Glosofobia

 
Según Jerry Seinfield, hablar en público es el miedo #1 en una persona promedio. Morir es el #2. No. No tiene mucho sentido, pero si evocas ese momento en el que pasaste por primera vez a “dar la clase” frente a tus compañeros en la secundaria, muy probablemente recordarás que pensaste que, si caías muerto en ese mismo instante, seguro obtendrías más simpatía que al estar hablando de las monocotiledóneas. Con la edad no mejora. Recuerdo la primera vez que tuve que hablar frente a un salón de clases ya siendo autor. Me presentaron y me pasaron el micrófono. Sin guión ni nada. Puesto que llevaba un libro para regalar, lo único que se me ocurrió fue convertir eso en una especie de programa de concursos que no terminó en linchamiento sólo porque la directora hizo sonar su silbato. También les puedo hablar de aquella vez que me dejaron solo en un salón de preescolar y los niños se amotinaron. O aquella vez que me pusieron a medio patio, bajo el sol ardiente y a cinco minutos de la hora de salida, a dar mi plática. Pocas veces he temido más por mi vida. Claro, después de varios libros publicados, cuando en el aula ya leyeron alguno tuyo y te aplauden al ingresar y ponen atención y hasta te piden foto al final, la cosa mejora bastante, aunque el miedo se mantenga. Y dejas de desear que caiga un meteorito a media charla. Además es un ratito. Después te vas a la seguridad de tu casa y te encierras a veinte candados si te apetece. Pero no deja uno de pensar en todas esas personas que se someten todos los días al #1 frente a grupos de más de diez sujetos, todos ellos convencidos de que estás ahí sólo porque te aburres tanto en tu casa que prefieres ir a hablarles de las monocotiledóneas. No deja uno de pensar que hay que ser valiente. Y mucho. Ya ni hablar de lo contumaz o lo testarudo. Porque todos alguna vez formamos parte de ese grupo de más de diez y pensamos que esa señora, ese señor, bien podrían estar en su casa viendo la tele en vez de estar atormentándonos durante un año enterito. Y en cambio, ahí estaban, obstinándose, día con día, a veces con fiebre o con algún pesar o hasta volviendo del velorio de algún ser querido. Día con día. Mes con mes. ¡Un año enterito! Y por eso siempre terminaban las cosas mal. Uno quería odiarlos hasta el último día y no. ¡Qué va! Terminaba uno encariñándose. Mucho. Preguntando si nos tocaría el año siguiente con la misma señora, el mismo señor, ojalá, ya ves que aquel día que se me olvidó el lunch me convidó del suyo y ya ves que el otro día me prestó un libro que a la fecha no le devuelvo. No, no deja uno de pensar en tales personas y por ello, creo, lo correcto es rendirles un mínimo tributo. Aunque sea por mera retribución. Porque estoy seguro de que aquella vez del motín en preescolar lo que verdaderamente me salvó la vida fue el grito de “¡Niños! ¡Dejen al escritor! ¡Vuelvan a sus lugares!” que se escuchó al abrirse la puerta. Y que yo sentí como cuando un héroe, en un libro, espada en mano, valiente y tenaz, devuelve el orden al universo. Como suelen hacer dichas personas. Y gracias, de veras, por ello.

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Insert coin to play


 
Mi hijo de diez años no es un niño lector.
Pero antes de que se arrojen por las escaleras, ahí les va esta otra: Yo tampoco fui niño lector.
Y si a alguien aquí no he mareado con mi historia de cómo me volví lector, al menos quédense con esto (que es la nanoversión del rollazo): un buen día llegó a mis manos un libro de Salgari que _en verdad_ no pude soltar.
Hay libros que te invitan cordialmente a tomar té con galletitas. Y hay libros que te te toman del cuello, te derriban y te someten a su voluntad desde la primera página. Hay libros que son un paseo de sombrillitas por el campo. Y hay libros que son la montaña rusa, una vez arriba no puedes bajarte hasta el final.
Yo agradezco que existan libros así.
Y también ya he dicho en otras ocasiones que por eso no estoy en contra de la lectura prescriptiva siempre y cuando haya una buena selección de títulos. Porque a veces no hay otra manera de interesar a un chico en la lectura que poniéndolo a merced de una historia que deje de lado las cortesías y le aplique una buena llave china.
Cuando leí “Ready Player One” me pareció que bien podía ser uno de tales libros. Pero creo que aún me parecía fuera de la liga de Bruno y por eso no hice nada por acercárselo.
Entonces, apareció en el horizonte la película y a la mamá de Bruno y a la mamá de Emilio se les ocurrió imponerles el reto a ambos amigos de que en las vacaciones leyeran el libro antes de ver la película. Ambos chicos, competitivos por naturaleza, aceptaron el desafío. Cuatrocientas cincuenta y pico páginas que a mí me parecía terminarían por ser una cima inconquistable… peroigual me callé la boca y me hice a un lado con todo mi pesimismo y mi suspicacia y mis aires de sabihondo.
Nada que no sepamos ya: las mamás suelen siempre ser más sabias y más acertadas en todo tipo de menesteres.
El sábado en la noche hubo que decirle a Bruno que ya cerrara el libro y se fuera a dormir, que ya era muy tarde y de todos modos bien podía saber por la mañana para qué demonios era la moneda de 25 centavos. Ayer domingo, lo primero que hizo al despertar fue tomar el libro y antes de las 7 AM ya había conquistado la cima. Emilio lo había logrado el día anterior. Ambos muy sonrientes y sin perder el peinado.
Y un par de lectores preguntándose, desde la otra habitación, si no sería este el día… en que…
Como sea.
El premio fue llevarlos de inmediato a ver la película en 3D atiborrándose de nachos y palomitas.
Tenían tan fresca la novela y estaba tan sola la sala que no fue difícil oír sus comentarios. Con todo, al salir, hice a Bruno la pregunta de rigor.
-Me quedo con el libro –respondió sin pensarlo.
Spielberg hizo todo lo que pudo por meter cuatrocientas cincuenta y pico páginas en ciento cuarenta minutos. Y se le agradece. Pero lo que no pudo incluir (y de hecho ningún director puede) es la visión personal de cada lector sobre la historia que nace en su mente al recorrer sus páginas. No hay presupuesto que alcance. Y de hecho siempre es la mejor versión posible.
Cuando dije allá arriba que el premio fue llevarlos al cine, me refería en realidad a nosotros, los que seguimos invirtiendo en tan impresionantes efectos especiales, tan magníficas batallas, tan grandiosas explosiones como ocurren en nuestra mente cuando nos subimos a ese carrito de feria al que nos invitan autores como un tal Salgari o un tal Cline, sonrientes y sin perder el peinado.
Aunque no. Mi suspicacia, mi pesimismo, mi sabihondez me llevan a pensar que mi hijo aún no es un niño lector. No todavía.
Pero el que un chico de diez diga “Me quedo con el libro” es ya un premio como para presumir en redes.
Al fin ya habrá más monedas de veinticinco centavos imposibles de soltar en nuestro futuro.

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Llanto mudo


 
Fue de manera repentina que Irene, la mujer más rica del pueblo, empezó a marchitarse. Una mañana las piernas no le respondieron y fingió sentirse cansada para no tener que dar explicaciones. A la mañana siguiente fueron los brazos los que se negaron a obedecerla y sólo gritó a sus criadas que la dejaran sola. Al tercer día quedó completamente inmóvil. Sus ojos y párpados fueron los únicos que no se sometieron a tan extraña catatonia. La examinaron los mejores doctores de la región, pero ella no abrigaba esperanza alguna; sabía perfectamente lo que le acontecía.
Cuando volvió Agustín del internado en la capital, supo al ver el terror en los ojos de su madre que ésta sufría lo indecible. El muchacho apenas tenía catorce años pero comprendió al instante que lo que Irene padecía escapaba del conocimiento humano.
Volvió al tercer día del corazón de la selva, acompañado de una curandera que diagnosticó, con un solo vistazo, la razón de la parálisis de la señora: Brujería por venganza. Había que buscar el lugar donde la habían enterrado vicariamente y deshacer el hechizo antes de que su silenciosa agonía la llevara a la rigidez definitiva del catafalco.
Agustín no preguntó quien habría querido vengarse de su madre. O por qué razón. Al igual que ella, lo sabía. Dio un beso en la frente a la mujer cuyos alaridos de muerte nadie escuchaba y partió a un recóndito lugar en la sierra del que conocía bien la ubicación, aunque nunca hubiese estado ahí.
No llevó más compañía que la de un perro de la hacienda y algunas provisiones. Sabía perfectamente que su madre, quince años atrás, había cometido una terrible injusticia. Y sólo porque él mismo debía su existencia a tal injusticia no la juzgaba muy duramente.
Después de tres días de sol, lluvia, mosquitos y esporádicas caídas por barrancos y ciénagas, al fin llegó a la cabaña. La tarde cedía su lugar a la noche y el perro no dejaba de gruñir. La primera sorpresa de Agustín fue ver las condiciones de la casa, muy distintas a las que siempre imaginó.
Recordó entonces el relato que le confió su madre al morir su padre. Que una señorita sin nombre, sin dote y sin fortuna, era novia de don Agustín cuando Irene lo conoció en un baile. Que se enamoró de él desde el primer día y se resolvió a hacer lo que fuese necesario para conseguir su cariño. Que pagó a dicha señorita una cuantiosa suma para que se apartara de su camino y le obsequió una cabaña en la sierra con una generosa renta mensual a cambio de la misiva donde confesaba una supuesta infidelidad. Que Don Agustín lloró por días tal despecho pero se refugió al instante en los brazos de Irene.
Los esponsales fueron a los tres meses.
“No obstante… sé que algún día querrá hacerme pagar lo que le hice”, confesó Irene a su hijo la vez que tuvieron aquella difícil conversación, tras la muerte de su padre, motivada por pesadillas donde veía una mano esquelética arrancándole el corazón del pecho.
El viento arreció. Una lluvia pertinaz se manifestó. Los colores casi habían huido del todo. El perro no quiso acercarse, se echó en el camino y aullaba aterrorizado.
La primera sorpresa fue encontrar la cabaña en tan miserables condiciones. Sólo era un pedazo de madera carcomida, sin vidrios en las ventanas, la puerta vencida sobre sus goznes, todo el lugar a merced de los elementos desde hacía mucho tiempo.
La segunda sorpresa fue descubrir, al interior, el cadáver en descomposición de una mujer vestida de andrajos, un fiambre atado por cadenas a una columna de piedra y que era consumido por los insectos.
Agustín supo, sin tener que consultar con nadie, el tiempo exacto que llevaba muerta esa infeliz. Y supo que aquello que su madre le había vendido como un pacto había sido, en realidad, una traición.
Se sentó en el suelo a pesar del asco y el horror y el viento y la lluvia y los moscardones. Se figuró lo que ahí había pasado por tantos años. El hambre, la suciedad, la intemperie, la enfermedad, la soledad, la desesperanza…
El llanto.
La penumbra al fin lo conquistó todo. Agustín escuchó al perro emitir un último chillido y callar enseguida. Se puso de pie y miró a través del espacio entre los tablones. Un destello le mostró el cuerpo del animal, que yacía en la vereda, manando sangre.
Agustín se figuró el llanto. El llanto que nadie, por quince años, había escuchado jamás.
Un segundo relámpago le reveló entonces una pálida mujer de grandes ojos y dolorosa expresión… de pie, en el camino, mirando hacia la casa.
Portaba las mismas ropas del cadáver.
Y en su obstinado andar Agustín vio, por un segundo, la razón por la cual su padre la había amado tanto.

Cuando Irene recobró la movilidad, lo primero que hizo fue emitir un grito desgarrador… que nadie fue capaz de escuchar. Había vuelto muda de su inexplicable encierro.
Cayó de hinojos y así, de rodillas, se arrastró hasta la capilla de la hacienda. No hubo modo de separarla del reclinatorio por días y días y días.
No pedía perdón a potestad divina alguna. Mezquina contrición la suya, pues sabía que aquella mujer a quien suplicaba misericordia era la misma que le había prometido, al ser llevada a la fuerza al monte años atrás que, en cuanto muriera, volvería para arrancarle de tajo el corazón.
De ahí la obcecada necesidad de mantenerla con vida.
De ahí que Irene, al enterarse, ya sumida en su repentina inmovilidad, que el hombre encargado de custodiar y torturar y dar de comer a aquella cautiva llevaba varios días muerto, ella se desgarrara por dentro.
De ahí que, a media oración, en mitad de la noche, rendida en la capilla, las rodillas peladas hasta el hueso… cuando sintiera pasos tras de sí, no encontró alivio alguno en su alma.
Ni siquiera cuando constató que se trataba de Agustín.
Irene sólo pensó que era una verdadera tragedia que el muchacho se pareciera tanto a su padre.
Agustín, en cambio, no le obsequió una sola mirada, pues no estaba ahí por cuenta propia. Iba cumpliendo un encargo. Un encargo de alguien más.
Y a Irene esto le quedó claro al momento en que… frente a sus ojos… el muchacho… simplemente se despidió como si alguien lo obligara.

Los sollozos de la mujer más rica del pueblo no emitieron sonido alguno.
Ni ese día ni el día que trasladaron de la sierra el cuerpo de Agustín.
Desde entonces el pavoroso llanto de Irene moría al momento mismo de nacer. A diferencia de otro llanto que sí se escuchaba desde la sierra por varias millas a la redonda. Todas las noches.
De hecho… hay quien dice que se sigue oyendo.

 
 
Toño Malpica

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Feliz 2 de Abril

 
-¡Hey, felicidades!
-¿Es a mí?
-Sí. Es 2 de abril. ¡Día del libro para niños! Te hice un pastel.
-Eh… gracias, pero no nos precipitemos. Eso de “libro para niños…”
-¿Cuál es el problema?
-Mira. No me lo tomes a mal, agradezco el pastel y todo, pero… bueno, toma en cuenta que apenas estoy empezando. No tengo ni diez años en el mercado.
-¿Y qué con eso?
-Yo, algún día, formaré parte de… hazte para allá que necesito hacer un ademán con la mano… ¿Estás listo? Algún día formaré parte de… “La Literatura Universal”.
-¿Y eso qué rayos significa?
-¿Pues qué va a significar? Algún día me verás en el mismo estante que “Cien años de soledad”,”La montaña mágica”, “Crimen y castigo”…
-Debe ser la primavera. Ha subido mucho la temperatura últimamente y a algunos les afecta en serio. Un tío mío, en cuanto empezaban los calores, se ponía a cortejar percheros.
-¿Te estás burlando? ¿Precisamente tú te estás burlando?
-Oye, cada quien es libre de tener los sueños que quiera, pero… “Lorenza, bájate del perro” no es precisamente el título que Harold Bloom piensa encontrar en su librero cuando extiende la mano.
-Estás celoso. Debí suponerlo. Yo algún día puedo volverme un clásico y en cambio tú sólo vas que vuelas para viejo.
-Como quieras.
-¿No eres tú el que siempre dice que sus libros son “como sus hijitos”? ¡Deberías estar orgulloso! Además… el día que me cubra de gloria, tu nombre estará ahí, malagradecido.
-Es que no veo cuál es el problema de que le gustes a los niños. Ibi, sin ir más lejos…
-¿Quién es Ibi?
-¡Ibi! Creí que te había mostrado la foto. Mira.
-¿Ella es Ibi? Hermosa sonrisa. Y yo no salí nada mal. Tú, en cambio…
-Sí. Como sea. ¿Sabes que eres uno de sus libros favoritos?
-¿En verdad?
-En verdad.
-¿No me mientes?
-Ella misma me lo dijo.
-…
-…

-Hermosa y enigmática sonrisa, ¿eh? Debe ser una chica muy lista.
-Y tú deberías estar orgulloso. Ya quisiera “Crimen y castigo” ser apreciado así por una chica como ella.
-Bueno… ahora que lo dices…
-Ni siquiera yo lo imaginaba el día que te escribí. O que Manuel te dibujó. Y aquí estamos. Mira. Es un verdadero prodigio. Tal vez en cuarenta años Ibi esté leyendo “La montaña mágica” o “Cien años de soledad” pero será, un poquito, gracias a ti.
-Vaya. Es posible que sea cierto, ¿no?
-Muy posible.
-…
-…
-¿Puedo conservar la foto?
-Toda tuya. Presúmela con quien quieras.
-Gracias. Oye… ¿te quedarás al pastel?
-Considerando que toda esta charla estuve luchando con las ganas de estrellártelo en la portada… claro que me quedo.
-Sólo que no comas demasiado. No soy el único que festeja, ¿eh? Somos varios. Y además tienes los triglicéridos altos, recuerda.
-Feliz día, pues.
-¡Y muchos años de estos!

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Carta a un niño lector cuya escuela no pude visitar…

 
Estimado niño lector:

 
Soy Gus, el primer personaje de Toño Malpica en una novela infantil. Te escribo yo porque a él le da pena (pena en sus dos sentidos: el de la timidez y el de la aflicción). Y ahora verás por qué.

Fue hace ya variois años que a Toño Malpica se le ocurrió que tal vez no fuera una mala idea escribir una novela infantil. En ese entonces no sabía nada del asunto (ahora sabe un poquito más) pero le pareció que quizás se estuviera perdiendo de mucho al no hacerlo. Y no se equivocó. Fue en el año 2000 que descubrió todo lo maravilloso que puede ser este oficio de las letras para niños y jóvenes.

Iniciaba el siglo y él me imaginó y me dio vida y me dotó de un para de alas y, hasta la fecha, no he dejado de surcar el cielo (si no sabes de qué hablo tendrías que leer mi novela, pero no te fijes que no se trata de mí este asunto; o no del todo, al menos).

Muchos años han pasado desde que Toño Malpica escribió su primer libro para niños sin más brújula que la de la imaginación y las ganas de contar una historia. En todo ese tiempo han ocurrido muchas cosas: bastantes más libros, uno que otro premio y, acaso el más importante de todos: el inmenso cariño que ha sentido que le prodigan (a veces (más de las que cree merecer)) sus lectores.

Estimado niño lector… Es posible que hayas leído un libro de Toño Malpica y hayas sentido ganas de conocerlo. (Aquí entre nos, para él eso es un misterio pues en realidad es un tipo promedio de estatura promedio y peso promedio al que no voltearías a ver así pasara a tu lado por la calle saltando en un pie). Y es posible que por mi culpa (Gus, ¿recuerdas?) o por la culpa de Sergio Mendhoza o de Bruno Bellini o de Margot o de Ulises Bernal o de algún otro de nosotros te hayan dado ganas de platicar con Toño Malpica, preguntarle cosas, regalarle una cartita, pedirle que te firme tu libro o sacarle un consejo para escribir…

Y está muy bien.

Por eso me ha encargado mucho que te haga saber que se le rompe el corazón cada vez que un niño como tú quiere conocerlo y él no puede simplemente convertirse en uno de sus personajes, emprender el vuelo, aparecer a tu lado, sentarse a charlar, compartir unas Freskas, imaginar una historia, firmarte tu libro, darte un abrazo. Porque bueno, por si no lo sabías, Toño Malpica era un niño que no leía, pasaba mucho tiempo hablando solo y todo le daba pena (era muy tímido y le afligía hasta aplastar una hormiga sin querer) y el simple hecho de que alguien lo quiera conocer (a pesar de haber sido un niño tan sin chiste y luego un señor tan sin chiste) lo hace sentir el tipo más afortunado del mundo y a la vez el más tonto del universo por no poder simplemente botar lo que está haciendo, tomar un autobús, un avión, un cohete y hacerse de un amigo más, que es una de las mejores cosas que pueden pasarle a cualquiera en esta vida.

Querido niño lector… piensa que, si Toño Malpica no ha podido ir a saludarte, no es porque no quiera, es porque el gobierno no lo ha dejado clonarse (aunque sigue insistiendo en ello). Piensa que, puesto que no puede estar en dos sitios a la vez, tal vez Toño esté dando vida a otro Gus y tal vez lo esté dotando de voz y de sueños y de alas. Piensa que ese nuevo personaje te lo agradece. Y yo también porque, bueno, nada más de saber que viene del mismo lugar del que yo vine, ya lo quiero. Y ya lo añoro. Y ya espero ver su libro.

En todo caso, querido niño lector, si Toño Malpica no ha podido ir a verte, no vale la pena ponerse triste. Piensa que él ya se ha puesto triste por los dos y la vida es demasiado corta para desperdiciarla de esa manera.

En resumen, Toño Malpica me ha pedido que te haga saber que siempre se sentirá en deuda contigo. Y que su mejor manera de expresarlo es seguir escribiendo para ti. Personajes que nunca envejezcan y nunca dejen de surcar el cielo para que siempre te hagan compañía. A ti y a tus niños y a los niños de tus niños.

Y no sé… tal vez en alguna plaza o en algún parque, tal vez mañana o tal vez el día que te titules o te cases… te sorprenda ver a un tipo saltando en un pie… y le estreches la mano y él (¡maravilla de maravillas!) se haga de un amigo más, que es de las mejores cosas que puede pasarle a cualquiera en esta vida.

 
 
Con cariño,
Gus de “Las mejores alas”


 
 
Puesto que me fue denegado el don de la ubicuidad y el gobierno sigue sin dejarme clonar, últimamente me he tenido que negar a tantas invitaciones que hasta el sueño se me ha ido. Pedí entonces a un buen amigo que saliera en mi defensa. Por favor, si usted conoce a un niño lector que últimamente haya padecido algún desaire involuntario de mi parte, hágale llegar esta misiva, por favor. Y si no conoce a ninguno, guárdela para el futuro. O hasta que mi primer clon sea visto visitando escuelas.

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Una historia de amor… Idéntica y distinta a todas

 
Él tenía siete; ella siete y medio.
Nunca antes se habían visto.
Y esa primera vez no fue muy afortunada. Él pasaba por ahí. Ella había perdido su cometa naranja.
Él hubiera querido no detenerse. Pero lo hizo.
Entre las ramas de aquel árbol tan alto, la cometa naranja.
Fue cosa de un par de segundos. Ella le sonrió y lo miró con esos ojos grandes como lagos. Y aunque no dijo nada, él supo leer en ellos algo así como: “¿Podrías…?”
Y él pensó,  
aunque no dijo nada, “Qué lata”.
Y trepó al árbol.

 
 
Él tenía doce; ella, doce y medio.
Y estudiaban en el mismo salón de clases desde hacía seis meses.
Ella era mejor para los deportes. Él, para las matemáticas.
Él hubiera querido mirar hacia otro lado. Pero no lo hizo.
A una butaca de distancia, ella mordía un lápiz. Su hoja de examen prácticamente en blanco.
Él no supo ni cómo ocurrió. Ella sólo le sonrió. Y él cayó en esos ojos grandes como océanos. Y aunque ella no dijo nada, él leyó en ellos algo así como: “¿Podrías…?”
Él refunfuñó echando los ojos al cielo.
Y, cuidándose del profesor, giró su hoja de examen.

 
 
Él tenía diecinueve; ella, diecinueve y medio.
Y llevaban saliendo por más de ocho semanas. Ella no apartaba los ojos de la pista de baile; él insistía en que le dolía la rodilla.
Bebieron toda la tarde del mismo vaso, y a veces de la misma melancolía.
Él trató de desviar la mirada, pero ella no se lo permitió.
Al final él cayó, claro, en su sonrisa y en esos ojos enormes como continentes. Y aunque ella no dijo nada, él pudo leer perfectamente en ellos algo así como “¿Podrías…?”
Él hizo una gran mueca.
Y se puso de pie para tomarla del talle.

 
 
Él tenía veintitrés; ella veintitrés y medio.
Y se sostenían de las manos frente a una gran audiencia.
A ella los nervios le hacían explotar en carcajadas, cosa que la hacía disculparse a cada momento. Él sólo negaba, abochornado.
El ministro no dejaba de hacerles preguntas. Y él trataba de fijar la vista en los vitrales. Pero ella y su sonrisa no se lo permitieron.
Terminó, claro, perdiéndose en esos ojos grandes, grandes, grandes como planetas. Y aunque ella no dijo nada, él captó en el aire algo así como “¿Podrías?”
Y soltó un bufido imperceptible antes de decir…
“En lo próspero y en lo adverso”.

 
 
Él tenía treinta y cuatro; ella treinta y cuatro y medio.
Y nunca habían viajado a otro país.
Pero se detuvieron frente a ese escaparate de aquella agencia de viajes. Y ella y los niños no dejaron de hablar de conocer la nieve y cantar villancicos en otro idioma y mandar postales a todo el mundo y…
Él incluso desvió la vista y miró el reloj y contó mentalmente hasta cincuenta, sesenta, setenta….
Pero claro, al final, en el reflejo del escaparate, esa condenada sonrisa y esas dos galaxias llenas de estrellas. Y una sola pregunta en el aire.
Él hizo un cálculo mental, una rabieta no tan mental…
Y entró a pedir informes.

 
 
Él tenía cincuenta y nueve; ella cincuenta y nueve y medio.
Y a la mesa del comedor, el silencio. Las doce de la noche y la nieta mayor aún de fiesta.
Él hubiera querido poner atención al televisor,a esa película policiaca que nunca había podido ver completa. Pero ella no se lo permitió.
En los comerciales, en un descuido, cuando iba al baño, él se descubrió arrebatado por aquella sonrisa y precipitándose en el vacío de ese par de inagotables universos.
Y no bien sonó el teléfono, en el aire aquella pregunta que…
“Sí, sí, sí”, refunfuñó al agarrar un suéter.
Tomó las llaves del auto y supo que volvería a quedarse sin saber quién demonios era el asesino.

 
 
Él tenía setenta y cuatro; ella setenta y cuatro y medio.
Ella habia perdido el cabello. Él la esperanza.
No dejaban de sostenerse la mano. Y el monitor del hospital no dejaba de emitir su peculiar sonido.
Él hubiera deseado no querer mirarla tanto. Pero ella no se lo permitió.
Cuando él cedió al impulso, ya no estaban ahí esos espejos, esos mares, esos mundos. Apenas un riachuelo que corría de la pestaña izquierda, a la mejilla, a la última sonrisa.
En el momento en el que entraron las enfermeras a toda prisa, ante el súbito silencio del monitor, él se quedó esperando una pregunta particular…
Que nunca llegó.
Por primera vez sintió que no podía hacer nada. Por primera vez se hizo a un lado.

 
 
Él tenía ochenta y uno; ella setenta y cuatro y medio.
Él hubiera querido dedicar sus días a algo distinto. Pero ella no se lo permitió.
Así que tomaba siempre el mismo autobús, se bajaba siempre en la misma parada, caminaba siempre el mismo sendero y se sentaba a leer en voz alta siempre frente a la misma lápida.
Y le bastaba cerrar los ojos para ser atrapado por esa sonrisa y despeñarse en esos dos cosmos que ahora sólo lo miraban cuando lo rendía el sueño.
Como ocurrió justo aquel día en que él tenía ochenta y uno y ella setenta y cuatro y medio y el libro se desplomó hacia el suelo y el sol fue tragado por el horizonte y él, simplemente, ya no despertó.

 
 
Lo cual estuvo bien porque, un segundo después…

 
 
Él tenía siete; ella siete y medio.
Y lo estaba esperando en ese hermoso jardín porque… bueno, había perdido su cometa naranja.
Entre las ramas de aquel árbol tan alto.
Fue cosa de un par de segundos.
Ella le sonrió y lo miró con esos ojos grandes como sus dos vidas juntas.
Y aunque no dijo nada, él supo leer en ellos.
“Claro que puedo”, pensó. “Por ti, siempre puedo.”
Y, refunfuñando como siempre, claro está…
…trepó a aquel árbol.

 
 
Toño Malpica

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A veces las cosas…

Reyes Magos
 
La noche del 5 de enero es especial. El aire se carga de esperanza pero también, a veces, de tristeza.
Principalmente son los niños los que se van a la cama llenos de esperanza. Y principalmente son algunos adultos los que se quedan despiertos toda la noche, lidiando con la tristeza.
Por ejemplo, en este relato, hay que poner la mirada en Bernardo. Tiene 35 años y en este momento, se siente como un pedazo de trapo. Se encuentra fumando afuera de su casa, en una colonia de gente pobre. Hace frío y ni el humo del cigarro lo calienta. Su hija Valentina ya se ha dormido. O al menos eso es lo que él cree.
Mientras fuma con la espalda recargada en la puerta, lo aborda un vecino. Conversan un poco y el vecino le pregunta qué le preocupa. Bernardo le confiesa que Valentina. Le parece que no recibirá lo que pidió en su carta a los reyes magos: una muñeca electrónica de esas que lloran de a deveras.
Aquí conviene recordar que los padres a veces pueden anticipar si sus hijos recibirán los regalos que pidieron; nadie sabe cómo es que pueden adivinarlo, es un misterio universal, pero es completamente cierto que así ocurre. Y a veces eso les rompe el corazón.
El vecino miró con simpatía a Bernardo, aunque lo conocía poco. Para él había sido un buen año, pero no para el papá de Valentina, quien se encontraba desempleado desde noviembre.
El vecino entonces lo tomó de un brazo y lo miró como lo hubiese mirado alguien que lo conociera desde siempre y quisiera transmitirle que a veces las cosas, simplemente, se resuelven. Iba a decir algo pero no dijo nada porque, en ese momento, lo llamó su mujer, del otro lado de la calle.
Y se despidieron.
Bernardo apagó el cigarro contra un poste, guardó la colilla en su saco maltrecho y se dispuso a entrar a su casa. Pero en ese momento se abrió la puerta.
Era Valentina, en piyama. En su rostro había una clara desesperación.
—¿Qué pasa, hija? ¿Qué tienes?
Valentina le mostró lo que llevaba en las manos.
—¡Es horrible, papá! ¡Estaba en el patio trasero!
Bernardo creyó que le mostraría un ángel muerto. Pero no. Se trataba de un globo desinflado, de cuyo cordel pendía una carta dirigida a los reyes magos.
—¡Es horrible! –insistió la niña de siete años—. ¡Este niño no recibirá nada porque su carta nunca llegó al cielo!
Bernardo tomó el sobre que decía con letra infantil: “Melchor, Gaspar y Baltasar”
—Es una pena pero, ¿qué le vamos a hacer?
—¡Papá, ve a comprar un globo nuevo, por favor, y reenviamos la carta nosotros!
A Bernardo se le encogió el corazón. ¿Habría algún niño con más esperanza en ese momento en el mundo que Valentina? ¡Y pensar que era posible que no recibiera la muñeca electrónica que llora de a deveras, ella que se había portado tan bien durante el año!
Bernardo no supo negarse. Le dio un beso a su hija y le prometió que iría a comprar un globo nuevo. Valentina volvió a su casa; estaba acostumbrada a quedarse sola y no tuvo miedo; además, tenía la esperanza de poder ver a los reyes llegar a su casa (aquí entre nos, por eso no se había dormido aún).
Bernardo no encontró ya a ningún vendedor de globos por ningún lado. Pensó en echar la carta a un bote de basura, pero no podía hacerle eso a su hija. Así que volvió a su casa arrastrando los pies. ¿Habría algún hombre con más tristeza en ese momento en el mundo?
—¡No puede ser, papá! ¡Este niño no recibirá lo que pidió y pensará que fue su culpa! –le espetó Valentina.
—Sí, qué lástima. ¿Pero qué le vamos a hacer?
En ese momento Valentina fue osada como son los niños cuando tienen que ayudar a los adultos a hacer lo correcto. Abrió la carta frente a su padre y la leyó.
—¡Es maravilloso, papá! ¡Se llama Miguel, tiene siete años y aquí puso su dirección!
“Oh, no” –pensó el padre, aunque no dijo nada.
—¡Nosotros podemos llevarle lo que pidió! –dijo Valentina—. ¡Y así no se enterará que los reyes no recibieron su carta!
Bernardo tomó el papel, de letra grande y con faltas de ortografía.
“Queridos reyes magos. Quiero que mis papás se perdonen. Y un camión de bomberos.”
—Es que… —suspiró Bernardo, pero no fue capaz de agregar nada.
Valentina se puso un abrigo sobre la piyama y se subió a la carcacha de su papá, quien pensaba que apenas tenía dinero para comprar un camión de bomberos no muy grande y casi nada de gasolina en el tanque.
Nadie sabe por qué, al parecer es un misterio universal, pero es cierto que la noche del 5 de enero hay muchas jugueterías abiertas. Y Valentina escogió un camión de bomberos muy bonito y no muy grande para Miguel.
Hasta que ya iban hacia allá se dio cuenta Bernardo de que la dirección de Miguel era en una colonia de gente rica. Estaba a punto de desplomarse bajo toneladas de tristeza pero vio a Valentina en el borde del asiento y algo creció en su interior, algo que casi había olvidado que existía y que lo hizo sentir como si él mismo tuviera siete años.
Llegaron. El plan era entrar como bandidos y dejar el camión a un lado del zapato de Miguel pero no contaban con que, afuera de la casa del muchacho, se encontrara una mujer de ojos llorosos, fumando, recargada en la puerta.
—Debe ser la mamá de Miguel –dijo Valentina.
—Dale el regalo a ella y salgamos pitando de aquí –exclamó Bernardo.
—No. Dáselo tú. A mí me da pena –confesó Valentina.
Bernardo apagó el auto y se apeó con el camión y la carta en sus manos. No supo qué decir y le entregó a la señora ambos. Ella leyó la carta y se sintió como un pedazo de trapo. Bernardo no la conocía pero la tomó del brazo y la miró como la hubiese mirado alguien que la conociera desde siempre y quisiera transmitirle que a veces las cosas, simplemente, se resuelven.
Subió al auto y, una vez que reinició la marcha, miró a Valentina mirando a la señora mirándolos a ambos alejarse.
En el camino, Valentina fue rendida por el sueño y él tuvo que cargarla en brazos por las cinco cuadras que se quedaron cortos al agotarse la gasolina. Ya era seis de enero.
Y lamentó que ella no estuviera despierta al atravesar la puerta de su casa porque toda su tristeza fue intercambiada en un segundo por eso que él había olvidado que existía y que de niño lo hacía mirar al cielo con la certeza de poder ver tres siluetas surcando el firmamento.
Alguien había entrado como un bandido por la ventana. Al lado del zapato de Valentina estaba una muñeca electrónica de esas que lloran de a deveras.
Y Bernardo pensó que a veces, simplemente, las cosas se resuelven.
Aunque también pensó, al depositar a su hija en su cama, que no, que eso de simple no tenía nada. Siempre hay una persona buena detrás de cada milagro verdadero.

 
 
Toño Malpica

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En fin

 
Aún no se agota el calendario pero ya puedo decir, ante una agenda que sólo muestra una mínima salpicadura en el futuro, algunas cosas que he aprendido en este año:

 
 
 
Aprendí que no importa que atiendas docenas de visitas escolares; con cada una estarás nervioso al iniciar (como la primera vez) y eufórico al terminar (como la primera vez.)

 
Aprendí que no importa que publiques varias novelas gordas o tan sólo un libro delgado; el poner algo en el mundo donde antes no había nada sigue sintiéndose igual de bien que cuando mostrabas (por fin) a alguien tus cuentos inéditos de cuaderno Scribe.

 
Aprendí que no importa cuántas veces te entrevisten en la tele o en la radio o en la web; siempre te quedarás con aquella entusiasta entrevista que te hizo, para el periódico escolar, ese chico que sí te ha leído.

 
Aprendí que no importa que te lleven a las ferias más internacionales o a las más locales, que te hospeden en los hoteles más lujosos o en las casas más modestas, que te llenen grandes auditorios o aulas pequeñas; siempre será la gente la que haga la diferencia, la que conseguirá que quieras volver de nueva cuenta, la que te permitirá, a solas en la habitación 804, sentirte un poco menos lejos de casa, así estés en otra ciudad o en otro continente.

 
Aprendí que no importa si es cuando están operando a un ser querido, o cuando no te dejan subir a ese avión que te llevaría a casa o cuando segundos después de un temblor temes lo peor de lo peor de lo peor y piensas que el jodido sol se ha escondido para siempre; te equivocas; la tierra es redonda y gira y en menos de lo que cuentas ya te estás riendo con un chiste o algún meme.

 
Aprendí que no importa lo que te hayan hecho creer; todo el tiempo puedes hacer cosas nuevas, novelas de zombis, perderle el miedo a las pasas (intentarlo al menos), contar al piano tus propios cuentos… así sea el último minuto de la última hora del último día de diciembre; y te vacuna, sí, contra la muerte.

 
En fin.

 
Aprendí que no importan (y por mucho) tantas cosas, que avergüenza recordar cuando creías que sí; aprendí que lo que importa tiene que ver más con una ducha caliente y con quién te ríes cotidianamente que con cinco o seis cifras y un millón de clicks.

 
Y eso, a mis cincuenta (si no lo desaprendo después de la cruda de Reyes), ya es bastante más de lo que sabía al salir de la escuela. Digo yo. Y qué bien.

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Pala al hombro

 
Ayer mi calle se pobló de gente desconocida. Ida y vuelta hombres y mujeres con la misma aprensión en el rostro. Disímiles apariencias, idéntica prisa, todos yendo y viniendo. Mi hija y su amiguito, a quienes cuidaba yo en el patio, me preguntaron a dónde iba tanta gente. A ayudar, respondí. ¿A quienes? A los que se quedaron sin casa. A los que se quedaron sin alguien. Sin algo. Ayudar. El silencio de afuera se coló al interior de mi reja. En ese momento las mamás de ambos niños ayudaban también, llevando comida y aguantándose el llanto. Un poco como nosotros, pero más como yo, que soy adulto y entiendo; los niños, para mi fortuna (y la del mundo, que un día se volverá a echar a andar) regresaron al juego al poco rato. Y yo y mis preguntas seguimos en la contemplación mientras tras de mí sonaba una batalla inventada.
 
Entonces, en mis ojos clavados en la calle se manifestó, por un segundo, aquello de lo que creo que se trata todo este asunto. Y me sentí, confieso, enormemente privilegiado. Feliz de haber sido testigo de un insignificante prodigio que acaso otro, en mis zapatos, habría dejado pasar inadvertido.
 
Un hombre mayor, acompañado de una niña de trece o catorce, de la mano. Él llevaba una pala al hombro; ella una mochila. Era la tercera vez, en el lapso de una hora, que los veía pasar (he ahí el detalle). En la confusión de ayudas necesarias en esta ciudad maltrecha, ese hombre canoso no había hallado todavía dónde encajar su herramienta. Sus manos seguían limpias, sus sienes goteaban sudor, su andar ya era cansino… y en su rostro se filtraba el desencanto. No había hallado aún dónde encajar su herramienta. Y yo me pregunté, en ese preciso instante, quién carajos sale de la seguridad de su hogar con una pala al hombro, de la mano de su hija o su nieta, sin casco, sin guantes, sin más norte que el de las puras ganas de ayudar, si en la televisión los programas humorísticos siguen pasando en el mismo horario de siempre y los políticos no dejan de preguntarse cuándo terminará esta monserga para poder iniciar sus campañas.
 
Las puras ganas de ayudar, dije.
 
Y sentí, que ese segundo en el que se detuvieron frente a mi reja y ella le dio agua de su botellita y él dio un par de sorbos y sonrió sin ganas fue, sí, todo un privilegio. Porque ellos, cuando avanzaron de nueva cuenta, tal vez iban ya de vuelta a casa. Tal vez con la impresión de no haber podido ayudar en nada. Tal vez sintiéndose un poco como quien está cuidando a un par de niños cuando lo que quiere es estar levantando piedras y tendiéndole la mano a alguien en la penumbra. Pero entonces comprendí que tal vez –muy probablemente- tus ganas de ayudar ya sean en sí una ayuda. Si no te interpones entre los que están haciendo su trabajo y el corazón te impele a ponerte en fila para cuando hagas falta, eso ya es en sí una ayuda. Para alguien que, sin que lo sepas, esté observando, por ejemplo. Porque bueno, si sabes que eres malo hasta para cambiar un foco pero no tan malo para contar la vida, entonces lo hagas. Te sientes a tu computadora, abras el Facebook y cuentes que una tarde de miércoles, frente a tu reja…
 
Y así, tal vez, se enteren ese señor y esa niña, que sí que ayudaron. Enormemente. Pues por un prodigioso segundo hicieron a un padre sentirse privilegiado de ver su calle poblada de gente desconocida. Y estar ahí, junto a su hija y el amiguito de su hija, viéndolos a todos pasar con idéntica prisa.

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Gol de chilena

En el aula
 
Nomás para comentar que sí, que yo también he pensado que, después de responder por diezmilésima vez “en qué se inspiró para escribir…” y “cuál de sus libros es su favorito…” y “cuánto tiempo le toma escribir una novela…” y “a qué edad empezó a escribir…” y todas las demás de cajón, yo también he pensado que no estaría mal mejor disculparse, mandar una hojita con las respuestas, direccionar a los profes a un link de FAQs, grabar un video genérico saludando a la escuela (que bien puede ser todas las escuelas), enviar un pdf fácil de descargar e imprimir con foto y firma y dedicatoria (pon aquí tu nombre) para que peguen en la primera página del libro y sacudirse la culpa de estar frente a un salón de clases cuando bien podrías estar escribiendo tu siguiente libro, que es lo que te toca hacer porque, bueno, se supone que eres escritor.

Sí, yo también lo he pensado. Y principalmente en el trayecto a la escuela, muy de mañana, cuando te parece que es un crimen de lesa humanidad y la peor desventura que aquel café y aquella dona se hayan quedado a la mitad por haber tenido que salir greñudo y a las carreras.

Lo he pensado. Sí. Y hasta consentido.

Pero también es cierto que siempre, como por arte de magia, en cada escuela (que es como decir que en todas las escuelas), entre esos dos que se están jaloneando los cabellos y aquellos cuatro que cuchichean y ese último que se ha dormido sobre el pupitre, hay un chico o una chica que abraza el libro, que te mira como si escribir una historia fuese comparable a meter un gol de chilena en final de campeonato, que a la hora de la firma no te pide una foto sino un abrazo y a la hora de marcharte se despide a gritos a través del patio y consigue, de nueva cuenta, que esa idea de mejor disculparse y mandar una hojita y un link te parezca la peor ruindad del universo y te sientas agradecido de estar ahí y no en ningún otro lugar pues, a fin de cuentas, estás haciendo lo que te toca porque, bueno, no sólo se supone que seas escritor, sino también escritor de libros para niños, y eso, nada más por ese chico o esa chica, bien vale cada dona, cada café, cada párrafo no escrito y cada minuto de cada mañana de cada salón de clases (que es como decir todos los minutos de todas las mañanas de todos los salones de clases.)

Y te sorprendes pensando, en el trayecto de regreso a casa, que esa sí que es la mayor de las venturas.

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