Retratos de una ciudad


 
Nací en esta ciudad. Me fui durante mi infancia y juventud. Volví con el siglo.
Uno no siempre decide dónde pone sus afectos.
Muchos de los míos están delimitados por una línea punteada en el mapa del país. La ciudad, la delegación, la colonia.
Y uno no siempre decide sobre qué escribir. A veces son los afectos, las pasiones, las obsesiones los que conducen la mano.
Hace un año ya tenía listo este libro para entregarlo a alguna editorial. Luego, se sacudió la tierra y me pareció que no podía ser de nadie porque debía ser de todos. Surgió la idea de ToposLIJ y consideré una enorme suerte que no hubiera apalabrado el libro con editorial alguna. Me pareció obligatorio obsequiarlo a la gente que vive y palpita las mismas calles que yo.
Debido a la enorme fortuna de que el libro, de cualquier modo, siguió un proceso editorial como cualquier otro (hay mucha gente extremadamente generosa detrás, los más notables: Valeria Gallo que ilustró, Alfredo Ruiz Islas que me ayudó a la revisión histórica, Libia Brenda Castro quien editó) no me causa aprensión echarlo al mundo. Aunque sólo sea en puñados de bytes.
Y ahí está. En www.toposlij.com/libros. Y en ningún otro lado. Mi pequeño homenaje a esta urbe que, como dice la dedicatoria, tantos queremos tanto.
Descárguenlo, léanlo, compártanlo. Sin pudor ni menoscabo. Que mientras nadie baje el switch de los servidores del mundo, ahí estará, para quien se le antoje mirar la ciudad a través de los ojos de estos niños que, aunque salieron de mi pluma, quiero creer que harán eco en el adoquín de nuestras calles… siempre y cuando –claro- alguien los lea.

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ToposLIJ


 
Hace un año, la vida nos cambiaba.
Sin ningún tipo de aviso porque hasta la alerta llegó tarde.
En el ánimo de correr a ayudar a aquellos que perdieron más que nosotros, los que nos dedicamos a los libros para niños y jóvenes, naturalmente, pensamos primero en los niños y los jóvenes. Y luego, en cómo podríamos ayudar con nuestras propias manos. Manos que, más que remover escombros, escriben, ilustran, editan, promueven…
Así nació ToposLIJ, una agrupación que piensa que los libros, las historias pueden ser un gran refugio.
Y por ello nos empeñamos en llevar libros adonde hubiese niños y jóvenes afectados.
Nos dimos cuenta de que una historia (en papel, en electrónico, narrada) trae el mismo consuelo que un abrazo, una bebida caliente, una frazada. Un todo va a estar bien y un sí que habrá un mañana.
Con un ímpetu de generosidad conmovedora, mucha gente relacionada con la LIJ se unió para crear www.toposlij.com. Ilustradores, editores, correctores de estilo, escritores, diseñadores gráficos, entre otros, han hecho este inicio regalando su trabajo para manifestar que aquí estamos para lo que venga. Queremos ser un enlace entre el que necesita ayuda y el que la puede otorgar. Siempre con la literatura como bandera. Y siempre pensando en los niños y jóvenes como principio.
Dense una vuelta por la página. O por nuestras redes sociales. Hagan saber que, si hace falta el consuelo de la LIJ en algún lado, catástrofe o no, aquí estaremos. Historia en mano, para todos.

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Discretos milagros

 
Esto que voy a contar, aunque no tiene la menor importancia, bien puede verse, bajo cierta óptica, como un (se afloja el cuello de la camisa aquí), ejem… milagro. Discreto y personal y enormemente banal pero (mirada a los lados aquí), ejem… milagro al fin. Por eso lo cuento. Por eso y porque, ¿a quién que se diga lector no le gusta imaginar que forma parte de algo más grande que él mismo? Una historia imaginada, un cruce de miradas entre dos pasajeros que viajan en trenes distintos, el dibujo azaroso que forman los pliegues de una sábana… una referencia específica en un libro. Y es algo tan simple y tan trivial y tan sorprendente como esto: que el miércoles pasado, estando de vacaciones, cerré el libro que estaba leyendo justo al dar vuelta a la página 163, puse el separador y nos fuimos a ver a los clavadistas a La Quebrada. Hasta ahí, nada del otro mundo. Pero ayer ocurrió que retomé el libro y, en la página 164 descubro la referencia que aparece en la foto.

No lo mencionaría si no fuese porque el libro en cuestión es “La mano de la buena fortuna” de Goran Petrovic. No lo mencionaría si no fuese porque, como bien se sabe, los personajes en tal libro entran en sus propias lecturas como si traspasaran una puerta y vivieran otras vidas al interior de cada libro. No lo mencionaría si no fuese porque, aunque desde luego se trata de una coincidencia como las hay por miles, sentí que al caer en la página 164 sin leerla, estaba entrando en ella sin darme cuenta, siendo por un momento un personaje a quien un monje explica que muchos libros fueron quemados, muchas historias olvidadas, muchos pergaminos raspados… y vale la pena reparar en ello. No lo mencionaría si no sintiera que algún día sólo quedará el recuerdo, no de La Quebrada, sino de nuestra idea de La Quebrada, nuestra idea de El Mundo, el recuerdo de las historias por las que rara vez pasa alguien y, mucho menos, se detiene, el recuerdo de las palabras que fueron profanadas para los intereses de la vanidad humana (o la alta resolución y el ancho de banda, je). No lo mencionaría si no fuese porque, aunque muchos libros me han hablado antes íntimamente, éste es el primero que además me zarandea para conseguir que lo mire de forma distinta y le haga la discreta y personal y enormemente banal promesa de que, mientras pueda, como el padre Serafim, oficiaré en soledad, visitaré esos parajes de papel y tinta y viviré otros mundos en su interior… aunque tampoco se crea mucho en ellos. Como suele ocurrir con los (ninguna incomodidad aquí, que conste) milagros verdaderos de este lado de la página.

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Me acuerdo…

 
Me acuerdo que el día que ganó #AMLO empezó temprano para mí. 7 AM y ya estaba comiéndome las uñas, más nervioso por el próximo resultado que por mi chamba en la casilla.

Me acuerdo que, 19 horas después, cuando volví a casa, pese a lo que reflejó el cartel que pegamos en la puerta de la casilla una hora antes, por fin me enteré y se me espantó por completo el sueño.
O tal vez… más precisamente, me recorrió, como una descarga eléctrica, el sueño.

Ese otro sueño.

Porque me acuerdo que ese día, que ya ni siquiera tenía el mismo número en el calendario, en realidad había iniciado 30 años atrás cuando el ingeniero Cárdenas abrió una senda de esperanza que, lamentablemente, no sería él quien transitara.

Me acuerdo que el día que ganó AMLO ya tarde, tardísimo, con un dolor de espalda tremendo y un agotamiento espantoso, me di cuenta de que una vez imaginamos un cambio que 30 años atrás nos arrebató el sistema; un cambio que ahora, en verdad, teníamos en nuestras manos. Tal vez no tan pulcro ni tan ideal pero sí con una mayoría absoluta en las urnas que mostraba la sobrecogedora certeza de que la mayoría de los mexicanos le apostaban, sí, al futuro.

Me acuerdo que el día que ganó AMLO escribí un post para acudir a él años después, apostando también a que en el futuro pudiese mirarlo con la grata nostalgia de recordar que ese día, en el que vi salir el sol dos veces, perdimos ante Brasil pero ganamos ante nosotros mismos.

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Glosofobia

 
Según Jerry Seinfield, hablar en público es el miedo #1 en una persona promedio. Morir es el #2. No. No tiene mucho sentido, pero si evocas ese momento en el que pasaste por primera vez a “dar la clase” frente a tus compañeros en la secundaria, muy probablemente recordarás que pensaste que, si caías muerto en ese mismo instante, seguro obtendrías más simpatía que al estar hablando de las monocotiledóneas. Con la edad no mejora. Recuerdo la primera vez que tuve que hablar frente a un salón de clases ya siendo autor. Me presentaron y me pasaron el micrófono. Sin guión ni nada. Puesto que llevaba un libro para regalar, lo único que se me ocurrió fue convertir eso en una especie de programa de concursos que no terminó en linchamiento sólo porque la directora hizo sonar su silbato. También les puedo hablar de aquella vez que me dejaron solo en un salón de preescolar y los niños se amotinaron. O aquella vez que me pusieron a medio patio, bajo el sol ardiente y a cinco minutos de la hora de salida, a dar mi plática. Pocas veces he temido más por mi vida. Claro, después de varios libros publicados, cuando en el aula ya leyeron alguno tuyo y te aplauden al ingresar y ponen atención y hasta te piden foto al final, la cosa mejora bastante, aunque el miedo se mantenga. Y dejas de desear que caiga un meteorito a media charla. Además es un ratito. Después te vas a la seguridad de tu casa y te encierras a veinte candados si te apetece. Pero no deja uno de pensar en todas esas personas que se someten todos los días al #1 frente a grupos de más de diez sujetos, todos ellos convencidos de que estás ahí sólo porque te aburres tanto en tu casa que prefieres ir a hablarles de las monocotiledóneas. No deja uno de pensar que hay que ser valiente. Y mucho. Ya ni hablar de lo contumaz o lo testarudo. Porque todos alguna vez formamos parte de ese grupo de más de diez y pensamos que esa señora, ese señor, bien podrían estar en su casa viendo la tele en vez de estar atormentándonos durante un año enterito. Y en cambio, ahí estaban, obstinándose, día con día, a veces con fiebre o con algún pesar o hasta volviendo del velorio de algún ser querido. Día con día. Mes con mes. ¡Un año enterito! Y por eso siempre terminaban las cosas mal. Uno quería odiarlos hasta el último día y no. ¡Qué va! Terminaba uno encariñándose. Mucho. Preguntando si nos tocaría el año siguiente con la misma señora, el mismo señor, ojalá, ya ves que aquel día que se me olvidó el lunch me convidó del suyo y ya ves que el otro día me prestó un libro que a la fecha no le devuelvo. No, no deja uno de pensar en tales personas y por ello, creo, lo correcto es rendirles un mínimo tributo. Aunque sea por mera retribución. Porque estoy seguro de que aquella vez del motín en preescolar lo que verdaderamente me salvó la vida fue el grito de “¡Niños! ¡Dejen al escritor! ¡Vuelvan a sus lugares!” que se escuchó al abrirse la puerta. Y que yo sentí como cuando un héroe, en un libro, espada en mano, valiente y tenaz, devuelve el orden al universo. Como suelen hacer dichas personas. Y gracias, de veras, por ello.

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Insert coin to play


 
Mi hijo de diez años no es un niño lector.
Pero antes de que se arrojen por las escaleras, ahí les va esta otra: Yo tampoco fui niño lector.
Y si a alguien aquí no he mareado con mi historia de cómo me volví lector, al menos quédense con esto (que es la nanoversión del rollazo): un buen día llegó a mis manos un libro de Salgari que _en verdad_ no pude soltar.
Hay libros que te invitan cordialmente a tomar té con galletitas. Y hay libros que te te toman del cuello, te derriban y te someten a su voluntad desde la primera página. Hay libros que son un paseo de sombrillitas por el campo. Y hay libros que son la montaña rusa, una vez arriba no puedes bajarte hasta el final.
Yo agradezco que existan libros así.
Y también ya he dicho en otras ocasiones que por eso no estoy en contra de la lectura prescriptiva siempre y cuando haya una buena selección de títulos. Porque a veces no hay otra manera de interesar a un chico en la lectura que poniéndolo a merced de una historia que deje de lado las cortesías y le aplique una buena llave china.
Cuando leí “Ready Player One” me pareció que bien podía ser uno de tales libros. Pero creo que aún me parecía fuera de la liga de Bruno y por eso no hice nada por acercárselo.
Entonces, apareció en el horizonte la película y a la mamá de Bruno y a la mamá de Emilio se les ocurrió imponerles el reto a ambos amigos de que en las vacaciones leyeran el libro antes de ver la película. Ambos chicos, competitivos por naturaleza, aceptaron el desafío. Cuatrocientas cincuenta y pico páginas que a mí me parecía terminarían por ser una cima inconquistable… peroigual me callé la boca y me hice a un lado con todo mi pesimismo y mi suspicacia y mis aires de sabihondo.
Nada que no sepamos ya: las mamás suelen siempre ser más sabias y más acertadas en todo tipo de menesteres.
El sábado en la noche hubo que decirle a Bruno que ya cerrara el libro y se fuera a dormir, que ya era muy tarde y de todos modos bien podía saber por la mañana para qué demonios era la moneda de 25 centavos. Ayer domingo, lo primero que hizo al despertar fue tomar el libro y antes de las 7 AM ya había conquistado la cima. Emilio lo había logrado el día anterior. Ambos muy sonrientes y sin perder el peinado.
Y un par de lectores preguntándose, desde la otra habitación, si no sería este el día… en que…
Como sea.
El premio fue llevarlos de inmediato a ver la película en 3D atiborrándose de nachos y palomitas.
Tenían tan fresca la novela y estaba tan sola la sala que no fue difícil oír sus comentarios. Con todo, al salir, hice a Bruno la pregunta de rigor.
-Me quedo con el libro –respondió sin pensarlo.
Spielberg hizo todo lo que pudo por meter cuatrocientas cincuenta y pico páginas en ciento cuarenta minutos. Y se le agradece. Pero lo que no pudo incluir (y de hecho ningún director puede) es la visión personal de cada lector sobre la historia que nace en su mente al recorrer sus páginas. No hay presupuesto que alcance. Y de hecho siempre es la mejor versión posible.
Cuando dije allá arriba que el premio fue llevarlos al cine, me refería en realidad a nosotros, los que seguimos invirtiendo en tan impresionantes efectos especiales, tan magníficas batallas, tan grandiosas explosiones como ocurren en nuestra mente cuando nos subimos a ese carrito de feria al que nos invitan autores como un tal Salgari o un tal Cline, sonrientes y sin perder el peinado.
Aunque no. Mi suspicacia, mi pesimismo, mi sabihondez me llevan a pensar que mi hijo aún no es un niño lector. No todavía.
Pero el que un chico de diez diga “Me quedo con el libro” es ya un premio como para presumir en redes.
Al fin ya habrá más monedas de veinticinco centavos imposibles de soltar en nuestro futuro.

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Llanto mudo


 
Fue de manera repentina que Irene, la mujer más rica del pueblo, empezó a marchitarse. Una mañana las piernas no le respondieron y fingió sentirse cansada para no tener que dar explicaciones. A la mañana siguiente fueron los brazos los que se negaron a obedecerla y sólo gritó a sus criadas que la dejaran sola. Al tercer día quedó completamente inmóvil. Sus ojos y párpados fueron los únicos que no se sometieron a tan extraña catatonia. La examinaron los mejores doctores de la región, pero ella no abrigaba esperanza alguna; sabía perfectamente lo que le acontecía.
Cuando volvió Agustín del internado en la capital, supo al ver el terror en los ojos de su madre que ésta sufría lo indecible. El muchacho apenas tenía catorce años pero comprendió al instante que lo que Irene padecía escapaba del conocimiento humano.
Volvió al tercer día del corazón de la selva, acompañado de una curandera que diagnosticó, con un solo vistazo, la razón de la parálisis de la señora: Brujería por venganza. Había que buscar el lugar donde la habían enterrado vicariamente y deshacer el hechizo antes de que su silenciosa agonía la llevara a la rigidez definitiva del catafalco.
Agustín no preguntó quien habría querido vengarse de su madre. O por qué razón. Al igual que ella, lo sabía. Dio un beso en la frente a la mujer cuyos alaridos de muerte nadie escuchaba y partió a un recóndito lugar en la sierra del que conocía bien la ubicación, aunque nunca hubiese estado ahí.
No llevó más compañía que la de un perro de la hacienda y algunas provisiones. Sabía perfectamente que su madre, quince años atrás, había cometido una terrible injusticia. Y sólo porque él mismo debía su existencia a tal injusticia no la juzgaba muy duramente.
Después de tres días de sol, lluvia, mosquitos y esporádicas caídas por barrancos y ciénagas, al fin llegó a la cabaña. La tarde cedía su lugar a la noche y el perro no dejaba de gruñir. La primera sorpresa de Agustín fue ver las condiciones de la casa, muy distintas a las que siempre imaginó.
Recordó entonces el relato que le confió su madre al morir su padre. Que una señorita sin nombre, sin dote y sin fortuna, era novia de don Agustín cuando Irene lo conoció en un baile. Que se enamoró de él desde el primer día y se resolvió a hacer lo que fuese necesario para conseguir su cariño. Que pagó a dicha señorita una cuantiosa suma para que se apartara de su camino y le obsequió una cabaña en la sierra con una generosa renta mensual a cambio de la misiva donde confesaba una supuesta infidelidad. Que Don Agustín lloró por días tal despecho pero se refugió al instante en los brazos de Irene.
Los esponsales fueron a los tres meses.
“No obstante… sé que algún día querrá hacerme pagar lo que le hice”, confesó Irene a su hijo la vez que tuvieron aquella difícil conversación, tras la muerte de su padre, motivada por pesadillas donde veía una mano esquelética arrancándole el corazón del pecho.
El viento arreció. Una lluvia pertinaz se manifestó. Los colores casi habían huido del todo. El perro no quiso acercarse, se echó en el camino y aullaba aterrorizado.
La primera sorpresa fue encontrar la cabaña en tan miserables condiciones. Sólo era un pedazo de madera carcomida, sin vidrios en las ventanas, la puerta vencida sobre sus goznes, todo el lugar a merced de los elementos desde hacía mucho tiempo.
La segunda sorpresa fue descubrir, al interior, el cadáver en descomposición de una mujer vestida de andrajos, un fiambre atado por cadenas a una columna de piedra y que era consumido por los insectos.
Agustín supo, sin tener que consultar con nadie, el tiempo exacto que llevaba muerta esa infeliz. Y supo que aquello que su madre le había vendido como un pacto había sido, en realidad, una traición.
Se sentó en el suelo a pesar del asco y el horror y el viento y la lluvia y los moscardones. Se figuró lo que ahí había pasado por tantos años. El hambre, la suciedad, la intemperie, la enfermedad, la soledad, la desesperanza…
El llanto.
La penumbra al fin lo conquistó todo. Agustín escuchó al perro emitir un último chillido y callar enseguida. Se puso de pie y miró a través del espacio entre los tablones. Un destello le mostró el cuerpo del animal, que yacía en la vereda, manando sangre.
Agustín se figuró el llanto. El llanto que nadie, por quince años, había escuchado jamás.
Un segundo relámpago le reveló entonces una pálida mujer de grandes ojos y dolorosa expresión… de pie, en el camino, mirando hacia la casa.
Portaba las mismas ropas del cadáver.
Y en su obstinado andar Agustín vio, por un segundo, la razón por la cual su padre la había amado tanto.

Cuando Irene recobró la movilidad, lo primero que hizo fue emitir un grito desgarrador… que nadie fue capaz de escuchar. Había vuelto muda de su inexplicable encierro.
Cayó de hinojos y así, de rodillas, se arrastró hasta la capilla de la hacienda. No hubo modo de separarla del reclinatorio por días y días y días.
No pedía perdón a potestad divina alguna. Mezquina contrición la suya, pues sabía que aquella mujer a quien suplicaba misericordia era la misma que le había prometido, al ser llevada a la fuerza al monte años atrás que, en cuanto muriera, volvería para arrancarle de tajo el corazón.
De ahí la obcecada necesidad de mantenerla con vida.
De ahí que Irene, al enterarse, ya sumida en su repentina inmovilidad, que el hombre encargado de custodiar y torturar y dar de comer a aquella cautiva llevaba varios días muerto, ella se desgarrara por dentro.
De ahí que, a media oración, en mitad de la noche, rendida en la capilla, las rodillas peladas hasta el hueso… cuando sintiera pasos tras de sí, no encontró alivio alguno en su alma.
Ni siquiera cuando constató que se trataba de Agustín.
Irene sólo pensó que era una verdadera tragedia que el muchacho se pareciera tanto a su padre.
Agustín, en cambio, no le obsequió una sola mirada, pues no estaba ahí por cuenta propia. Iba cumpliendo un encargo. Un encargo de alguien más.
Y a Irene esto le quedó claro al momento en que… frente a sus ojos… el muchacho… simplemente se despidió como si alguien lo obligara.

Los sollozos de la mujer más rica del pueblo no emitieron sonido alguno.
Ni ese día ni el día que trasladaron de la sierra el cuerpo de Agustín.
Desde entonces el pavoroso llanto de Irene moría al momento mismo de nacer. A diferencia de otro llanto que sí se escuchaba desde la sierra por varias millas a la redonda. Todas las noches.
De hecho… hay quien dice que se sigue oyendo.

 
 
Toño Malpica

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Feliz 2 de Abril

 
-¡Hey, felicidades!
-¿Es a mí?
-Sí. Es 2 de abril. ¡Día del libro para niños! Te hice un pastel.
-Eh… gracias, pero no nos precipitemos. Eso de “libro para niños…”
-¿Cuál es el problema?
-Mira. No me lo tomes a mal, agradezco el pastel y todo, pero… bueno, toma en cuenta que apenas estoy empezando. No tengo ni diez años en el mercado.
-¿Y qué con eso?
-Yo, algún día, formaré parte de… hazte para allá que necesito hacer un ademán con la mano… ¿Estás listo? Algún día formaré parte de… “La Literatura Universal”.
-¿Y eso qué rayos significa?
-¿Pues qué va a significar? Algún día me verás en el mismo estante que “Cien años de soledad”,”La montaña mágica”, “Crimen y castigo”…
-Debe ser la primavera. Ha subido mucho la temperatura últimamente y a algunos les afecta en serio. Un tío mío, en cuanto empezaban los calores, se ponía a cortejar percheros.
-¿Te estás burlando? ¿Precisamente tú te estás burlando?
-Oye, cada quien es libre de tener los sueños que quiera, pero… “Lorenza, bájate del perro” no es precisamente el título que Harold Bloom piensa encontrar en su librero cuando extiende la mano.
-Estás celoso. Debí suponerlo. Yo algún día puedo volverme un clásico y en cambio tú sólo vas que vuelas para viejo.
-Como quieras.
-¿No eres tú el que siempre dice que sus libros son “como sus hijitos”? ¡Deberías estar orgulloso! Además… el día que me cubra de gloria, tu nombre estará ahí, malagradecido.
-Es que no veo cuál es el problema de que le gustes a los niños. Ibi, sin ir más lejos…
-¿Quién es Ibi?
-¡Ibi! Creí que te había mostrado la foto. Mira.
-¿Ella es Ibi? Hermosa sonrisa. Y yo no salí nada mal. Tú, en cambio…
-Sí. Como sea. ¿Sabes que eres uno de sus libros favoritos?
-¿En verdad?
-En verdad.
-¿No me mientes?
-Ella misma me lo dijo.
-…
-…

-Hermosa y enigmática sonrisa, ¿eh? Debe ser una chica muy lista.
-Y tú deberías estar orgulloso. Ya quisiera “Crimen y castigo” ser apreciado así por una chica como ella.
-Bueno… ahora que lo dices…
-Ni siquiera yo lo imaginaba el día que te escribí. O que Manuel te dibujó. Y aquí estamos. Mira. Es un verdadero prodigio. Tal vez en cuarenta años Ibi esté leyendo “La montaña mágica” o “Cien años de soledad” pero será, un poquito, gracias a ti.
-Vaya. Es posible que sea cierto, ¿no?
-Muy posible.
-…
-…
-¿Puedo conservar la foto?
-Toda tuya. Presúmela con quien quieras.
-Gracias. Oye… ¿te quedarás al pastel?
-Considerando que toda esta charla estuve luchando con las ganas de estrellártelo en la portada… claro que me quedo.
-Sólo que no comas demasiado. No soy el único que festeja, ¿eh? Somos varios. Y además tienes los triglicéridos altos, recuerda.
-Feliz día, pues.
-¡Y muchos años de estos!

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Carta a un niño lector cuya escuela no pude visitar…

 
Estimado niño lector:

 
Soy Gus, el primer personaje de Toño Malpica en una novela infantil. Te escribo yo porque a él le da pena (pena en sus dos sentidos: el de la timidez y el de la aflicción). Y ahora verás por qué.

Fue hace ya variois años que a Toño Malpica se le ocurrió que tal vez no fuera una mala idea escribir una novela infantil. En ese entonces no sabía nada del asunto (ahora sabe un poquito más) pero le pareció que quizás se estuviera perdiendo de mucho al no hacerlo. Y no se equivocó. Fue en el año 2000 que descubrió todo lo maravilloso que puede ser este oficio de las letras para niños y jóvenes.

Iniciaba el siglo y él me imaginó y me dio vida y me dotó de un para de alas y, hasta la fecha, no he dejado de surcar el cielo (si no sabes de qué hablo tendrías que leer mi novela, pero no te fijes que no se trata de mí este asunto; o no del todo, al menos).

Muchos años han pasado desde que Toño Malpica escribió su primer libro para niños sin más brújula que la de la imaginación y las ganas de contar una historia. En todo ese tiempo han ocurrido muchas cosas: bastantes más libros, uno que otro premio y, acaso el más importante de todos: el inmenso cariño que ha sentido que le prodigan (a veces (más de las que cree merecer)) sus lectores.

Estimado niño lector… Es posible que hayas leído un libro de Toño Malpica y hayas sentido ganas de conocerlo. (Aquí entre nos, para él eso es un misterio pues en realidad es un tipo promedio de estatura promedio y peso promedio al que no voltearías a ver así pasara a tu lado por la calle saltando en un pie). Y es posible que por mi culpa (Gus, ¿recuerdas?) o por la culpa de Sergio Mendhoza o de Bruno Bellini o de Margot o de Ulises Bernal o de algún otro de nosotros te hayan dado ganas de platicar con Toño Malpica, preguntarle cosas, regalarle una cartita, pedirle que te firme tu libro o sacarle un consejo para escribir…

Y está muy bien.

Por eso me ha encargado mucho que te haga saber que se le rompe el corazón cada vez que un niño como tú quiere conocerlo y él no puede simplemente convertirse en uno de sus personajes, emprender el vuelo, aparecer a tu lado, sentarse a charlar, compartir unas Freskas, imaginar una historia, firmarte tu libro, darte un abrazo. Porque bueno, por si no lo sabías, Toño Malpica era un niño que no leía, pasaba mucho tiempo hablando solo y todo le daba pena (era muy tímido y le afligía hasta aplastar una hormiga sin querer) y el simple hecho de que alguien lo quiera conocer (a pesar de haber sido un niño tan sin chiste y luego un señor tan sin chiste) lo hace sentir el tipo más afortunado del mundo y a la vez el más tonto del universo por no poder simplemente botar lo que está haciendo, tomar un autobús, un avión, un cohete y hacerse de un amigo más, que es una de las mejores cosas que pueden pasarle a cualquiera en esta vida.

Querido niño lector… piensa que, si Toño Malpica no ha podido ir a saludarte, no es porque no quiera, es porque el gobierno no lo ha dejado clonarse (aunque sigue insistiendo en ello). Piensa que, puesto que no puede estar en dos sitios a la vez, tal vez Toño esté dando vida a otro Gus y tal vez lo esté dotando de voz y de sueños y de alas. Piensa que ese nuevo personaje te lo agradece. Y yo también porque, bueno, nada más de saber que viene del mismo lugar del que yo vine, ya lo quiero. Y ya lo añoro. Y ya espero ver su libro.

En todo caso, querido niño lector, si Toño Malpica no ha podido ir a verte, no vale la pena ponerse triste. Piensa que él ya se ha puesto triste por los dos y la vida es demasiado corta para desperdiciarla de esa manera.

En resumen, Toño Malpica me ha pedido que te haga saber que siempre se sentirá en deuda contigo. Y que su mejor manera de expresarlo es seguir escribiendo para ti. Personajes que nunca envejezcan y nunca dejen de surcar el cielo para que siempre te hagan compañía. A ti y a tus niños y a los niños de tus niños.

Y no sé… tal vez en alguna plaza o en algún parque, tal vez mañana o tal vez el día que te titules o te cases… te sorprenda ver a un tipo saltando en un pie… y le estreches la mano y él (¡maravilla de maravillas!) se haga de un amigo más, que es de las mejores cosas que puede pasarle a cualquiera en esta vida.

 
 
Con cariño,
Gus de “Las mejores alas”


 
 
Puesto que me fue denegado el don de la ubicuidad y el gobierno sigue sin dejarme clonar, últimamente me he tenido que negar a tantas invitaciones que hasta el sueño se me ha ido. Pedí entonces a un buen amigo que saliera en mi defensa. Por favor, si usted conoce a un niño lector que últimamente haya padecido algún desaire involuntario de mi parte, hágale llegar esta misiva, por favor. Y si no conoce a ninguno, guárdela para el futuro. O hasta que mi primer clon sea visto visitando escuelas.

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Una historia de amor… Idéntica y distinta a todas

 
Él tenía siete; ella siete y medio.
Nunca antes se habían visto.
Y esa primera vez no fue muy afortunada. Él pasaba por ahí. Ella había perdido su cometa naranja.
Él hubiera querido no detenerse. Pero lo hizo.
Entre las ramas de aquel árbol tan alto, la cometa naranja.
Fue cosa de un par de segundos. Ella le sonrió y lo miró con esos ojos grandes como lagos. Y aunque no dijo nada, él supo leer en ellos algo así como: “¿Podrías…?”
Y él pensó,  
aunque no dijo nada, “Qué lata”.
Y trepó al árbol.

 
 
Él tenía doce; ella, doce y medio.
Y estudiaban en el mismo salón de clases desde hacía seis meses.
Ella era mejor para los deportes. Él, para las matemáticas.
Él hubiera querido mirar hacia otro lado. Pero no lo hizo.
A una butaca de distancia, ella mordía un lápiz. Su hoja de examen prácticamente en blanco.
Él no supo ni cómo ocurrió. Ella sólo le sonrió. Y él cayó en esos ojos grandes como océanos. Y aunque ella no dijo nada, él leyó en ellos algo así como: “¿Podrías…?”
Él refunfuñó echando los ojos al cielo.
Y, cuidándose del profesor, giró su hoja de examen.

 
 
Él tenía diecinueve; ella, diecinueve y medio.
Y llevaban saliendo por más de ocho semanas. Ella no apartaba los ojos de la pista de baile; él insistía en que le dolía la rodilla.
Bebieron toda la tarde del mismo vaso, y a veces de la misma melancolía.
Él trató de desviar la mirada, pero ella no se lo permitió.
Al final él cayó, claro, en su sonrisa y en esos ojos enormes como continentes. Y aunque ella no dijo nada, él pudo leer perfectamente en ellos algo así como “¿Podrías…?”
Él hizo una gran mueca.
Y se puso de pie para tomarla del talle.

 
 
Él tenía veintitrés; ella veintitrés y medio.
Y se sostenían de las manos frente a una gran audiencia.
A ella los nervios le hacían explotar en carcajadas, cosa que la hacía disculparse a cada momento. Él sólo negaba, abochornado.
El ministro no dejaba de hacerles preguntas. Y él trataba de fijar la vista en los vitrales. Pero ella y su sonrisa no se lo permitieron.
Terminó, claro, perdiéndose en esos ojos grandes, grandes, grandes como planetas. Y aunque ella no dijo nada, él captó en el aire algo así como “¿Podrías?”
Y soltó un bufido imperceptible antes de decir…
“En lo próspero y en lo adverso”.

 
 
Él tenía treinta y cuatro; ella treinta y cuatro y medio.
Y nunca habían viajado a otro país.
Pero se detuvieron frente a ese escaparate de aquella agencia de viajes. Y ella y los niños no dejaron de hablar de conocer la nieve y cantar villancicos en otro idioma y mandar postales a todo el mundo y…
Él incluso desvió la vista y miró el reloj y contó mentalmente hasta cincuenta, sesenta, setenta….
Pero claro, al final, en el reflejo del escaparate, esa condenada sonrisa y esas dos galaxias llenas de estrellas. Y una sola pregunta en el aire.
Él hizo un cálculo mental, una rabieta no tan mental…
Y entró a pedir informes.

 
 
Él tenía cincuenta y nueve; ella cincuenta y nueve y medio.
Y a la mesa del comedor, el silencio. Las doce de la noche y la nieta mayor aún de fiesta.
Él hubiera querido poner atención al televisor,a esa película policiaca que nunca había podido ver completa. Pero ella no se lo permitió.
En los comerciales, en un descuido, cuando iba al baño, él se descubrió arrebatado por aquella sonrisa y precipitándose en el vacío de ese par de inagotables universos.
Y no bien sonó el teléfono, en el aire aquella pregunta que…
“Sí, sí, sí”, refunfuñó al agarrar un suéter.
Tomó las llaves del auto y supo que volvería a quedarse sin saber quién demonios era el asesino.

 
 
Él tenía setenta y cuatro; ella setenta y cuatro y medio.
Ella habia perdido el cabello. Él la esperanza.
No dejaban de sostenerse la mano. Y el monitor del hospital no dejaba de emitir su peculiar sonido.
Él hubiera deseado no querer mirarla tanto. Pero ella no se lo permitió.
Cuando él cedió al impulso, ya no estaban ahí esos espejos, esos mares, esos mundos. Apenas un riachuelo que corría de la pestaña izquierda, a la mejilla, a la última sonrisa.
En el momento en el que entraron las enfermeras a toda prisa, ante el súbito silencio del monitor, él se quedó esperando una pregunta particular…
Que nunca llegó.
Por primera vez sintió que no podía hacer nada. Por primera vez se hizo a un lado.

 
 
Él tenía ochenta y uno; ella setenta y cuatro y medio.
Él hubiera querido dedicar sus días a algo distinto. Pero ella no se lo permitió.
Así que tomaba siempre el mismo autobús, se bajaba siempre en la misma parada, caminaba siempre el mismo sendero y se sentaba a leer en voz alta siempre frente a la misma lápida.
Y le bastaba cerrar los ojos para ser atrapado por esa sonrisa y despeñarse en esos dos cosmos que ahora sólo lo miraban cuando lo rendía el sueño.
Como ocurrió justo aquel día en que él tenía ochenta y uno y ella setenta y cuatro y medio y el libro se desplomó hacia el suelo y el sol fue tragado por el horizonte y él, simplemente, ya no despertó.

 
 
Lo cual estuvo bien porque, un segundo después…

 
 
Él tenía siete; ella siete y medio.
Y lo estaba esperando en ese hermoso jardín porque… bueno, había perdido su cometa naranja.
Entre las ramas de aquel árbol tan alto.
Fue cosa de un par de segundos.
Ella le sonrió y lo miró con esos ojos grandes como sus dos vidas juntas.
Y aunque no dijo nada, él supo leer en ellos.
“Claro que puedo”, pensó. “Por ti, siempre puedo.”
Y, refunfuñando como siempre, claro está…
…trepó a aquel árbol.

 
 
Toño Malpica

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