gritos que salían de su televisión. Y más de una vez adiviné su risa y ese extraño dejo de satisfacción que surgía de ella.
 
El viernes, de camino a la escuela, prefirió mirar el video en su tablet todo el camino que charlar conmigo. Algo había de impúdico en su mirada. Me propuse hacer algo al primer rasgo de anormalidad que detectara en su comportamiento… pero no llegamos a ello. Ese viernes, después de acostarlo y pedirle que no mirara la televisión durante la noche, me dijo que se sentía mucho muy afortunado. Y se durmió cantando algo en una lengua para mí desconocida.
 
Fue la última noche que pasó en su cama.
 
En mis sueños, alguien llamó a la puerta de la casa. Abrí con pesar debido a la hora. Era Casilda. Sus ropas y manos estaban limpias. “¿Puede Rodrigo salir a jugar?” Mi hijo, detrás de mí, ya se había alistado como para ir a la escuela. “Ve”, dije, a sabiendas de que era un sueño.
 
Pero antes de despedirse, él exclamó: “No me da miedo, mamá”.
 
Y cruzó la puerta.
 
Y yo lo vi caminar con ella, por la calle oscura, a través de la ventana.
 
Por la mañana, previsiblemente, su habitación estaba vacía.
 
Y en su perfil…
 
…dejó de aparecer la sugerencia.
 
Pienso en lo que sería hoy de mi vida si en vez de fingir que todo estaba bien, hubiera desconectado para siempre el internet. Si nos hubiéramos marchado lejos.
 
Al bosque o al desierto.
 
O a la montaña.
 
Seguramente hoy no estaría apagando las siete velas de un pastel a las que nadie ha de venir a soplar.
Ni estaría haciendo llamadas o pagando anuncios o llenando formas.
 
“Disculpe usted… ¿Lo ha visto?”
 
Día con día, sin embargo, entro a su perfil. Guardo la esperanza de que aparezca de nueva cuenta aquella sugerencia, aquel cartel. Y yo pueda regocijarme en sus ojos, en su sonrisa, en la complicidad con los otros niños.
 
Y pueda confirmar que es verdad que no tiene miedo.

 
 
 
 
Toño Malpica

Tweet about this on TwitterShare on Google+Share on Facebook

Retratos de una ciudad


 
Nací en esta ciudad. Me fui durante mi infancia y juventud. Volví con el siglo.
Uno no siempre decide dónde pone sus afectos.
Muchos de los míos están delimitados por una línea punteada en el mapa del país. La ciudad, la delegación, la colonia.
Y uno no siempre decide sobre qué escribir. A veces son los afectos, las pasiones, las obsesiones los que conducen la mano.
Hace un año ya tenía listo este libro para entregarlo a alguna editorial. Luego, se sacudió la tierra y me pareció que no podía ser de nadie porque debía ser de todos. Surgió la idea de ToposLIJ y consideré una enorme suerte que no hubiera apalabrado el libro con editorial alguna. Me pareció obligatorio obsequiarlo a la gente que vive y palpita las mismas calles que yo.
Debido a la enorme fortuna de que el libro, de cualquier modo, siguió un proceso editorial como cualquier otro (hay mucha gente extremadamente generosa detrás, los más notables: Valeria Gallo que ilustró, Alfredo Ruiz Islas que me ayudó a la revisión histórica, Libia Brenda Castro quien editó) no me causa aprensión echarlo al mundo. Aunque sólo sea en puñados de bytes.
Y ahí está. En www.toposlij.com/libros. Y en ningún otro lado. Mi pequeño homenaje a esta urbe que, como dice la dedicatoria, tantos queremos tanto.
Descárguenlo, léanlo, compártanlo. Sin pudor ni menoscabo. Que mientras nadie baje el switch de los servidores del mundo, ahí estará, para quien se le antoje mirar la ciudad a través de los ojos de estos niños que, aunque salieron de mi pluma, quiero creer que harán eco en el adoquín de nuestras calles… siempre y cuando –claro- alguien los lea.

Tweet about this on TwitterShare on Google+Share on Facebook

ToposLIJ


 
Hace un año, la vida nos cambiaba.
Sin ningún tipo de aviso porque hasta la alerta llegó tarde.
En el ánimo de correr a ayudar a aquellos que perdieron más que nosotros, los que nos dedicamos a los libros para niños y jóvenes, naturalmente, pensamos primero en los niños y los jóvenes. Y luego, en cómo podríamos ayudar con nuestras propias manos. Manos que, más que remover escombros, escriben, ilustran, editan, promueven…
Así nació ToposLIJ, una agrupación que piensa que los libros, las historias pueden ser un gran refugio.
Y por ello nos empeñamos en llevar libros adonde hubiese niños y jóvenes afectados.
Nos dimos cuenta de que una historia (en papel, en electrónico, narrada) trae el mismo consuelo que un abrazo, una bebida caliente, una frazada. Un todo va a estar bien y un sí que habrá un mañana.
Con un ímpetu de generosidad conmovedora, mucha gente relacionada con la LIJ se unió para crear www.toposlij.com. Ilustradores, editores, correctores de estilo, escritores, diseñadores gráficos, entre otros, han hecho este inicio regalando su trabajo para manifestar que aquí estamos para lo que venga. Queremos ser un enlace entre el que necesita ayuda y el que la puede otorgar. Siempre con la literatura como bandera. Y siempre pensando en los niños y jóvenes como principio.
Dense una vuelta por la página. O por nuestras redes sociales. Hagan saber que, si hace falta el consuelo de la LIJ en algún lado, catástrofe o no, aquí estaremos. Historia en mano, para todos.

Tweet about this on TwitterShare on Google+Share on Facebook

Discretos milagros

 
Esto que voy a contar, aunque no tiene la menor importancia, bien puede verse, bajo cierta óptica, como un (se afloja el cuello de la camisa aquí), ejem… milagro. Discreto y personal y enormemente banal pero (mirada a los lados aquí), ejem… milagro al fin. Por eso lo cuento. Por eso y porque, ¿a quién que se diga lector no le gusta imaginar que forma parte de algo más grande que él mismo? Una historia imaginada, un cruce de miradas entre dos pasajeros que viajan en trenes distintos, el dibujo azaroso que forman los pliegues de una sábana… una referencia específica en un libro. Y es algo tan simple y tan trivial y tan sorprendente como esto: que el miércoles pasado, estando de vacaciones, cerré el libro que estaba leyendo justo al dar vuelta a la página 163, puse el separador y nos fuimos a ver a los clavadistas a La Quebrada. Hasta ahí, nada del otro mundo. Pero ayer ocurrió que retomé el libro y, en la página 164 descubro la referencia que aparece en la foto.

No lo mencionaría si no fuese porque el libro en cuestión es “La mano de la buena fortuna” de Goran Petrovic. No lo mencionaría si no fuese porque, como bien se sabe, los personajes en tal libro entran en sus propias lecturas como si traspasaran una puerta y vivieran otras vidas al interior de cada libro. No lo mencionaría si no fuese porque, aunque desde luego se trata de una coincidencia como las hay por miles, sentí que al caer en la página 164 sin leerla, estaba entrando en ella sin darme cuenta, siendo por un momento un personaje a quien un monje explica que muchos libros fueron quemados, muchas historias olvidadas, muchos pergaminos raspados… y vale la pena reparar en ello. No lo mencionaría si no sintiera que algún día sólo quedará el recuerdo, no de La Quebrada, sino de nuestra idea de La Quebrada, nuestra idea de El Mundo, el recuerdo de las historias por las que rara vez pasa alguien y, mucho menos, se detiene, el recuerdo de las palabras que fueron profanadas para los intereses de la vanidad humana (o la alta resolución y el ancho de banda, je). No lo mencionaría si no fuese porque, aunque muchos libros me han hablado antes íntimamente, éste es el primero que además me zarandea para conseguir que lo mire de forma distinta y le haga la discreta y personal y enormemente banal promesa de que, mientras pueda, como el padre Serafim, oficiaré en soledad, visitaré esos parajes de papel y tinta y viviré otros mundos en su interior… aunque tampoco se crea mucho en ellos. Como suele ocurrir con los (ninguna incomodidad aquí, que conste) milagros verdaderos de este lado de la página.

Tweet about this on TwitterShare on Google+Share on Facebook

Me acuerdo…

 
Me acuerdo que el día que ganó #AMLO empezó temprano para mí. 7 AM y ya estaba comiéndome las uñas, más nervioso por el próximo resultado que por mi chamba en la casilla.

Me acuerdo que, 19 horas después, cuando volví a casa, pese a lo que reflejó el cartel que pegamos en la puerta de la casilla una hora antes, por fin me enteré y se me espantó por completo el sueño.
O tal vez… más precisamente, me recorrió, como una descarga eléctrica, el sueño.

Ese otro sueño.

Porque me acuerdo que ese día, que ya ni siquiera tenía el mismo número en el calendario, en realidad había iniciado 30 años atrás cuando el ingeniero Cárdenas abrió una senda de esperanza que, lamentablemente, no sería él quien transitara.

Me acuerdo que el día que ganó AMLO ya tarde, tardísimo, con un dolor de espalda tremendo y un agotamiento espantoso, me di cuenta de que una vez imaginamos un cambio que 30 años atrás nos arrebató el sistema; un cambio que ahora, en verdad, teníamos en nuestras manos. Tal vez no tan pulcro ni tan ideal pero sí con una mayoría absoluta en las urnas que mostraba la sobrecogedora certeza de que la mayoría de los mexicanos le apostaban, sí, al futuro.

Me acuerdo que el día que ganó AMLO escribí un post para acudir a él años después, apostando también a que en el futuro pudiese mirarlo con la grata nostalgia de recordar que ese día, en el que vi salir el sol dos veces, perdimos ante Brasil pero ganamos ante nosotros mismos.

Tweet about this on TwitterShare on Google+Share on Facebook

Glosofobia

 
Según Jerry Seinfield, hablar en público es el miedo #1 en una persona promedio. Morir es el #2. No. No tiene mucho sentido, pero si evocas ese momento en el que pasaste por primera vez a “dar la clase” frente a tus compañeros en la secundaria, muy probablemente recordarás que pensaste que, si caías muerto en ese mismo instante, seguro obtendrías más simpatía que al estar hablando de las monocotiledóneas. Con la edad no mejora. Recuerdo la primera vez que tuve que hablar frente a un salón de clases ya siendo autor. Me presentaron y me pasaron el micrófono. Sin guión ni nada. Puesto que llevaba un libro para regalar, lo único que se me ocurrió fue convertir eso en una especie de programa de concursos que no terminó en linchamiento sólo porque la directora hizo sonar su silbato. También les puedo hablar de aquella vez que me dejaron solo en un salón de preescolar y los niños se amotinaron. O aquella vez que me pusieron a medio patio, bajo el sol ardiente y a cinco minutos de la hora de salida, a dar mi plática. Pocas veces he temido más por mi vida. Claro, después de varios libros publicados, cuando en el aula ya leyeron alguno tuyo y te aplauden al ingresar y ponen atención y hasta te piden foto al final, la cosa mejora bastante, aunque el miedo se mantenga. Y dejas de desear que caiga un meteorito a media charla. Además es un ratito. Después te vas a la seguridad de tu casa y te encierras a veinte candados si te apetece. Pero no deja uno de pensar en todas esas personas que se someten todos los días al #1 frente a grupos de más de diez sujetos, todos ellos convencidos de que estás ahí sólo porque te aburres tanto en tu casa que prefieres ir a hablarles de las monocotiledóneas. No deja uno de pensar que hay que ser valiente. Y mucho. Ya ni hablar de lo contumaz o lo testarudo. Porque todos alguna vez formamos parte de ese grupo de más de diez y pensamos que esa señora, ese señor, bien podrían estar en su casa viendo la tele en vez de estar atormentándonos durante un año enterito. Y en cambio, ahí estaban, obstinándose, día con día, a veces con fiebre o con algún pesar o hasta volviendo del velorio de algún ser querido. Día con día. Mes con mes. ¡Un año enterito! Y por eso siempre terminaban las cosas mal. Uno quería odiarlos hasta el último día y no. ¡Qué va! Terminaba uno encariñándose. Mucho. Preguntando si nos tocaría el año siguiente con la misma señora, el mismo señor, ojalá, ya ves que aquel día que se me olvidó el lunch me convidó del suyo y ya ves que el otro día me prestó un libro que a la fecha no le devuelvo. No, no deja uno de pensar en tales personas y por ello, creo, lo correcto es rendirles un mínimo tributo. Aunque sea por mera retribución. Porque estoy seguro de que aquella vez del motín en preescolar lo que verdaderamente me salvó la vida fue el grito de “¡Niños! ¡Dejen al escritor! ¡Vuelvan a sus lugares!” que se escuchó al abrirse la puerta. Y que yo sentí como cuando un héroe, en un libro, espada en mano, valiente y tenaz, devuelve el orden al universo. Como suelen hacer dichas personas. Y gracias, de veras, por ello.

Tweet about this on TwitterShare on Google+Share on Facebook